Saturday, 26 December 2009

MJALDUR DE DELPHINUS



APIS DE MUSCA



Tuesday, 8 December 2009

Kumari Kandam de Aries






Bi'an de Libra





Berenice de Aquila


Monday, 7 December 2009

XX

XX.
Águilas



“¡Detente!” exclamó Abel preocupado al ver cómo el Santo de Musca hacía gritar de dolor a Kalós mientras le apretaba fuertemente el puño aprisionado en su mano. “Esta será una valiosa lección para todos ustedes” musitó Apis al hacerle girar el brazo a Kalós hasta luxarle las articulaciones de la muñeca y luego soltarlo. El joven cayó de rodillas, tomándose la mano herida con la otra mano. Intentaba contener las lágrimas y de parecer fuerte ante los demás, pero no fue capaz de resistir el dolor que el Santo de Musca le había causado en la muñeca y todo el brazo. El adulto entonces se le acercó y le puso una mano en la cabeza.

-APIS: (Sonriendo) Eso está mejor, que te arrodilles mientras hablo. Ahora ya son dos los inmovilizados; parece que los próximos días sólo tendré que ocuparme de dos aprendices.

-ABEL: (Acercándose un poco al Santo) ¿Por qué está haciendo esto? Se supone que los Santos Atenienses son hombres sabios y valientes, que luchan por la justicia. Esto que usted está haciendo no es ni sabio ni valiente. Usted no es un hombre justo. No sé cómo lo hice, pero desde que lo vi a lo lejos percibí que usted era un hombre malvado…

-APIS: (Dejando a Kalós atrás y acercándose a Abel) ¿Y a ti quién te enseñó a hablar así? Puesto que soy tu maestro me debes respeto, mocoso. ¿Qué acaso también quieres comenzar tu entrenamiento lesionado?

Abel entonces miró fijamente a los ojos de Apis, quien se sintió un poco intimidado ante la mirada desaprobadora del muchacho. Había algo extraño que no comprendía bien pero que lo había hecho estremecer. No era la mirada de un niño inexperto de 11 años; había algo maduro e imponente en ella, que lo desafiaba y le hacía sentir que habían numerosos ojos a su alrededor que lo estaban observando. Apis se sintió inquieto y su sexto sentido comenzó a fallarle. Algo en el aire se había tornado pesado, y ese algo provenía de la mirada de Abel. “¡Tonterías!,” pensó el Santo, y en milésimas de segundos golpeó a Abel en el estómago. El jovencito cayó al suelo y, al igual que lo había hecho Delíades hacía pocos minutos, comenzó a retorcerse de dolor y a intentar recuperar el aire que había escapado de su cuerpo por el golpe.

Ganímedes, quien ayudaba a su hermano gemelo a ponerse de pié, observó como su maestro lastimaba a sus compañeros y sintió que toda su emoción por llegar al Santuario y convertirse en Santo de Atenea junto a su hermano se desvanecía cada vez más. Pensó en las palabras que Abel le había dirigido a Apis y estuvo de acuerdo con ellas, ¡qué diferente y buen maestro fue Próetus a comparación de este mal llamado Santo de Atenea! ¿En verdad serían demasiado débiles y aun no estaban preparados para el entrenamiento del Santuario? “¡No!,” pensó Ganímedes, “sobreviviremos al entrenamiento en el Santuario a como dé lugar.”

Cuando Delíades estuvo de pie, Ganímedes no lo pensó dos veces y se lanzó nuevamente a defender a Abel, quien iba a ser pateado por Apis mientras estaba acurrucado en el suelo fangoso. A diferencia de su hermano, que había desarrollado una gran fuerza en los brazos, Ganímedes había concentrado su entrenamiento en las piernas, y al ser más liviano y veloz que su hermano, era capaz de dar unas patadas que todos en la palestra de Pirene le habían celebrado.

Ganímedes concentró en su patada las fuerzas que le quedaban y las ganas que poseía de convertirse en un gran guerrero. Entonces, lanzándose como un ave cazando a su presa, dirigió su golpe hacia la espalda de Apis, quien se divertía pateando al acurrucado Abel en el suelo. Delíades, manteniéndose en pie con dificultad, vio a su hermano volar en una maniobra que nunca antes le había visto intentar, y vio cómo Apis una vez más evitó fácilmente la patada de su hermano. “¡Nunca más vuelvas a atacarme por la espalda!,” gritó Apis mientras agarraba de la pierna izquierda a Ganímedes.

Luego de azotarlo fuertemente contra el suelo, Apis alzó a Ganímedes de la pierna y lo comenzó a balancear en movimiento circular ante la mirada atónita de Delíades y de Kalós. Abel aun estaba acurrucado en el suelo, protegiéndose con los brazos de las patadas que le había estado dando Apis, cuando Ganímedes fue lanzado por los aires con fuerza sobrehumana. Delíades vio cómo su hermano fue arrojado al cielo por el Santo de Musca, y el pánico lo invadió cuando se percató que Ganímedes caería directo en el centro de una de las lagunas que se encontraban en aquel lugar. Olvidándose de sus costillas fracturadas y de que nunca había aprendido a nadar, comenzó a correr desesperadamente hacia el estanque donde su hermano aterrizaría.

Ganímedes, semiinconsciente al golpearse la cabeza cuando Apis le azotó contra el suelo, abrió los ojos por un breve momento mientras estuvo en el aire. Con la espalda hacia el cielo y su cara reflejada en la laguna, vio a sus padres sumergidos en ésta, y sus rostros ondulantes llenos de alegría. Los brazos de su madre, hechos de agua, emergieron para recibirlo y abrazarlo una vez más. Al tiempo que Ganímedes era recibido por sus padres en el estanque, Abel, atónito ante los hechos, percibió como una luz blanca en forma de ave ascendía al cielo después de emerger del estanque donde su compañero había caído. Mientras el ave de luz desaparecía entre las nubes, Abel escuchó el grito de Delíades, quien se lanzaba impetuosamente a la laguna donde flotaba su hermano gemelo.

El tiempo pareció detenerse por breves segundos. Los colores del paisaje desaparecieron y Abel vio todo en escala de grises. Vio a Kalós arrodillado en el suelo, con su mano herida y su rostro cubierto de lágrimas. Vio a Apis observando a Delíades lanzándose al agua, aun sonriente por su victoria contra unos niños y con los brazos en su cintura. Y vio al alto Delíades adentrándose en la oscura laguna. Entonces recordó que ninguno de los dos gemelos sabía nadar; recordó que ambos le tenían pavor al agua y que Ganímedes había dicho que sus padres habían muerto en una inundación.

Repentinamente, los colores de Delíades regresaron a su cuerpo, y entonces Abel pudo sentir la desesperación que lo inundaba al haber visto a su hermano caer herido al estanque. También sintió el propio pavor que el agua le inspiraba Delíades, y comenzó a ver a través de sus ojos y a apropiarse de sus recuerdos. En la mente de Abel se incrustaron las imágenes del mar fluyendo bajo el galope de los caballos que los llevaron hasta Rodorio. También se filtraron por sus oídos las historias de Próetus, aquellas que contaba en los días soleados en las fuentes de Pirene, pero únicamente se filtraron aquellas historias sobre monstruos marinos y demás sirvientes de Poseidón. Y finalmente, los recuerdos de los padres de los gemelos, siendo arrasados violentamente por una corriente de agua y escombros, inundaron poco a poco el alma de Abel.

Al ser invadido por las emociones de Delíades, Abel se intentó poner de pie para ir en su ayuda. Sin embargo las energías lo habían abandonado y el daño producido por las patadas de Apis hizo que cayera nuevamente al suelo. Sin entender por qué podía sentir tan claramente la desesperación y el temor de Delíades, cerró los ojos y apretó los puños con fuerza; pensó en Beler y deseó que estuviera allí para que socorriera a sus compañeros que se ahogaban en el estanque. De repente la concentración de Abel fue interrumpida por el chillido de un águila cuya sombra observó desplazarse rápidamente por el terreno fangoso hasta el estanque donde estaban sus amigos.

Delíades por su parte, pretendiendo ignorar el pavor que sentía hacia el agua, movía con fuerza sus extremidades intentando no ahogarse y avanzar hasta llegar a su hermano. Su peso no lo ayudaba mucho y se lamentó el no haber superado su miedo y no haber aprendido a nadar cuando tuvo la oportunidad en Pirene. “Moriré ahogado junto a mi hermano,” pensó mientras el agua entraba por su boca y su nariz, y escuchaba a Kalós gritando algo que no pudo entender desde la orilla del estanque. “¡Ayúdelos! ¡Los gemelos no saben nadar!,” gritó Kalós a Apis, quien simplemente se limitó a observar la escena en el estanque sin moverse siquiera un poco. Al ver que el Santo continuó con las manos en la cintura, Kalós se dirigió corriendo al agua a pesar del agudo dolor que sentía en su mano derecha.

Justo antes de que Kalós se lanzara a la laguna, una sombra alada pasó por encima de él. Cuando el joven miró hacia arriba para identificar al ave, descubrió que una persona muy delgada de cabellos rojos y trenzados posaba silenciosamente un pie sobre la superficie del agua y se deslizaba velozmente por ella como si estuviera volando. No había dudas, se trataba de una mujer que se dirigía rápidamente hacia Delíades dejando tras ella varios hilos de lágrimas que poco a poco se convertían en neblina. Y no estaba sola, pues un águila sobrevolaba la laguna mientras la mujer con sorprendente facilidad sacaba a Delíades del agua agarrándolo por un brazo e impidiendo que muriera ahogado.

A continuación y con Delíades colgando de su mano izquierda, se dirigió en pocos segundos hasta el lugar donde había caído Ganímedes. Allí se sumergió en el agua para tomarlo de las ataduras de cuero de su armadura y sacarlo del estanque. Inmediatamente, con ambos niños pendiendo de sus brazos, se dirigió a la orilla más cercana, a un lado de Kalós, y descargó cuidadosamente a los gemelos. Kalós, aun con la cara húmeda por las lágrimas, miró impresionado el bello rostro de la mujer, por el cual se deslizaban gotas de agua. Una ráfaga de viento recorrió el lugar y el águila continuó planeando sobre las lagunas.

-BERENICE: (Enjugándose la cara y mirando a Kalós) Lo siento mucho, no he llegado a tiempo…

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XIX

XIX.
El Santo de Musca


Aldebarán condujo a los cuatro niños a través de varios caminos y trechos. Pasaron cerca de las residencias de los soldados y guerreros novatos, y atravesaron lugares áridos dispuestos para crueles pruebas físicas que algún día los jóvenes tendrían que soportar. Pronto llegaron a una armería donde Aldebarán hizo que los cuatro jovencitos fueran vestidos con armaduras de bronce, cobre y cuero, las que los identificarían como aprendices de Santo de ese momento en adelante. Sus nuevas vestimentas les recordaron lo pesado de los escudos que Próetus les había hecho llevar en los últimos años de entrenamiento en Pirene. Cuando salieron de la armería se encontraron inundados por una espesa nube blanca que había aparecido de repente. “¡No os quedéis ahí como estatuas! ¡Seguidme y apurad el paso!” los llamó Aldebarán mientras se alejaba a grandes zancadas rumbo al suroeste del Santuario.

Pronto llegaron a un pequeño valle que ofrecía una vista singular y que no estaba cubierto por neblina como la mayoría de las zonas del Santuario. Repleto de ruinas y columnas rotas de tiempos remotos, el valle poseía varios estanques y lagunas oscuras, muchas de ellas pantanosas y malolientes. También se divisaba el comienzo de un bosque de árboles frondosos de maderas retorcidas, y a lo lejos sumergida en la espesura del bosque, sobresalía una colina grisácea que se elevaba hasta el cielo como una columna colosal, rodeada de otras colinas menores.

-ALDEBARÁN: (Señalando la oscura floresta) El comienzo de ese boque que veis allá será un límite para vosotros, espero que os quede claro. No sólo porque esté prohibido desertar, sino porque aquella colina rocosa que veis allí en medio del bosque es un lugar casi sagrado, reservado únicamente para el Patriarca. Le llamamos Star Hill.

-GANÍMEDES: Igual, con todos esos estanques pútridos no creo que muchas personas se acerquen a este lugar.

-ALDEBARÁN: Numerosos han sido los atrevidos que han osado escalar Star Hill en busca de los secretos del Patriarca, pero que yo sepa nadie ha salido con vida de esa empresa hasta el día de hoy.

-KALÓS: ¿Y qué se encuentra más allá del bosque?

-ALDEBARÁN: Al salir del bosque estarás muy cerca de Atenas, la gran polis de Attica. Pero si estás pensando en huir nuevamente, déjame advertirte algo si aun nadie te lo ha dicho. El Patriarca ha ordenado darles muerte a los desertores, y todos los límites del Santuario están protegidos por guardias y Santos que vigilan día y noche. De hecho, el Santo que será su futuro maestro, fue asignado desde hace mucho tiempo como el guardia de esta zona.

Entonces, señalando al bosque, Aldebarán les mostró a los cuatro jóvenes un individuo que aparecía poco a poco entre las sombras y que se les comenzaba a acercar a pasos largos, dejando atrás los estanques. Era un guerrero de estatura media, de cabello negro como el de Aldebarán pero corto, y vestía una armadura plateada similar a la del Santo de Sagitta, que brilló intensamente con los rayos del sol de la tarde que se filtraban a través de las nubes que cubrían el Santuario.

-ALDEBARÁN: (Dirigiéndose a Apis con mucha seriedad) Estos son tus nuevos aprendices. Vienen de Pirene, una ciudad cerca a Éfira y han sido bien entrenados en su infancia.

-APIS: (Mirando a los jóvenes con un gesto de disgusto) Es verdaderamente una mala noticia. Convertirme en Santo de Plata para ser tutor de unos mocosos. ¿Por qué no fui enviado como los demás a librar la guerra en el Norte?

-ALDEBARÁN: El que hayas sido nombrado tutor de estos jovencitos no ha sido decisión mía. Si fuera por mí ya sabes que te mandaría en primera línea de guerra a morir congelado en el Norte; aunque considero que es más noble ser maestro de los futuros Santos de Atenea a andar librando las guerras del Patriarca.

-APIS: (Sonriendo ásperamente) Ten cuidado con lo que dices, Aldebarán. En estos tiempos hay que cuidarse de no abrir la boca más de lo necesario en el Santuario.

-ALDEBARÁN: Tienes razón, no diré más al respecto. Si tienes alguna duda habla con Phaetón o con el mismo Patriarca. (Dirigiéndose a los cuatro jovencitos) Bueno niños, aquí os dejaré con Apis de Musca, vuestro maestro. Espero que entrenéis fuertemente y podáis lograr vuestro objetivo de convertiros en Santos de Atenea. Más tarde vendré a llevaros al lugar que os ha sido asignado para dormir.

Con estas palabras Aldebarán se marchó del lugar dejando a los jovencitos confundidos y decepcionados, especialmente Abel, al sentir el desprecio y la actitud del que sería su maestro en el Santuario. Los cuatro miraron a los ojos a Apis, quien se había quedado observándolos como quien mira a una pesada roca que obstaculiza el camino. “¡Y ahora qué se supone que hay qué hacer!” exclamó en voz alta el Santo de Musca, mirando al suelo fangoso y apretando los puños. Los nuevos aprendices de Santo se quedaron petrificados, mirándose los unos a los otros. Los gemelos sintieron que las expectativas de convertirse en magníficos guerreros se desvanecían poco a poco como las nubes que los cobijaban en aquel momento.

-APIS: (Frunciendo el seño) ¡No me miren así, mocosos! Es la primera vez que tengo aprendices y no es una idea que me entusiasme. Preferiría incluso quedarme de guardia por muchos años más en este bosque de muerte.

-DELÍADES: Sólo enséñenos a luchar, señor Santo de Musca. Es lo único que hemos venido a hacer a este lugar. Queremos convertirnos en Santos de Atenea como usted.

-APIS: (Mirando a Delíades a la cara) ¿Santos como yo, dices? Está bien. Sólo conozco una manera para que se conviertan en grandes guerreros.

Al decir estas palabras, Apis abrió un poco los brazos y las piernas, y repentinamente la armadura de plata que portaba cayó al suelo. “Ahora recojan mi armadura y llévenla a ese rincón” les dijo a Abel y a Ganímedes, quienes obedecieron la orden de su nuevo maestro sin entender lo que se proponía. Luego de esto llamó de regreso a los dos chicos y adoptó una posición defensiva ante la mirada sorprendida de sus nuevos aprendices.

-APIS: ¡Vamos, mocosos! El entrenamiento comienza en este mismo instante. Para darles ventaja no portaré la armadura de Musca, y ustedes me podrán atacar los cuatro al mismo tiempo. ¡Vamos! ¿Qué esperan? ¡No usaré todo mi poder!

Los gemelos tomaron entonces posición ofensiva, mientras que Abel y Kalós, sin saber bien qué hacer, miraban al sonriente Apis de pies a cabeza. A pesar de que no llevaba ningún tipo de protección ambos sabían que era imposible vencer a un Santo en el Santuario, así lucharan los cuatro juntos. Y algo en la expresión de Apis indicaba que estaba dispuesto a lastimarlos fuertemente, sin importarle que se tratara de un entrenamiento con jóvenes inexpertos. Kalós y Abel seguían pensando en eso cuando el impetuoso Delíades con un alarido se lanzó en dirección a Apis para golpearlo con su puño derecho.

El Santo lo esquivo con increíble facilidad, con un movimiento que los otros tres aprendices no pudieron seguir con sus ojos. A continuación, Delíades dio media vuelta rápidamente para intentar una vez más golpear a su oponente, y esta vez su hermano Ganímedes saltó al mismo tiempo para intentar propinarle una patada a Apis por la espalda. Una corriente de viento sopló en aquel lugar, y los gemelos creyeron que habían asestado sus golpes sincronizados. La realidad era que la patada de Ganímedes había sido bloqueada con sólo el brazo derecho de Apis, y el dedo índice de su brazo izquierdo había detenido el puño de Delíades. Mientras Ganímedes caía al suelo, Apis agarró a Delíades de la mano que había lanzado el puño y lo lanzó por los aires, cayendo ruidosamente cerca de donde estaba la armadura de Musca. Al ver a su hermano volar por los aires, Ganímedes desde el suelo intentó patear la pierna derecha de Apis para hacerlo caer, pero fue esquivado y tomado de la pierna que lanzó la patada. En fracciones de segundo, Apis levantó a Ganímedes por la pierna y le asestó un puño en el estómago que lo hizo aterrizar cerca de Abel.

-APIS: ¡Vamos! Atáquenme los cuatro juntos. (Mirando a Abel y a Kalós) ¿Qué están esperando ustedes dos? ¿Qué acaso tienen miedo, mocosos? Deben ser valientes como sus lentos compañeros.

Cuando Abel se dispuso a ayudar al adolorido Ganímedes a ponerse de pie, Apis apareció repentinamente a su lado. “¿Qué no me escuchaste, mocoso?” le dijo a Abel antes de darle un fuerte bofetón que lo hizo rodar violentamente por el suelo. Tomando a Ganímedes por el cuello con su mano derecha, retó a Delíades y a Kalós con su otra mano y con su mirada. “¡Vamos! Daré este primer encuentro por terminado cuando alguno de ustedes me dé tan siquiera un golpe. Tendrán que trabajar en equipo para lograrlo, supongo que ya saben trabajar en equipo, ¿no?”

Abel se levantó lentamente del suelo, con su túnica y su armadura enlodadas por completo. En su mirada expresaba la rabia que sentía por el ataque a traición de Apis y, tocándose la mejilla adolorida por el bofetón que acababa de recibir, vio como el Santo apretaba el cuello de su compañero. No sólo él, sino Kalós y Delíades se prepararon para lanzarse contra Apis. A los pocos segundos los cuatro se vieron en el suelo y levemente golpeados sin haber podido siquiera tocar a su ágil oponente, que con sus manos en la cintura se reía a carcajadas al ver a los jóvenes sometidos y embarrados.

-APIS: Supongo que no han entrenado lo suficiente. Me pregunto bajo qué criterios los habrá aceptado Aldebarán como aprendices de Santo… ¡Son lentos! ¡Muy lentos y débiles! No tienen lo que se necesita para convertirse en un Santo de Atenea. Muertos serán más útiles para el Santuario… (Acercándose lentamente a Kalós) ¿Por qué me miras de esa forma? ¿Tienes rabia? ¿Te sientes humillado, ahí, con la cara en el barro? ¿Por qué no utilizas esa rabia para darme un golpe con todas tus fuerzas?

Apretando sus puños, Kalós intentó hacer lo que le había indicado Apis. Lleno de furia intentó lanzarse hacia el Santo de plata y golpearle la cara, sin lograr su cometido. Sin embargo, esta vez Apis se encontró con algo que sus reflejos no le advirtieron. Dos brazos musculosos aparecieron de repente entre los suyos mientras esquivaba el golpe de Kalós. Era Delíades, quien aprovechando que era casi tan alto como su rival e incluso poseía más masa muscular, intentó agarrar a Apis por la espalda e inmovilizarlo. En su sorpresa, el Santo sintió como el joven intentaba incapacitarle los brazos presionándoselos con toda fuerza hacia atrás. En milésimas de segundos, Delíades intentó alzar a su nuevo maestro y ubicarse de tal forma que su hermano Ganímedes, quien ya se dirigía a toda velocidad con una patada, pudiera dar en el blanco.

A pesar de que intentó atacar con toda la rapidez que pudo, Ganímedes no logró dar su patada ya que el Santo de Musca, con un ligero movimiento, se elevó por los aires junto con Delíades para evitar el golpe en un despliegue de habilidades físicas que los jóvenes nunca habían presenciado. Kalós y Abel se quedaron boquiabiertos viendo como Apis había saltado tan alto llevando a cuestas el peso de Delíades. En el aire, en cuestión de segundos, vieron también cómo Apis se libraba de los brazos del joven con una rápida maniobra y luego, después de propinarle un puntapié, lo lanzaba como una roca al suelo.

Tal como una roca sonó Delíades cuando cayó de espaldas al suelo enlodado, a diferencia de Apis, quien cayó elegantemente y sin hacer ruido. Entonces, sintiendo el daño causado en varias de sus costillas, Delíades comenzó a gritar de dolor. Sus tres compañeros se quedaron paralizados, escuchando los alaridos del muchacho que se retorcía de dolor en el lodo. Su hermano corrió a su lado, asustado y olvidando la batalla en la que se encontraban. Abel no sabía qué hacer o qué pensar; nunca había imaginado que el primer día en el Santuario de Atenea, el templo de los Santos que luchan por la justicia, fuera tan terrible y doloroso. Apis, con las lagunas y el bosque a sus espaldas, sonreía y se sentía satisfecho al no haber sido aun golpeado por ninguno de sus nuevos aprendices.

-APIS: (Mirando con una sonrisa burlona a Delíades) ¿Qué acaso esperabas que me quedara sin mover un dedo? Debo admitir que ya lo están haciendo mejor. Y que esta sea su primera lección, el enemigo no se quedará de manos cruzadas mientras ustedes atacan. (Soltando una carcajada) Y otra cosa, mocosos, deben aprender a caer; porque no es una sensación agradable sentir que los huesos se rompen, y se demoran mucho tiempo en sanarse. Supongo que ahora estarás inmovilizado por varios días y eso afectará tu entrenamiento; pero la buena noticia es que los huesos de los niños sanan más rápido, y siéntete agradecido de que la que crujió no fue tu columna vertebral...

Apis no había terminado de hablar cuando Kalós, cada vez más furioso con la situación, se lanzó nuevamente al ataque. Su golpe lleno de rabia fue bloqueado de frente por el Santo, quien en un parpadeo agarró firmemente el puño del muchacho con su mano y no se movió del lugar donde se encontraba.

-APIS: (Dejando de sonreir) ¿Qué haces, mocoso? Aun me sigues mirando de esa forma que tanto detesto. Te gustaría darme una paliza, ¿no? Luego te daré la oportunidad de hacerlo, pero mientras yo esté hablando no vuelvas a intentar interrumpirme.

Abel, con los rayos del sol a sus espaldas, se sintió inútil, débil, y desafortunado. Pensó en su amigo Beler y esperó que las estrellas lo llevasen a mejores manos que las de aquel Santo cruel que sería su maestro los próximos años, que nada tenía que ver con la imagen que había desarrollado en su mente de los valientes Santos Atenienses. “Espero que te haya quedado claro y no vuelvas a arriesgar tu mano de esta forma tan tonta” le dijo Apis a Kalós, mirándolo fijamente mientras le apretaba el puño al jovencito, quien sintió que los huesos de su mano y sus dedos iban a astillarse…
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Saturday, 5 December 2009

Esto es una pequeña presentación sobre algunas criaturas mitológicas y fantásticas de algunas mitologías, especialmente la griega. No es exhaustiva.

Las siguientes son algunas ilustraciones que he hecho sobre mi fic Saint Seiya: Génesis



AGARES DE ROC, Estrella Infernal de la Voluntad







RAHAB DE LEVIATÁN, Estrella Infernal de la Prudencia









XVIII

XVIII.
SEPARACIÓN


Los niños se miraron unos a otros inquietos con la noticia de Aldebarán. Uno de ellos tendría que dejar a los otros, después de que juntos habían entrenado y vivido día tras días por más de cinco años: había llegado la hora de separarse. “Es hora de decidirse, jóvenes, quién de vosotros será el que entrene con otro maestro,” les decía Aldebarán, con la seriedad que lo había caracterizado hasta el momento.

-GANÍMEDES: (Dirigiéndose a Kalós) Creo que a ti no te importará separarte de nosotros. Siempre nos has despreciado y te gusta la soledad. ¿Por qué aun no te has ofrecido para entrenar con otro Santo?

Kalós no pronunció palabra ante la propuesta de Ganímedes. Era cierto que no le hubiera importado mucho separarse de sus compañeros anteriormente, pero ahora estaban en el Santuario; las cosas eran diferentes, y Kalós sabía que estar solo en aquel lugar le significaría una gran desventaja. Al ver la expresión de terror en la cara de Kalós, Abel habló.

-ABEL: (Con la frente en alto) Señor Aldebarán, yo seré el que entrene alejado de mis amigos.

-BELER: (Sobresaltado con la decisión de su amigo) ¡¿Qué?! ¿Por qué siempre tienes que hacer esto? Yo pensé que nos íbamos a cuidar el uno al otro. ¡Yo le prometí a Eirene que cuidaría de ti!

-ABEL: (Sonriendo) No hay por qué preocuparse, Beler, aquí estaremos bien. Hemos entrenado por más de cinco años, estoy seguro que sobreviviremos al entrenamiento en el Santuario. (Mirando a Sham y a Aldebarán) Los Santos son hombre gentiles y estaremos seguros en sus manos como sus aprendices. (Entregándole la capa verde a Aldebarán) Aquí está su capa señor; muchas gracias, en verdad me fue de mucha utilidad.

Aldebarán recibió su capa verde, sonriendo por primera vez en frente de los niños. Beler seguía consternado, disgustado con la actitud de su amigo, quien resignado al cambio miraba melancólicamente hacia la estatua de Atenea en lo alto del Santuario. Los otros tres niños miraban a Abel sin saber qué pensar de él, y se preparaban para decirle adiós cuando Sham se aproximó a Beler y le puso una mano en su hombro derecho.

-SHAM: (Mirando a Aldebarán) Antes de que se tome cualquier decisión, quisiera intervenir en esta situación tan incómoda para los futuros aprendices de Santo. Debo decir que tengo un interés particular por este joven; quisiera que se uniera al entrenamiento que le estoy dando a Índika. Beler tiene un talento especial, sé que bajo mi tutoría se convertirá en un arquero excelente. ¿Qué dices, muchacho? Apis de Musca sería el maestro de tus amigos y yo, el Santo de Sagitta, sería el tuyo.

Beler y Abel se miraron el uno al otro. Los gemelos no se separarían, y Kalós al parecer tampoco quería entrenar apartado de los demás. Por lo visto ambos amigos se separarían, de una manera u otra. Beler sabía que Abel era el más frágil de los niños físicamente. Pensó que aceptar la propuesta de Sham sería lo más adecuado para cuidar de una forma indirecta de su amigo. Además, el Santo de Plata había causado una gran impresión en Beler desde la primera vez que lo había visto en Pirene, de seguro lo convertiría en un gran guerrero.

-BELER: (Mirando a Abel mientras comunicaba a todos los presentes su decisión) Está bien, señor Santo de Sagitta; quiero ser su aprendiz.

-SHAM: Decidido entonces, de ahora en adelante entrenarás al lado de Índika. Despídete de tus amigos por ahora, seguro muy pronto los verás. Quizás vuelvas a luchar contra ellos una vez más mientras dure tu entrenamiento en el Santuario.

-ALDEBARÁN: (Dirigiéndose a los demás niños) Ahora vosotros debéis venir conmigo. ¡Seguidme!

Los cuatro jóvenes se despidieron de su compañero con la mirada. “Pronto nos volveremos a ver,” le dijo Beler a Abel en voz baja, quien tampoco fue capaz de decir alguna palabra de despedida antes de seguir a Aldebarán. Beler se quedó mirando cómo sus amigos se desvanecían poco a poco en los caminos de piedra que llevaban a la zona oeste del Santuario. Las gotas de una leve lluvia comenzaron a caer de pronto y una niebla espesa comenzó a bajar desde la cima de la colina donde se encontraba la estatua de Atenea.

-SHAM: Ahora los voy a dejar solos por un rato, tengo algo qué hacer. (Dirigiéndose a Beler) Índika se encargará de mostrarte las zonas del Santuario donde normalmente llevaremos a cabo nuestro entrenamiento y de platicarle sobre muchas cosas que te serán útiles los siguientes años de tu vida en este lugar.

Sham desapareció de repente y ambos jóvenes se quedaron solos viendo cómo la niebla los alcanzaba y los sumergía poco a poco en una laguna blanca. Beler se sentía paralizado, lleno de preguntas sin respuesta y perdido en un lugar desconocido. “Este será mi nuevo hogar” se dijo a sí mismo melancólicamente antes de partir con su nuevo compañero por el mismo camino por donde antes habían transitado Aldebarán y los otros niños.

Índika lo condujo por diversos senderos de piedra y a través de varios cerros desolados con construcciones en ruinas. Poco a poco la niebla fue retrocediendo y el sol de la tarde se filtró a través de las nubes que cubrían el Santuario. Después de caminar por un largo período de tiempo llegaron a un lugar elevado, donde encontraron a un par de guerreros practicando el tiro con arco.

-ÍNDIKA: Aquí pasarás mucho tiempo, no sólo entrenando con arco y flecha sino con todo tipo de armas, e incluso combate cuerpo a cuerpo. Hoy hay otros individuos practicando, pero por lo general este lugar se mantiene desolado. (Mirando la expresión de resignación en la cara de Beler) ¡No hagas esa cara de tragedia! Eres muy afortunado; que tengas a Sham de Sagitta como tu maestro es prueba de que tienes una estrella de suerte.

-BELER: (Mirando al horizonte) Ya me han dicho eso antes… no sé qué tan afortunado sea… ¿Y cuándo comenzará mi entrenamiento? ¿Por qué nos ha dejado solos el señor Sham?

-ÍNDIKA: (Sonriendo burlonamente) ¿Acaso pensaste que por ser tu maestro iba a estar siempre acompañándote? Normalmente los Santos de Plata son enviados por el Patriarca a otras regiones en largas campañas de guerra. Quizás ahora que tiene a un novato como aprendiz permanezca más tiempo en el Santuario, pero no es algo seguro. La base del entrenamiento es tu estadía en este lugar. Comenzarás observando la lucha de otros, y cuando creas que tienes el coraje y la experiencia suficiente podrás batirte en duelos con otros guerreros; así comencé yo.

-BELER: No creo que con sólo observar las batallas pueda aprender mucho…

-ÍNDIKA: Por eso tendrás que probar suerte también y luchar en las contiendas que se te puedan presentar para probar tus capacidades. Aquí sólo los fuertes sobreviven. No creas lo que tu amigo rubio dijo; no todos los Santos son hombres gentiles. Aquí en el Santuario te encontrarás con verdaderos demonios y seres despiadados que no les importará humillarte y destrozarte para demostrar sus habilidades y obtener la atención para ser merecedores de alguna armadura o ser asignados en alguna misión especial. (Tensando su arco y alistando una flecha) Yo mismo te perforaría con estas flechas si te llegaras a interponer en mi camino.

Las palabras de Índika no intimidaron a Beler, a quien no le importó mucho que su nuevo compañero de ojos rojizos y apariencia foránea le estuviese apuntando al corazón con dos flechas de madera. En cambio, se sintió aliviado al haber decidido que Abel no entrenara separado de sus compañeros. Definitivamente el Santuario sería un peligro para su mejor amigo, y sería más fácil sobrevivir al entrenamiento si él estaba acompañado por Kalós y los gemelos.

De repente el chillido de un águila atravesó el cielo, llamando la atención de Beler e Índika que divisaron al ave planeando cerca de donde se encontraban. Índika entonces dirigió sus saetas hacia el águila templando aun más el arco. “¿Sabes, Beler? No le digas a mi maestro, pero soy superior a él en técnicas con arco y flecha, y ya es mucho decir porque mi maestro es fenomenal. Pero yo soy el mejor del Santuario. Te demostraré mis capacidades y mi puntería, ¡observa!” y mientras Índika decía estas palabras, Beler horrorizado observaba cómo en el rostro de su compañero se dibujaba una fría expresión que reflejaba su intención de dar muerte al águila. Entonces recordó el episodio con Abel y los caracoles cuando se aproximaban a las puertas del Santuario.

-BELER: (Agarrando el brazo izquierdo de Índika) ¡Espera! ¡¿Qué vas a hacer?! ¿Por qué le vas a disparar?

Entonces, con solamente tocar la piel del joven, Beler sintió una vez más la terrible presencia agresiva que antes había percibido en Índika cuando en el viaje hacia el Santuario Kalós había intentado huir. Pero esta vez no sólo sintió la agresividad del joven guerrero, sino que sintió algo más, como un grito ahogado en su mente. Era algo que sentía por primera vez y que no era capaz de explicar, pero que demandaba toda su atención. Sintió un nudo en la garganta y un vacío en el estómago, y al concentrarse más en la sensación pudo finalmente sentir la desesperación de alguien, ¡la desesperación y el dolor de Abel! Otro chillido del águila lo despertó del trance momentáneo al que había llegado.

-ÍNDIKA: (Soltando una carcajada y cambiando su posición ofensiva) ¿Y por qué no he de hacerlo? Bueno, te acabas de perder una demostración de mis habilidades. Desde esta colina y con estas flechas astilladas podría asesinar si quisiera a varios de los guerreros que ves allí (señalando al valle que tenían en frente); tú también los logras divisar ¿no? Pero a esa águila no la puedo tocar, mi maestro me lo ha prohibido. (Observando al alterado Beler) Oye ¿qué te ocurre? ¿Por qué tienes esa cara? No me digas que en verdad te…

Índika no había terminado de formular sus preguntas cuando Beler, con una expresión de gran preocupación, de un salto dio media vuelta y salió corriendo velozmente colina abajo.
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