Thursday, 12 November 2009

XIII.
VISITA AL TEMPLO DE ATENEA


Beler vio como Eirene, paralizada y al borde de las lágrimas, reflejaba en su rostro el dolor que le produjeron las palabras de Kalós. Sin entender muy bien por qué, se sintió profundamente indignado por la escena, y sin poder controlar su puño, golpeó al decaído Kalós en la cara. “¡No!” dijo ahogadamente Eirene, ordenándole a Beler que se detuviera y, a pesar de que lo hubiera querido, sin atreverse a mover un dedo para auxiliar a Kalós. Los tres niños se quedaron entonces en silencio por un breve momento, a la merced de sus emociones.

-KALÓS: (Sentado en el suelo, tocándose la mejilla golpeada) ¿Y ese golpe por qué fue, Beler? ¿Te disgustó que le dijera a esta niña lo que siento? ¡Tú sabes cuánto la odio! ¿O es que acaso son novios y la estás defendiendo? ¡Anda, deja de hacerte el mudo y dime cuál es tu problema!

Beler no supo qué responder. Se sentía mal por haber golpeado a quien ya estaba herido, pero no había podido aguantar la ofensa contra Eirene. Sin embargo no sabía cómo argumentarle esto al abatido Kalós, quien lo miraba fijamente aunque sin el odio con el que minutos atrás había mirado a Polyeidos y a su nieta mientras recibía el castigo físico. Eirene había comenzado a derramar silenciosas lágrimas por sus mejillas, sintiéndose despreciada y humillada, y a continuación se marchó del huerto junto con las dos esclavas que la acompañaban. Cuando los dos niños quedaron nuevamente solos, Beler tomó fuerzas y habló.

-BELER: (Mirando con lástima a Kalós) Perdóname por haberte golpeado a pesar de saber las condiciones en las que te encuentras. Pero no pude resistirme al ver cómo agredías a Eirene sabiendo que ella sólo quería agradecerte el no habernos delatado. Debes saber que ella se preocupa por ti más que por cualquier otro niño…

-KALÓS: (Interrumpiendo a Beler) Esa niña es sólo una consentida y seguro nos ve como a unos juguetes. Para ella y su abuelo sólo somos esclavos, no les importa de dónde hemos venido o quienes eran nuestros padres.

-BELER: Si sólo fueras un simple esclavo para Polyeidos no creo que se hubiera tomado la molestia de mandarte a buscar de la forma en que lo hizo. Mientras estuviste por fuera del Palacio, el anciano enfermó y suspendió sus visitas al templo de Atenea… tendrías que haberlo visto deambulando preocupado por todo el Palacio. Además, Polyeidos nos ha prometido la libertad una vez nos convirtamos en grandes guerreros.

-KALÓS: (Pensando las palabras de Beler) No confío en las promesas del viejo. Él cree que somos niños tontos; de pronto los gemelos ingenuos se creerán lo de Pegaso. Pero sé que tú eres listo y sabes que no existe tal criatura, que es sólo una historia para mantenernos obedientes en este lugar.

-BELER: (Mirando a las estrellas) No sé si Pegaso exista o no. Pero la vida que llevamos no es mala. Sé que no eres cómo nosotros, que no fuiste hijo de pastores o granjeros, y que te sientes humillado al ser llamado esclavo; pero con la educación que estamos recibiendo tendremos la oportunidad de convertirnos en grandes hombres. Los cinco de nosotros hemos perdido nuestras familias, pero al estar aquí pienso que hemos corrido con suerte. Y también pienso que Polyeidos no tiene malas intenciones.

-KALÓS: (Intentándo ponerse de pié nuevamente) Eso lo sabremos luego. Por lo pronto prepárate, porque cuando me recupere por completo te haré pagar por tu puño traicionero…

Los días comenzaron a fluir lentamente. Los cuatro huérfanos continuaron con su entrenamiento diario en tiro con arco, esperando por el reingreso de Kalós para comenzar a usar la lanza y a portar el peso de los escudos. Polyeidos había recobrado los ánimos y había regresado a sus rutinas en el templo de Atenea, y las cosas en el Palacio regresaban poco a poco a la normalidad. Kalós, mientras se recuperaba de sus heridas, había sido obligado con amenazas a hacer labores de tipo doméstico con otros esclavos, siendo para él una verdadera humillación y otro motivo más para odiar a Polyeidos.

En las tardes, Eirene no había vuelto a salir a su balcón para recibir a los muchachos cuando regresaban al Palacio luego de su entrenamiento. Lo único que los niños escucharon de ella en aquellos días fueron las dulces y torpes notas de arpa que Eirene tocaba con la caída del sol recluida en su recámara. Aunque Beler y Abel pensaban que la niña los contactaría nuevamente alguna noche para regresar a las Fuentes de Pirene, pasaron semanas completas sin que se apareciera por el huerto. Una de esas noches en que Abel y Beler esperaban con incertidumbre a la niña para ir a las Fuentes, Polyeidos apareció con su bastón por el umbral que conectaba las habitaciones con el huerto.

-POLYEIDOS: (Acercándose a los dos niños) ¡Abel! ¡Beler! ¿Qué hacen a estas horas de la noche en este lugar?

-ABEL: (Sorprendido) ¡Señor Polyeidos! Sólo estábamos viendo las estrellas. Aunque ya estábamos por regresar al dormitorio pues el viento está muy helado.

-POLYEIDOS: (Mirando al firmamento) ¡Ah, las estrellas! Pirene es el mejor lugar en el mundo para ver los astros que cuelgan del cielo. Y entiendo que estés aquí, Abel; a ti te encantan las estrellas, aunque hace mucho que no regresas a la biblioteca a leer libros de astronomía… He estado pensando que debemos organizar una visita nocturna a las hermosas Fuentes de Pirene para que puedan estudiar más fácilmente las constelaciones. ¿Qué dices, Beler? ¿Vendrías con nosotros?

Beler miró al anciano sin responder palabra pero contestando a su pregunta con una sonrisa pícara, pensando en todas las veces que había ido en secreto con Abel e Eirene a las Fuentes en busca de estrellas fugaces o de la legendaria lluvia de estrellas.

-POLYEIDOS: (Sonriendo) ¡Vamos, Beler! Que todos en el Palacio ya saben que estás hablando desde hace unas semanas, no seas tímido.

Beler, sorprendido con las palabras del anciano, miró a Abel intentando comprender por qué Polyeidos sabía que había vuelto a hablar. Abel, igual de sorprendido, no supo qué decir o qué hacer. Ambos muchachos pensaron que quizás Eirene o Kalós habían revelado que Beler había vuelto a hablar.

-POLYEIDOS: (Riendo) Bueno, si no quieren conversar conmigo no hay problema, yo regreso a mi recámara que en verdad está haciendo frío.

-BELER: (Tímidamente) Señor… quisiera preguntarle algo.

-POLYEIDOS: ¡Ah! Te has decidido. ¡Ya era hora! Anda muchacho, ¿qué pregunta tienes para mí?

-BELER: Usted ha dicho que al mejor hombre de entre nosotros cinco le otorgaría a Pegaso… ¿Es eso cierto? ¿Pegaso existe, o es sólo un cuento de niños?

-POLYEIDOS: Mi silencioso niño… mañana mismo te darás cuenta si Pegaso existe o es sólo una historia. Yo soy un hombre de palabra, y como lo prometí el primer día que pisaste mi palacio, al mejor guerrero de entre ustedes cinco le otorgaré a Pegaso. Ahora me despido, regresaré a mi recámara.

-BELER: (Con la voz entrecortada) ¡Señor! También quería preguntarle por su nieta. ¿Se encuentra bien la señorita Eirene?

-POLYEIDOS: (Dándose la vuelta para mirar al niño) ¿Eirene? Claro que está bien. Hoy estuvo aprendiendo a tejer y a perfeccionar su habilidad con la lira. ¡Es una niña talentosa! Ya saben que la educación de una doncella es muy diferente a la de ustedes.

Luego de decir estas palabras, Polyeidos se adentró en el blanco edificio con su parsimonioso caminar y se dirigió a su recámara en el segundo nivel. Ambos niños quedaron como pequeñas estatuas en el huerto, ensimismados bajo un sinnúmero de constelaciones que no dejaba sumir a Pirene en la obscuridad de la noche. Regresaron entonces a su dormitorio sin visitar las Fuentes, pero Beler no pudo pegar el ojo en toda la noche pensando en el regreso de Kalós, en la ausencia y el afligido rostro de Eirene, y en la fantástica promesa de Polyeidos.

Al día siguiente los huérfanos fueron despertados muy temprano por Próetus. Se les ordenó limpiarse muy bien y vestirse de blanco con prendas nuevas. A pesar de ser esclavos, esa mañana serían todos cinco llevados al templo de Atenea en Pirene por órdenes de Polyeidos. Incluso Kalós, quien en toda la noche tuvo pesadillas donde su ofensa a Eirene era delatada por la niña y por alguna de sus esclavas, estaba entre sorprendido y emocionado por la decisión del señor del Palacio. A ninguno de los niños se les explicó el motivo, y después de la primera comida fueron llevados al templo de la diosa de la guerra y la sabiduría que quedaba a pocos metros de donde vivían.

Cuando estuvieron frente al templo, tanto los cinco niños como Próetus y otros tres guardias de la polis que los escoltaban se quedaron admirando por varios minutos la magnificencia que ostentaba aquel lugar. Desde el primer día que había visto el templo, Beler había querido entrar en él y descubrir la belleza en su interior reservada sólo para hombres nobles y religiosos. Según sus cálculos, las hermosas columnas que tenía en frente eran hasta tres veces más altas y gruesas que las del Palacio, y quizá del mismo tamaño que las de la cisterna subterránea que había visitado con Eirene y Abel. Pero además de su sublime apariencia a plena luz del sol, un vapor blanco emanaba de su interior y un olor extraño pero agradable rondaba en los alrededores. Los niños intuían entonces con emoción que su llamado al templo sería una ocasión especial para ellos y para toda la ciudad.

-PRÓETUS: (Dirigiéndose seriamente a los niños) Aquí ante ustedes tienen el templo de la diosa Atenea. Hoy, mis valientes niños, serán llevados a su interior y comprenderán mejor la razón por la que han entrenado juntos tan arduamente por más de un año. Tendrán el privilegio de ingresar al templo de la diosa de la sabiduría porque ustedes son más que simples esclavos. (Mirando a Kalós) Comprenderán, queridos muchachos, que lo que el señor Polyeidos ha querido para ustedes no es la humillación. Por eso mi señor ha ordenado buscarte a pesar de que hubieras decidido huir del Palacio. (Mirando hacia el templo) Él quiere que ustedes se conviertan en grandes hombres, y el que ustedes estén viviendo en el Palacio no es casualidad. Los cinco vienen de diferentes lugares; unos son hijos de granjeros; otros ni siquiera pudieron conocer a su familia; y tú, Kalós, eres el único sobreviviente de la casa real de Éfira. Pero todos ustedes, niños, a pesar de esas diferencias, tendrán la misma oportunidad; la de convertirse en grandiosos guerreros al servicio de mi señor, de esta polis y de la diosa.

Luego de escuchar las palabras de Próetus, los cinco huérfanos fueron llevados por algunos centinelas del templo al interior de éste, dejando atrás a su pedagogo y pedotriba. Ascendieron 20 amplios escalones de piedra y se adentraron en la solemne estructura, adornada con flores blancas y rosadas, con plateados cirios encendidos a plena luz del día, y saturada de un vaho blanco y espeso que no dejaba vislumbrar el fondo del santuario. En las paredes del lugar pudieron observar numerosos y coloridos tejidos con imágenes de la diosa Atenea. En otros había imágenes bordadas de héroes y criaturas que no pudieron reconocer, a excepción de unos cuantos mostrando al inteligente Odiseo, a la Gorgona Medusa y a la desafortunada Aracné.

De entre toda la magnífica decoración del templo, lo que más les llamó la atención a los niños fue un enorme tapiz bordado con la figura de Belerofón y Pegaso bebiendo de un manantial, quizás de alguna de las fuentes de Pirene. Los cinco huérfanos se encontraban admirando el tapiz a la luz de los cirios cuando Polyeidos les habló desde lejos, oculto tras el vapor del templo que como una cortina cubría hasta el último lugar del recinto sagrado.

-POLYEIDOS: Bienvenidos sean, niños, al templo de la diosa Atenea. Es un lugar sagrado en el cual se deben despojar de toda vanidad, arrogancia, de toda hybris, y deben procurar no hacer mucho ruido. Atenea es la diosa de la sabiduría y la filosofía; de los hermosos trabajos bordados y los lienzos tejidos, Atenea Ergane; y del metal del que están hechas las armas y las armaduras, Atenea Promacos. También es la diosa de la guerra y de la paz, pero todo esto ustedes ya lo saben y lo han estudiado día tras día.

Entonces el anciano apareció silenciosamente tras los niños, ataviado con una toga púrpura y dorada y sin bastón. Su expresión era severa, y su presencia solemne, adecuada para el templo y para los rituales religiosos de los que estaba encargado. “Acompáñenme,” les dijo, y los seis, ya sin los centinelas del santuario que los habían escoltado, se dirigieron a través de otras escalinatas a una habitación iluminada por muchos cirios y con una abertura en el techo por donde entraba la luz del sol. En el centro del lugar había un altar de piedra rodeado de numerosas ánforas de barro; y tras el altar se encontraba una hermosa estatua de mármol y oro de la diosa Atenea sobre un pedestal, con un búho sentado en su hombro, y portando su armadura. En su mano derecha llevaba una estatuilla de oro de la diosa de la victoria, Nike, en su izquierda una lanza.

-POLYEIDOS: Éste es el lugar donde elevo mis plegarias a la diosa Atenea. Aquí he pasado la mitad de mi vida llevando a cabo rituales en su nombre como agradecimiento a la paz que reina en esta polis y a la belleza y fertilidad de esta región. (Colocando su mano sobre el hombro de Abel) Sé que la belleza de la escultura de la diosa es para quedarse admirándola por horas, pero a nuestra derecha, allí en ese muro, hay algo que sé que les interesa mucho, y es la razón por la que los he traído a este templo…

Siguiendo las indicaciones de Polyeidos, los niños dirigieron su mirada a la derecha, hacia el muro que le había señalado el anciano. Vieron entonces un cofre cuadrado de bronce sobre una base de piedra, atado a dos columnas por cuatro gruesas cadenas de hierro. Cuando se acercaron más para poder observar mejor los detalles de aquel cofre, descubrieron sorprendidos que el mítico caballo alado con el que soñaban tanto estaba tallado en los lados del arca. “He ahí la armadura de Pegaso,” dijo el anciano a los deslumbrados niños, “resguardada por muchos años en esta ciudad, esperando por un portador digno que la sepa usar sabiamente en nombre de la justica y la paz.”
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Friday, 6 November 2009

XII

XII.
CASTIGO

A la mañana siguiente y el resto de días de esa semana todo el personal de esclavos fue interrogado y reprendido por el iracundo Polyeidos. Enviaron a 15 sirvientes a caballo, entre ellos Próetus, a buscar a Kalós día y noche por toda la región. El entrenamiento, que por un año los huérfanos habían llevado día tras día sin descansar, fue suspendido, y los cuatro niños fueron castigados con una reducción a la mitad de las raciones de comida que recibían. Polyeidos los reunía varias veces al día y los sometía a un duro interrogatorio buscando culpables ante la impotencia que sentía por el escape del huérfano. Ninguno de ellos había visto nunca a Polyeidos tan enfadado, y no comprendían del todo que la fuga de Kalós hubiera causado semejantes estragos en el temperamento del anciano y en las rutinas del Palacio.

Ni Eirene ni sus dos amigos habían dicho una sola palabra a nadie sobre los eventos ocurridos en la noche en que Kalós despareció del Palacio. Temían que el niño nunca fuera encontrado y que la ira de Polyeidos recayera completamente sobre ellos. Además, el abuelo de Eirene se había disgustado tanto que había enfermado y suspendido sus visitas diarias al templo de Atenea, haciendo retumbar todos los rincones del Palacio con su enfado durante la luz del día y lanzando miradas acusadoras a sus huérfanos cada vez que se los encontraba. El remordimiento de consciencia quebraba poco a poco el temor de Abel, y en secreto le había comentado a Beler sus intenciones de revelarle lo ocurrido a Polyeidos.

-BELER: Te lo prohíbo, Abel. Será otro de nuestros secretos. Ni siquiera soy capaz de imaginar que nos podría ocurrir si Polyeidos se enterara de lo ocurrido.

-ABEL: (Mirando al suelo) Sé que no nos va a expulsar del palacio o a vender en el mercado de esclavos… quizás sólo nos dé una tunda.

-BELER: Pero con lo enfadado que está, ¡sería una tunda que nos dejaría lisiados de por vida! Además, ya no nos podríamos encontrar con Eirene para ir a las Fuentes.

-ABEL: De todas maneras la vigilancia del palacio en las noche ha sido aumentada… ya no podremos ir de nuevo.

-BELER: Seguramente si esperamos algunos días encontraremos una forma para ir. Pero por lo pronto guarda nuestro secreto; ¡no se lo digas a nadie! No importa que nosotros tres hubiéramos estado con Kalós cuando huyó del Palacio. El muro del huerto nunca supuso un obstáculo para los demás huérfanos si se hubieran propuesto escapar. Kalós simplemente decidió hacerlo ese día; quizás lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo. No fue nuestra culpa ni fuimos cómplices de su escape.

-ABEL: Pero el señor Polyeidos sabe que hemos hecho algo indebido. Lo sé por la forma recriminadora en que nos mira. No mira así a Delíades y a Ganímedes… sólo a nosotros dos. El ve la culpa en nuestros ojos, pero aun así todos en el Palacio están siendo castigados por igual.

-BELER: (Pensando en la mirada de Polyeidos) Yo también me he dado cuenta de eso, y no entiendo por qué… pero ya verás que con el tiempo se le pasará el enfado.

-ABEL: (Continuando con su preocupación) Y también ha enfermado terriblemente, se la pasa todo el día tosiendo… De verdad me siento muy mal con él. He pensado que lo mejor es que le cuente que yo estuve con Kalós la noche en que escapó del Palacio. Así, ni Eirene ni tú serán castigados y quizás algún día podrán volver juntos a las Fuentes a buscar la lluvia de estrellas…

-BELER: (Enfadado con la resolución de su amigo) ¡Pero qué dices! ¿Por qué siempre quieres cargar con el peso de todos? ¡No seas tonto, Abel! Mejor espera unos días para ver cómo se desarrollan las cosas. Además, no sé por qué hay tanto alboroto con la desaparición de Kalós… ¡ese muchacho era un pesado! Estaremos mucho mejor sin ese engreído en el Palacio; especialmente tú.

Beler, a pesar de lo que le había dicho a Abel, no sabía cómo sentirse con respecto a la fuga de Kalós. Si bien su arrogancia y altanería le molestaban mucho, sus comentarios malintencionados y sarcasmos hacían divertida la instrucción de Próetus y los días nunca eran aburridos. Además había algo en Kalós que Beler admiraba, que era exactamente lo que a Eirene le gustaba del muchacho: Su convencimiento de ser alguien importante y de estar destinado para asuntos superiores a diferencia de las demás personas a su alrededor. Aquella convicción le daba un aura especial a Kalós y credibilidad a sus pedantes comentarios. Su presencia presumida era una luz alegre que Beler extrañaba en el Palacio, en donde entonces se respiraba un aire de amargura y monotonía.

Por su parte, Eirene no sabía qué pensar del chico que tanto le gustaba. No entendía por qué había huido del palacio si su abuelo les ofrecía a los huérfanos una mejor vida que la que llevaba incluso ella, que pasaba todos los días recluida en el Palacio. A veces dejaba volar la imaginación y fantaseaba con que Kalós, hecho un hombre, regresaba sorpresivamente una noche y, en secreto, la raptaba para ir a vivir a un lugar lejos de Grecia y del palacio de su abuelo. A veces, cuando el resto de individuos en el Palacio dormía, también soñaba con los ojos abiertos que, bajando a la cisterna, la estatua con alas de oro en la tumba de su padre comenzaba a parpadear y a hablarle con la voz de Kalós y a mirarla con sus ojos. Pero cuando Eirene despertaba y ponía sus pies en la tierra, recordaba cómo se había negado a ayudarla a escalar el muro y entonces sentía una gran decepción.

Con el pasar de la semana, Polyeidos, con su salud empeorando cada vez más, comenzaba a perder las esperanzas de ver regresar a Kalós al Palacio. Pasaba la mayor parte del día en el mausoleo subterráneo, cabizbajo y sentado sobre el féretro de mármol, mirando la estatuilla alada y reflexionando sobre sus actos y el futuro. En una de esas tardes en la cisterna, mientras Polyeidos se ahogaba en la culpabilidad e impotencia que sentía, Próetus apareció en el Palacio acompañado por dos guardias corpulentos y por Kalós, lleno de moretones y atado apretadamente con sogas. Lo habían encontrado en Ephyra, a punto de ser linchado por la gente del mercado después de haber sido visto robando varias veces y de lastimar a varios ciudadanos por quitarles sus pertenencias.

En frente de todos los habitantes del Palacio, Kalós fue amarrado a una columna en el huerto y golpeado severamente con un palo en la espalda, las piernas y las manos hasta que llegó la noche. Todos observaron en silencio, Abel e Eirene más horrorizados que los demás, cómo Kalós, por órdenes de Polyeidos, era lacerado estrictamente por Próetus como castigo a su grave delito. A pesar de los golpes, nunca abrió la boca para decir palabras ni para gritar. Sólo escupía al suelo y miraba rencorosamente a Polyeidos y a Eirene. Además de la paliza, Polyeidos ordenó que le redujeran drásticamente las raciones de comida y que no recibiera el entrenamiento de Próetus por dos semanas, permaneciendo con los demás esclavos en el Palacio llevando a cabo labores domésticas.

A pesar de que Abel ofreció su ayuda, Polyeidos quiso que fuera Beler quien se quedara aquella noche en el huerto con Kalós lavándole las heridas y ayudándole a comer antes de ir a dormir. Cuando estuvieron solos, bajo la luz de la luna nueva, ninguno de los dos muchachos pronunció palabra. Beler se limitó a acompañar al otro niño mientras éste terminaba de comer con dificultad el mendrugo de pan que le habían dejado como cena. Las heridas más serias que tenía no habían sido causadas por Próetus sino por los furibundos habitantes de Ephyra, que, una vez pudieron atrapar al ladrón, lo habían pateado varias veces en el estómago y le habían dado golpes en la cara, quebrándole varios dientes y dejándole el ojo derecho morado.

Kalós no había terminado de comer su miserable cena, cuando Eirene apareció en el huerto acompañada por dos esclavas. Lentamente se acercó a los dos muchachos y se arrodilló a unos pasos de Kalós, sin llegar a imaginarse el dolor que el niño estaba sintiendo en aquel momento. Miró a también a Beler, sin pronunciar palabra, pero comunicándole con una sonrisa que su amistad estaba a salvo gracias al silencio de Kalós, quien pudo haber mencionado que los tres se estaban encontrando para salir del Palacio e ir a las Fuentes, pero por algún motivo y contra toda predicción no lo había hecho. Eirene estaba allí para intentar agradecer con un gesto la resistencia y el silencio del chico.

-EIRENE: (Tocando con su mano la mejilla de Kalós, sin importarle que allí estuvieran sus esclavas custodias) Gracias, Kalós…

Antes de que Eirene dijera algo más, Kalós escupió sangre y saliva a la cara de Eirene, dejando a la niña, a las esclavas y a Beler atónitos ante lo sucedido. Eirene se paró lentamente, intentándose limpiar el escupitajo de la cara con su vestido blanco. Estuvo al borde de las lágrimas, pero se contuvo y se plantó firmemente para escuchar las palabras del abatido niño.

-KALÓS: (Intentando con dificultad ponerse en pié también) No creas que me he quedado en silencio por ti, pequeña fastidiosa. (Mira fijamente a Eirene) Te odio incluso más que a tu abuelo. No te soporto. No me vuelvas a tocar…
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Sunday, 1 November 2009

XI. Talentos

XI.
TALENTOS


A la mañana siguiente, todo transcurrió normalmente en las Fuentes de Pirene. El sol de verano brilló intensamente sobre las cristalinas aguas y los cinco niños prestaron toda la atención que pudieron a las enseñanzas de Próetus. Escucharon el relato mitológico sobre Perseo y Andrómeda, y sobre la terrible Gorgona; repasaron muchas veces los nombres de algunas estrellas; intentaron mejorar su caligrafía bajo la sombra de los árboles; y hasta tomaron un receso para bañarse y nadar en las frescas aguas de las Fuentes, todos a excepción de Delíades y Ganímedes que le tenían pavor al agua.

-KALÓS: (Flotando en la fuente) ¡No sean cobardes! El agua está deliciosa. ¡Vamos! ¡Gallinas!

-GANíMEDES: (Furioso, al pié de la Fuente) ¡Ven hasta aquí y repite lo que acabas de decir!

-KALÓS: (Nadando lentamente hacia los gemelos) ¿Qué acaso quieren que vaya por ustedes y los traiga a rastras hasta el agua? ¡Vamos, pequeños! Es la época perfecta para que ustedes dos aprendan a nadar.

-DELÍADES: (Retrocediendo dos pasos y arrastrando a su hermano con él, alejándose del borde de la Fuente) No nos fastidies más. Ya todos ustedes saben que no nos gusta nadar. Sigue hablando demás, Kalós, ¡y esta tarde te daré una paliza que no olvidarás jamás!

-KALÓS: (Riendo y regresando a nadar) ¡Gemelos cobardes!

Eirene, custodiada por dos esclavas y bajo la instrucción de un famoso músico en la región, aprendía a tocar la lira en su habitación mientras miraba el brillo del sol a través del balcón y pensaba en sus amigos huérfanos. En ocasiones perdía el control de su imaginación y veía cómo un ave de los colores del arcoíris se posaba en el balcón y le proponía un paseo a las fuentes de Pirene para visitar a los niños; o comenzaba a escuchar los relinchos impacientes y el batir de alas de Pegaso, que la esperaba en el huerto para escapar del Palacio. En los recesos, Eirene a veces salía al balcón, y observando el muro del huerto, recordaba cómo Beler había saltado tan fácilmente con ella a sus espaldas. Y también recordaba el rostro del apuesto Kalós y comenzaba a fantasear con una visita sorpresa del muchacho a su dormitorio en las horas de la noche. Ese día estaba especialmente emocionada por los niños, ya que éstos comenzarían después de la segunda comida la instrucción en el manejo de armas.



Próetus llevó a los niños a una pradera al noroccidente de Pirene, seguido de los dos esclavos más corpulentos del palacio de Polyeidos, y llevando una carretilla halada sin mucho esfuerzo por un borrico. Un par de pastores curiosos y sus rebaños de ovejas se acercaron al lugar para ver qué era lo que ocurría. Descubriendo la carretilla y revelando algunos arcos viejos, saetas de madera y lanzas de bronce amontonadas, Próetus les dio a escoger a los niños la primera arma griega que aprenderían a usar. Los ojos de los niños, a excepción de Abel, brillaron ante los nuevos juguetes que Próetus les enseñaría a usar. Abel sabía que las armas eran usadas para asesinar y lastimar personas, que eran usadas en las guerras que tanto repudiaba. Incluso el sólo pensar en lastimar un animal con alguno de aquellos artefactos lo hacía sentir disgustado.

Eligieron por mayoría, con el pesar de Kalós que siempre optaba por llevarle la contraria a los demás, aprender a usar primero el arco y la flecha. Prefirieron dejar el entrenamiento en la lanza para el próximo mes porque se les pareció a la forma de la jabalina que ya creían dominar completamente. A pesar de lo mucho que querían manipular las armas, Próetus les habló por largas horas sobre los héroes griegos que se habían destacado por el uso del arco y la flecha. También les habló de los dioses gemelos Atemisa y Apolo, quienes usaban esta arma; y de los arqueros Persas, quienes aprovechaban la fuerza de los arqueros más efectivamente que las tropas Griegas. Pronto se les hizo tarde y, sin llegar a tocar las armas ni una sola vez, regresaron decepcionados al gimnasio al interior de la polis para su entrenamiento en la lucha cuerpo a cuerpo y el lanzamiento de disco y jabalina.

Allí, siendo primero ungidos por Próetus con finos aceites, los cinco niños, desnudos, se enfrentaban en combates que eran la sensación de la ciudad. La mayoría de los hombres libres más importantes de Pirene, luego de escuchar las discusiones de los filósofos en el gimnasio, se dirigían a presenciar el espectáculo que los hijos de Polyeidos ofrecían día tras día a sus espectadores. A pesar de que eran niños de seis y siete años, sus cuerpos desarrollados por el arduo entrenamiento aparentaban ser de más edad. Especialmente los gemelos eran dos niños curiosamente corpulentos y a los que no les sobraba una gota de grasa en el cuerpo. Siempre salían victoriosos de los combates, incluso con atletas de muchos años de experiencia. Aquel día no fue la excepción, y Ganímedes, enfrentándose a Kalós y haciéndole pagar su humillación en las Fuentes, enseñó al público sus talentos y dominó al otro niño que, a pesar de ser mayor y más alto, no pudo con la rapidez y las técnicas avanzadas de su contrincante.


Delíades también asombró a los demás atletas derrotando sin dificultad a un hombre de 23 años que tenía fama de ser experimentado en la lucha. El niño se valía de una fuerza enorme, impropia de una persona de su edad, y del entusiasmo que le ponía a los enfrentamientos, los que siempre comenzaba con una amplia sonrisa en su rostro que confundía a sus oponentes y demostraba su seguridad. Ninguno de sus compañeros huérfanos le había ganado hasta entonces. Al único que le costaba trabajo derrotar era su propio hermano, Ganímedes. Cuando ambos se enfrentaban en el gimnasio, terminaban con lesiones serias y huesos fracturados, por lo que Próetus evitaba organizar encuentros entre los dos niños.

Además de la emoción del reto que le significaba el luchar con Ganímedes, Delíades también disfrutaba los encuentros con el silencioso Beler, quien, a pesar de la obvia diferencia de peso y fuerza entre ambos, lo igualaba en entusiasmo a la hora de los enfrentamientos. En ocasiones, Delíades cometía el error de sentir compasión por el tamaño de Beler, y lo pagaba con creces al ver cómo perdía el dominio del combate y era lanzado fuertemente contra el suelo por el mudo, como aun le llamaban. Otro aspecto de Beler que complacía a Delíades era que nunca se daba por vencido, a pesar de encontrarse en las peores situaciones y completamente paralizado por las técnicas de sus oponentes. Lo contrario ocurría con Abel, quien desde el comienzo de los combates, sin importar el contrincante, demostraba una posición evasiva, y no le importaba dejarse derrotar con tal de acabar rápidamente los encuentros.

La personalidad pacífica y pasiva de Abel había hecho que otros atletas en la palestra se alejaran de él. En la polis lo consideraban un niño débil, inferior a sus compañeros en habilidades y actitud. Próetus pensaba que el niño encontraría su camino como un gran astrónomo o un filósofo; pero, a pesar de la sugerencia de Próetus de que Abel no llevara el mismo tipo de entrenamiento que los demás, Polyeidos insistió en que el niño continuara recibiendo la educación en deportes y en armas. Aunque el pequeño rubio no lo decía, la expresión en su rostro comunicaba que no había nacido para luchar como un soldado o para ser un atleta. Siendo Abel el mayor de los huérfanos y el más antiguo de ellos en el Palacio de Polyeidos, Delíades y Ganímedes se comportaban gentilmente con él y lo admiraban por sus conocimientos e inteligencia; pero a pesar de esto, lo evadían y preferían no hablarle. Por su parte, Kalós aprovechaba cada encuentro que tenía con Abel para hacerlo sentir inferior.

A los ojos de los demás, Kalós siempre estaba buscando la forma de humillar a Abel. Sin embargo, en la mente de Kalós, lo que buscaba con sus palabras mordaces y palizas era intentar hacer reaccionar al pasivo niño; buscaba la forma de hacerle recordar que los cinco huérfanos esclavos estaban todos en las mismas condiciones en el Palacio y que debían convertirse en guerreros excepcionales para obtener su libertad. Sin embargo aquella tarde Abel se enfrentó a Beler y no a Kalós, y al tener en mente que su oponente era también su amigo, luchó con más entusiasmo del acostumbrado. A pesar de esto y del ambiente de camaradería del enfrentamiento, fue sometido por Beler con mucha facilidad.

-KALÓS: (Gritándole a Abel desde las graderías al terminar el encuentro) ¡Pero qué decepción! ¡Le has dejado ganar nuevamente! ¡Tendrías que haberlo sujetado con más fuerza hasta hacerlo gritar para que todos se den cuenta que no es mudo!

-PRÓETUS: Ya basta Kalós, ¡déjalo en paz! Tú mismo acabas de perder contra Ganímedes hace un momento.

-KALÓS: (Ignorando las palabras de Próetus) ¡Abel! ¡La próxima vez que me toque enfrentarme a ti te demostraré cómo tendrías que haber sujetado al mudo! ¡Te voy a hacer llorar para que no se te vaya a olvidar cómo es que deberías luchar!

Cuando Próetus y los cinco niños regresaron al Palacio, Eirene los esperaba con una sonrisa desde el balcón de su claustro. Próetus saludó a la niña con la mano, y los otros niños se limitaron a contestarle riendo también, a excepción de Kalós, que siguió derecho y cruzó el jardín para buscar comida en el Palacio. Eirene, un tanto molesta con la actitud de Kalós, regresó a su recámara, pero allí comenzó a bailar sola pensando en lo irreverente y apuesto del muchacho y en lo diferente que era a los demás huérfanos. Bailó por mucho tiempo sin saber que en el segundo día de la próxima semana Kalós estaría presente en el encuentro pactado con Abel y Beler para ir una vez más a las Fuentes de Pirene.

La semana pasó rápidamente sin ninguna sorpresa más que la impresionante destreza y puntería que Beler había demostrado en la nueva instrucción en tiro con arco. Había llegado la hora de la cita entre los tres chicos en el huerto. Como la última vez, Eirene había sido la primera en llegar al lugar del encuentro. Cuando los tres huérfanos aparecieron bajo el umbral que conectaba el huerto con los salones, Eirene quedó petrificada bajo la luz de las estrellas que adornaban la hermosa noche sin luna.

-ABEL: (Dirigiéndose a la sorprendida Eirene) Hemos invitado a Kalós a venir con nosotros; espero que no le incomode, señorita Eirene.

-EIRENE: (Luego de tragar saliva) ¿Por qué has venido, Kalós?

-KALÓS: (Confundido y mirando desconfiado a Beler) Creí que había sido invitado por usted, Eirene.

-BELER: (Dirigiéndose a Eirene) Hemos despertado a Kalós cuando regresamos de las Fuentes hace una semana, y para compensarlo, lo hemos invitado a venir con nosotros.

-KALÓS: Pero eso no fue lo que me dijiste aquella noche, mudo. Me dijiste que ella…

-BELER: (Interrumpiendo a Kalós y avanzando hacia el muro riendo) Bueno, no importa. Ya no recuerdo cómo fueron las cosas. Lo importante es que los cuatro queremos ver la lluvia de estrellas. Deberíamos darnos prisa, tengo muchas ganas de volver a ver el firmamento desde las Fuentes.

Mientras Beler comenzaba a escalar el muro, los otros tres chicos se quedaron confundidos y sin pronunciar palabra. Kalós comprendió entonces que Beler le había mentido aquella noche para evitar problemas; Eirene se sintió tímida ante el chico que tanto le gustaba, y no sabía qué hacer o hacia dónde mirar; y la tensión en el ambiente era percibida por Abel, quien pensaba en cómo hacer de conciliador entre sus tres amigos. El silencio fue interrumpido por Beler, que los llamaba desde arriba del muro.

-BELER: ¿Qué esperan? Hoy presiento que veremos la lluvia de estrellas… ¡o al menos una estrella fugaz!

-KALÓS: (Acercándose al muro) ¿Y nos marcharemos escalando este muro? ¿Y dónde están los guardias de la entrada del Palacio?

-BELER: No sé, dormidos, supongo. La semana pasada tampoco se hicieron presentes. ¿Qué esperas? ¡Vamos, el muro no es tan alto!

Con la misma facilidad con la que Beler había escalado el muro, Kalós se trepó a su lado. Desde allí dio la espalda al Palacio y observó lo amplio del horizonte a través de los techos de la ciudad. Entonces, Eirene y Abel se acercaron al muro también y la niña, dirigiéndose a Kalós tímidamente, pidió su ayuda para ir al otro lado del muro. “Olvídalo, niña. Hazlo por ti misma” le respondió el muchacho, y diciendo esto saltó y cayó en el suelo al otro lado.

-ABEL: (Sonriéndole a la niña) Si quiere, yo la puedo ayudar señorita Eirene.

-EIRENE: (Sintiéndose desilusionada y retada por las palabras groseras de Kalós) ¡No! ¡Quiero que Kalós sea el que me ayude!

-BELER: (Saltando y cayendo sin hacer ruido a un lado de Eirene) ¡Vamos, Eirene! Kalós ya está al otro lado del muro, y creo que sabes cómo es él. Súbete a mi espalda para que podamos ir rápido a las Fuentes.


La irritada niña, apretando los puños, llamó una vez más a Kalós en voz baja y, al no obtener respuesta alguna, aceptó la ayuda de Beler y subió sobre su espalda como lo había hecho días atrás. Abel, preocupado con la idea de ser descubiertos por los otros esclavos a causa del escándalo en el huerto, revisaba una y otra vez con la mirada los balcones y las entradas al Palacio. Mientras tanto, Beler y Eirene escalaron el muro y llegaron al otro lado para descubrir, desconcertados, que Kalós no estaba en los alrededores.
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Wednesday, 28 October 2009

X.
PORTAL AL INFRAMUNDO





Cuando las 18 doncellas vieron el túmulo de joyas que yacía en el centro del hoyo hexagonal comenzaron a hablar entre sí y a murmurar, atraídas por la belleza de los colores de las piedras preciosas y los brillantes metales. “Adelante, mis valiosas doncellas. Vuestra juventud y pureza os serán recompensadas con mucho más que los tesoros que tenéis en frente,” les habló la mujer coronada desde el altar de piedra a las sorprendidas jovencitas. “¡Hacedlas pasar al hexágono!” les ordenó a los sombríos custodios, quienes comenzaron a forzar a las doncellas a saltar al hoyo de seis puntas ubicado en el centro de la caverna.

Las niñas comenzaron a distribuirse alrededor del hexágono, unas inquietas mirando hacia el techo de tierra oscura o hacia la mujer que las miraba desde arriba, y otras atrapadas por la belleza de las joyas y metales que tenían al alcance de sus manos. Los seis individuos encapuchados se pararon cada uno en la mitad de cada lado del hexágono sin descender al nivel de las doncellas, que ya comenzaban a repartirse las joyas del montículo.

El joven al lado de la mujer miraba la escena sin saber muy bien qué esperar de ella. Era un simple espectador pasivo que no podía intervenir y que estaba condenado a presenciar lo que fuera que allí ocurriese sin poder protestar u opinar. Desde el lugar donde se encontraba pudo ver como algunas de las niñas comenzaban a taparse la nariz al igual que él lo había hecho cuando había entrado a la caverna. Muchas de ellas habían abandonado ya las joyas y comenzaban a quejarse por la pesadez del aire, intentando en vano buscar con la mirada una salida del hexágono. La figura imponente y pavorosa de los guardias les infundía tal miedo que no se atrevían siquiera a intentar escalar el hoyo en que se encontraban.

De repente, muchas comenzaron a caer al suelo desmayadas ante los gritos de horror de las demás. Pedían a sus custodios en los idiomas de sus ciudades natales que las dejaran salir de allí, que se estaban ahogando, que tuvieran compasión de ellas; pero éstos, como estatuas, no se movieron de su lugar ni cambiaron de posición. “No os preocupéis, queridas mías, pues pronto estaréis bailando y cantando en los campos Elíseos”, les dijo desde su altar la mujer de corona de hierro, y el adolescente que la acompañaba pudo ver aterrado cómo las 18 doncellas caían tendidas al suelo, con las joyas esparcidas por doquier dentro del hexágono. Entonces, uno de los tres encapuchados gigantes habló con una voz de ultratumba, que no era de hombre ni de mujer pero que resonó en todo el recinto.

-ESTRELLA INFERNAL: Las 18 vírgenes han caído bajo el poder del dios Hipnos y los hálitos del averno. Es hora de la circunvalación.

-REINA DE HIERRO: (Alzando los brazos) ¡Ah, estrellas infernales! Esbirros de las Erinias y los más leales guerreros de Hades; a partir de esta noche el mundo de los humanos será el terreno dónde vosotros probareis vuestra fidelidad al dios del inframundo. Con el poder que me ha sido cedido por la Doncella, la Reina de los Muertos, convocaré vuestros surplices y os permitiré elegir un cuerpo terrenal que hospede vuestras almas. ¡Oh, guardianes del Tártaro! El rugido del volcán que yace sobre nosotros será la trompeta que anuncie vuestra llegada a Gea.

La mujer en el altar no había acabado de pronunciar sus palabras rituales cuando los seis encapuchados ya habían comenzado a circunvalar lentamente el hexágono dónde yacían las inconscientes niñas. Sus túnicas negras flotaban en el aire y sus sombríos rostros siempre estaban dirigidos hacia el orificio que había en el centro del techo. El adolescente en el altar, atónito ante la ceremonia que se llevaba a cabo en aquel lugar subterráneo, se limitaba a mirar a los seis individuos rodeando al grupo de doncellas, y al rostro complacido de la mujer que lo había traído allí.

-REINA DE HIERRO: (Dirigiéndose a su joven acompañante con un semblante tranquilo) No te quedes ahí pasmado. Es un gran privilegio el que puedas observar este ritual. Considérate afortunado, si por mi fuera te entregaría a la tortura sin fin de las Erinias por el gran pecado que has cometido. ¡Anda! No me mires así y tráeme la primera ánfora.

Señalándola, la mujer le indicó al joven cuál ánfora requería. Una vez la tuvo en sus manos, se dirigió a la antorcha con forma de cáliz en el centro del altar, y vertió agua sobre ella sin apagar la llama, diciendo: “A ti, oh Poseidón, dios de los Mares y padre de las criaturas magníficas que en ellos habitan; gloria del pasado sellada por la diosa de los humanos.” Sin dejar aquel lugar, le ordenó al joven que le trajera el siguiente cántaro, esta vez derramando vino tinto sobre la antorcha y extinguiendo la llama. Mientras el vino se mezclaba poco a poco con el agua, el humo de la antorcha extinguida ascendía y se esfumaba por el orificio en el centro del techo de la bóveda. “A vosotros, oh deidades celestes, en caso de que vuestras miradas descubran lo que hoy acontece en este templo subterráneo a pesar del tapiz de humo que se cierne sobre esta región.”

A continuación la Reina de Hierro se paró al borde del altar, y tomando la siguiente vasija, derramó el aceite que había en ella sobre el suelo de aquel lugar, a unos pocos metros del hexágono. Luego derramó miel y leche de otras dos ánforas y sobre el mismo lugar, dedicando las tres libaciones a Perséfone, Tánatos e Hipnos respectivamente, e invocando el poder de estas tres deidades del averno. Mientras los seis individuos sombríos continuaban con la circunvalación, la mujer desde el altar tomó el último cántaro y, pronunciando palabras en una lengua desconocida y con una voz que no era propia sino de decenas de doncellas, dejó derramar sangre sobre el charco de aceite, miel y leche que se había formado en el suelo.

El perturbado adolescente no sabía si la tierra se sacudía en aquel instante o si eran sus rodillas las que temblaban del miedo al escuchar las palabras que salían de la boca de aquella mujer. No pudo comprender la lengua en la que hablaba, pero extrañamente sabía que los últimos rezos y la sangre vertida sobre la tierra iban dirigidos al dios Hades. Hubiera querido salir corriendo de aquel lugar, pero su cuerpo no le respondía a causa del miedo y las fuerzas invisibles que lo habían obligado a acompañar a la sacerdotisa con corona de hierro hasta aquel lugar.

El abundante fluido espeso formado por la mezcla de los cuatro líquidos de los últimos cántaros comenzó a recorrer el suelo lentamente hasta llegar al hexágono y verterse sobre él. Súbitamente, las antorchas de madera que iluminaban el lugar disminuyeron la intensidad de sus llamas hasta extinguirse completamente y sumir el lugar en la más profunda penumbra. Sólo se escuchaban las capas de los sombríos guardianes azotadas por un viento helado que había comenzado a recorrer la caverna. Los seis guardianes, la Reina de Hierro y su atemorizado acompañante vieron entonces cómo una tenue luz roja comenzaba a dibujar simétricamente una estrella de seis puntas en la oscuridad en el lugar donde debía estar cavado el hexágono. La luz a su vez se reflejaba en las piedras preciosas esparcidas en el suelo, dejando vislumbrar al adolescente lo que parecían ser innumerables serpientes enroscándose en los cuerpos inmóviles de las niñas y un líquido oscuro que comenzaba a inundar el lugar donde éstas se encontraban. Si hubiera tenido el comando de su voz, arrebatada por la sacerdotisa, habría gritado tan fuerte que ninguno de los presentes en aquel recinto subterráneo hubiera escuchado la explosión que estaba a punto de ocurrir en la superficie.




Los habitantes del pequeño poblado que se encontraba arriba del templo subterráneo se despertaron por el sonido de erupción del Monte Quimera. Alcanzando a penas a levantarse de sus lechos, murieron todos calcinados por el mar hirviente de ceniza y gases espesos que inundó al pueblo. Inmediatamente cayeron del cielo gigantes rocas ígneas que destruyeron algunas construcciones, y un humeante mar de peñascos derretidos arrasó con las casas que aun quedaban en pié y con las estatuas de ceniza en sus interiores. El rugido del volcán y el terremoto que generó la erupción hicieron que la sacerdotisa y su acompañante se tambalearan sobre el altar donde se encontraban. Recuperando su equilibrio, ambos pudieron ver como un hilo de lava resplandeciente fluía a través del agujero en el techo y se vertía sobre el montículo de joyas y metales en el centro del la estrella de seis puntas.


Por efecto de las rocas incandescentes que se filtraban por el orificio en el techo de tierra, el recinto había sido totalmente iluminado una vez más. La piscina de lava, haciéndose cada vez más profunda, había ocultado los trazos de luz roja que formaron anteriormente el hexagrama y derretía poco a poco todo lo que estaba sumergido en ella: las joyas, los metales, las serpientes, el líquido negro, y los cuerpos de las vírgenes. Los temblores del suelo no habían cesado, pero a pesar de eso, los seis encapuchados continuaban con la circunvalación del hexágono sin alterarse por la reciente transformación del escenario donde se encontraban. Entonces, seis figuras oscuras sin forma definida comenzaron a emerger lentamente de la lava, y ante la aparición, los seis individuos se detuvieron cada uno a un lado del margen del hexágono.

Tomando al joven de la mano para que la acompañara, la Reina de Hierro bajó los escalones y se dirigió cerca de la sopa de lava en el momento en que el temblor de la tierra había concluido. Sin soltar la mano del muchacho, se dirigió a los otros seis individuos en el recinto: “Ahora que vuestras vestimentas han sido enviadas desde el inframundo, vuestras almas podrán descansar y sentirse completas. Sin embargo aun necesitan de algunos años para fortalecerse e impregnarse del poder que hoy ha sido invocado en este templo. En este mismo momento habéis de dirigiros a la superficie para encontrar las vasijas humanas más adecuadas para vuestras almas. Recordad que en poco tiempo tendréis que estar listos para recibir a nuestro Señor en este lugar tan infestado de humanos.”

Los surplices, el nombre que recibían las seis armaduras oscuras que yacían en el pozo infernal, comenzaban a tomar formas diferentes nutriéndose de los minerales y el calor del averno. “Vosotros seis seréis la vanguardia del ejército de Hades. Seréis los que precedan el nacimiento de nuestro Señor y la llegada de sus 108 estrellas a este mundo. Tú, Estrella Infernal de la Prudencia, Espectro de Leviatán, ¡abandona las puertas del Tártaro y busca tu morada en la masa humana!” Mientras la mujer decía estas palabras, uno de los individuos encapuchados pareció desvanecerse en forma de humo. La túnica oscura que lo había cubierto hasta ahora quedó vacía sobre el suelo mientras el vapor negro ascendía por el mismo agujero por donde la lava se había filtrado anteriormente.

El joven no sabía a dónde debía mirar, si a los surplices emergentes de la burbujeante lava o a las almas en forma de sombra que ascendían por el centro del recinto dejando atrás sus togas vacías. La mujer continúo nombrando a cada uno de los cinco espectros restantes y con cada nombre, una sombra se esfumaba de la caverna buscando una salida hacia la superficie. El adolescente grabó muy bien en su mente los nombres de los espectros pronunciados por la sacerdotisa: “Estrella Infernal de la Constancia, Espectro de Manticora; Estrella Infernal de la Voluntad, Espectro de Rukh; Estrella Infernal de la Clemencia, Espectro de Súcubo; Estrella Infernal del Autocontrol, Espectro de Salamandra; y Estrella Infernal de la Templanza, Espectro de Quimera.”

Las seis almas sombrías del inframundo se dispersaron al este, al oeste, al norte y al sur del Monte Quimera y encontraron a sus huéspedes humanos antes que la luz del sol brillara en el nuevo día. Sin embargo la región de Lycia no pudo ver la luz del sol en muchos días a causa de la cortina de humo proveniente de la erupción del volcán. En los alrededores del Monte Quimera el paisaje era siniestro: incendios por doquier, nubes de gases venenosos agitándose en la superficie y ningún humano o animal con vida en los alrededores. El poblado al pié del monte había desaparecido por completo. En el templo subterráneo permanecían en silencio la mujer y el joven tomados de la mano, observando los seis surplices que se cocinaban en el pozo de lava hexagonal, adquiriendo formas de seres abominables y bestiales. Las brillantes cadenas que cubrían el brazo izquierdo de la mujer se extendieron y comenzaron a ceñir la mano y el brazo derecho del adolescente como serpientes plateadas, mientras que ella rompía el silencio con sus palabras.

-REINA DE HIERRO: 6 de las 18 Estrellas Infernales ahora están sobrevolando Gea, abandonando la vigilancia de las puertas del Tártaro. Es un colosal riesgo, un gran sacrificio el que hemos tenido que realizar por el craso error de los humanos en que ingenuamente yo había confiado. Traer las seis estrellas infernales hasta este lugar ha sido una encomienda ardua, pero ingresar a Erebo es mucho más fácil que salir de él. (Apretando fuertemente la mano encadenada del joven y mirándolo a los ojos) Por eso prepárate, pecador, porque en este mismo momento nos dirigimos a su espléndido reino, a su trono de ébano. Tendrás que rendir cuentas ante Él por la grave falta que has cometido…


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Wednesday, 21 October 2009

IX: Tres huérfanos

IX.
TRES HUÉRFANOS



Ante los ojos llorosos y las palabras de Eirene, Abel y Beler se quedaron en silencio. El único sonido que se escuchaba en aquella bóveda eran las gotas de agua que caían desde el techo sobre la superficie acuática. Eirene miraba fijamente a Beler, con sus sentimientos al descubierto y sintiéndose humillada por un esclavo ante la figura esculpida del padre que nunca había conocido. La tensión del momento fue rota por las palabras conciliadoras de Abel.

-ABEL: Disculpe a Beler, señorita Eirene. Estoy seguro que sus intenciones no eran malas. Usted sabe que apenas ha comenzado a hablar, y bueno, a veces no sabe lo que dice. Además no sabíamos que este lugar era también un sepulcro y que aquí se encontraba sepultado su padre. Por favor discúlpelo.

-EIRENE: (Aun mirando a Beler muy enojada) Más te vale que cuides la forma en que me hablas, niño. Recuerda que sólo eres un esclavo en este palacio, y que incluso soy mayor que tú, así sea sólo por un año.

Beler, aun con la inútil antorcha en su mano izquierda, no supo cómo responder o qué agregar para enmendar el error que aparentemente había cometido con la nieta de Polyeidos. Era un niño espontáneo, que a diferencia de Abel, no preveía las consecuencias de sus impulsos y no entendía completamente la posición que tenía como esclavo en el palacio. Sin embargo, las escasas lágrimas que por su culpa desbordaban los ojos de la niña, hicieron que a Beler lo invadiera una sensación de arrepentimiento y se le dificultara mirarla directamente a los ojos. Eirene entonces lo liberó de su mirada recriminadora, y se volteó hacia la tumba de su padre, observando fijamente hermosa la escultura del hombre alado, con una expresión melancólica en su rostro.

-EIRENE: Así como ustedes, yo también soy una huérfana. Ésta es la tumba de mi papá, a quien nunca conocí. Y mi madre, la hija de mi abuelito, está sepultada al norte de la ciudad. El tercer día de cada semana voy con mi abuelo a visitarla y a adornar su sepultura con flores. Tampoco pude conocer a mi madre, quien murió pocos días después de mi nacimiento.

-ABEL: (Luego de una larga pausa en la que meditó sobre las revelaciones del momento) Pero ¿por qué la sepultura de su padre está en este lugar, tan lejos de la su madre, señorita Eirene?

-EIRENE (Aun mirando la escultura) Eso ha sido decisión de mi abuelito. Mi padre fue un hombre excepcional que él admiró y respetó mucho; y que, como mi abuelo, dedicó su vida al servicio de la diosa Atenea. (Luego de una pausa) Bueno, he cumplido mi promesa de enseñarles la habitación secreta más hermosa del palacio. Ya podemos regresar a dormir.

Luego de estas palabras, Eirene se dio vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada del mausoleo cisterna con la falda recogida sobre sus rodillas. Beler y Abel la siguieron, dejando atrás al petrificado hombre alado; Beler cabizbajo y pensativo, olvidando los tesoros que abundaban en aquel bello lugar y balanceando la antorcha que llevaba en su mano, y Abel divisando por entre las columnas de mármol una pequeña reja de hierro que parecía conectar la cisterna con otro pasillo.

-ABEL: Señorita Eirene, ¿puedo preguntarle hacia dónde lleva aquel túnel, el de la derecha?

-EIRENE: (Sin dejar de avanzar) Si te vas por ese pasadizo llegarás eventualmente al templo de Atenea en la superficie. Mi abuelo lo usa casi todos los días para regresar al palacio. (Subiendo el par de peldaños de piedra por dónde habían entrado minutos atrás) Beler, ve tú de primero. Necesitamos la luz de la antorcha para poder subir al palacio sin tropezar.

Los tres niños regresaron a la superficie por la escalera en forma de caracol por dónde habían bajado a la cisterna. Una vez estuvieron en el huerto, Eirene encadenó la puerta y aseguró el candado de León después de que Abel la había cerrado. El cielo nocturno, aunque aun exponiendo algunas estrellas, había comenzado a cubrirse de nubes oscuras, y el sonido del viento, impropio de las noches de verano en Pirene, silbaba agudamente por entre los caminos de la polis, inquietando a los niños.

-ABEL: (Mirando a las nubes) Hace poco, antes de que bajara por ustedes, el cielo estaba igual de hermoso que ayer cuando estuvimos en las fuentes mirando las estrellas. Qué raro ver el cielo así en verano.

-EIRENE: Tienes razón. ¡Qué diferencia! Y el viento está helado. Ayer todo era perfecto, la noche, el clima y las estrellas. Ha sido la noche más bonita que he presenciado en mi vida. (Mientras miraba a Beler, quien se disponía a regresar la antorcha a su sitio) Oye Beler, qué te parece si la próxima semana regresamos los tres a las fuentes… Si me vuelves a llevar a tus espaldas te perdonaré por haberte burlado de mí.

Beler no supo qué responder y se quedó mirando a la pequeña Eirene, quien luego de decir sus palabras le sonrió. Sin decir nada, Beler también le sonrió tímidamente y luego miró al cielo. Pensaba en la noche que ayer habían pasado los tres en las fuentes de Pirene bajo miles de astros brillantes; en la noche de hoy y el recorrido por el luminoso mausoleo acuático bajo tierra del palacio; y en el día de mañana, dónde comenzaría la importante instrucción en armas de guerra a cargo de Próetus y algunos guerreros experimentados de la ciudad.

-ABEL: (En desacuerdo con la propuesta de la niña) Pero señorita Eirene, ya hemos ido ayer a las fuentes… ¿por qué quiere regresar?

-EIRENE: Te olvidas que no hemos visto aun la lluvia de estrellas. Y no hagas esa cara… parece que no hubieras disfrutado de la noche de ayer como lo hicimos nosotros dos. A ti es al que más le gusta observar estrellas, ¿no?

Fue así que, a pesar de la oposición de Abel, quedaron de reunirse los tres nuevamente a la semana siguiente para visitar las fuentes de Pirene en busca de la lluvia de estrellas con la que Eirene soñaba a menudo. Ella se aseguró que la puerta que conducía a las escaleras de caracol estuviera bien cerrada, y luego se dirigió a su dormitorio en el segundo nivel del palacio, cerca a la recámara de Polyeidos, con el estuche de madera y el pañuelo azul es sus manos. Los dos chicos también regresaron a su dormitorio silenciosamente, pero cuando se disponían a dormir, escucharon inesperadamente la voz de Kalós que les habló desde la oscuridad de la habitación.

-KALÓS: Ésta es la segunda vez que se ausentan por tanto tiempo del cuarto… ¿qué estaban haciendo?

-ABEL: (Casi susurrando) Por favor baja la voz, no sea que los gemelos se despierten.

-KALÓS: (Parándose de su lecho) Esos dos duermen como rocas, ni siquiera un temblor de tierra los despertaría. Más les vale que me respondan, ¿dónde estaban?

-ABEL: Sólo estábamos tomando aire fresco en el huerto.

-KALÓS: Aire fresco en el huerto… Si no me dicen la verdad mañana le contaré a Próetus que se están viendo secretamente con la pequeña fastidiosa en las noches.

-ABEL: (Alarmado por las palabras de Kalós) ¡Eso no es verdad! ¿Por qué piensas eso?

-KALÓS: Si insistes en mentirme verás de las cosas que soy capaz, Abel. Ayer, como tantas noches, me he despertado con los gritos del mudo, y cuando ustedes dos salieron del dormitorio los he seguido a ambos. Los he visto reunirse con la nieta de Polyeidos en el huerto. También sé que has vuelto a hablar, mudo, así que tú también puedes decirme qué estaban haciendo hoy.

Beler pensó en las palabras de Eirene y decidió que no era conveniente contar lo del mausoleo subterráneo lleno de tesoros, y como Kalós al parecer no había visto el momento en que ayer habían saltado el muro e ido a las fuentes de Pirene, decidió que eso era lo más conveniente para revelarle.

-BELER: Hemos ido con Eirene a las fuentes de Pirene, pues ella quería ver la lluvia de estrellas de las que tanto hablan Próetus y el señor Polyeidos. Hoy, ella misma, me ha pedido que te invitara para el próximo encuentro, que será la semana siguiente. ¿Vendrás con nosotros?

Kalós, sin poder ver la expresión en el rostro de Beler, se quedó pensando ante las palabras del huérfano. Ni Beler ni Abel pudieron ver tampoco su pícara mirada ni su amplia sonrisa. Kalós se dirigió entonces a ciegas hacia el lecho de Beler y, tanteando, le puso una mano sobre la cabeza.

-KALÓS: ¿Estás seguro que me estás diciendo la verdad, pequeño mudo? Si llego a descubrir que me estás mintiendo te daré una paliza que nunca olvidarás y haré que el viejo los expulse a ambos del palacio.

-BELER: No me importan tus amenazas ni te tengo miedo, pero tampoco te estoy mintiendo. El segundo día de la próxima semana lo comprobarás. (Quitando la mano de Kalós sobre su cabeza) Ahora déjanos dormir que mañana será un día interesante y no quiero sentirme cansado.

-KALÓS: (volviendo a su lecho) ¡Ay de los dos donde me estén mintiendo!

Los tres pasaron aquella noche sin poder dormir, pensando en las experiencias vividas y en los peligros y las aventuras que los siguientes días les traerían, sin saber de los catastróficos sucesos que al mismo tiempo ocurrían en otra parte de Gea, más allá del mar Egeo en la región de Lycia de Asia Menor. Al igual que los habitantes de Pirene, los habitantes de un pequeño poblado al sur de Phaselis dormían tranquilamente sin darse cuenta del estremecimiento de los animales y del aire de la región. Las aves, los animales de las granjas y los perros comenzaron a huir de la aldea despavoridamente y en bandadas, presintiendo el mal que se cocinaba en el Monte Quimera. Alrededor de esta enorme chimenea de roca y tierra, el cielo se había cubierto por una gruesa cortina de humo y ceniza que ocultaba los astros y sumía en la oscuridad a toda la región de Lycia.


Allí, muchos metros bajo tierra, una joven mujer, ataviada por un largo vestido azul oscuro y púrpura, entraba en una bóveda igual de espaciosa que aquella que había bajo el Palacio de Polyeidos en Pirene. Era una dama alta de cabello negro brillante, atado por una enorme corona negra de hierro con incrustaciones de rubíes y ágatas. Sus blancos brazos también estaban cubiertos por cadenas plateadas con gemas rojas, berilios y amatistas. La caverna circular que tenía en frente estaba iluminada por numerosas antorchas de madera encendidas, dispuestas en el muro de piedra. En el centro de la habitación había un hoyo hexagonal no muy profundo cavado en la tierra de forma muy simétrica, y al centro del hexágono había un túmulo de joyas de muchos colores y otros metales raros de formas variadas. Sobre el montículo de joyas y metales había un agujero en el techo de tierra que muchos metros arriba llevaba a la superficie, justo al centro del poblado que se encontraba al pié del Monte Quimera.

La mujer, que supervisaba con la mirada que todo estuviera en orden, venía acompañada a su derecha por un joven de 15 años y cabello oscuro, que, tapándose la nariz al sentir lo viciado del aire de aquella habitación, seguía a la doncella arrastrado como por fuerzas invisibles. La mujer, luego de observar minuciosamente el tenebroso lugar, volvió su cara al joven, y, sonriendo, le tomó la mano izquierda. “Ven, dirijámonos al altar, no sea que caigas paralizado por los gases del averno,” y diciendo esto, ambos se dirigieron a su izquierda y ascendieron 36 escalones de piedra oscura hasta llegar a un altar circular del mismo material, con una pequeña antorcha encendida en forma de copa en el centro, y rodeado por 6 cántaros de barro y oro. Desde este lugar, ambos tenían una visión privilegiada de todo el recinto.

“¡Mira! Ya llegan las vírgenes,” le dijo la mujer al joven, señalándole con la mano el umbral por donde comenzaban a entrar varias filas de silenciosas niñas que no sobrepasaban los 15 años, todas vestidas de blanco. En total, entraron 18 niñas en aquella caverna, custodiadas por seis individuos totalmente cubiertos por túnicas negras y grises, tres de ellos de estatura media, y los otros tres con tamaños desproporcionados; una de ellos casi un gigante. La mujer, complacida con la llegada de las vírgenes y sus guardianes y sin dejar de observar el panorama de la caverna desde el altar, le murmuró a su joven acompañante: “Todo está preparado para la expiación de tu pecado y enmendar el monumental fracaso del fratricida. Ahora tus ojos humanos verán cómo la primera y más temible legión de Erebo se yergue para preparar la llegada de nuestro señor a la tierra que caminan los mortales…”


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Sunday, 18 October 2009

VIII: Alas doradas

PRIMERA PARTE: EL NACIMIENTO DE UN GUERRERO

VIII.
ALAS DORADAS



Agua, mármol, piedra, oro y luz se mezclaron como pinturas en un lienzo para formar un espectáculo que ni el más sensible de los poetas de Pirene hubiera podido describir. En simples palabras, era una bóveda cuadrada y luminosa, inundada a flor de tierra, que abarcaba el mismo terreno que el palacio bajo el cual se hallaba, y cuyo tamaño parecía ser mayor por el reflejo de su cúpula en el agua. De la superficie acuática sobresalían altas y gruesas columnas de mármol y piedra, de diferentes tonos verdes adquiridos quizás por la humedad del lugar, y bajo el agua estática se podían observar monedas de oro y plata, y otros objetos brillantes. Pero lo que más llamó la atención de Beler en aquel lugar majestuoso fue la luz dorada que, reflejada en las monedas y el agua, inundaba toda la cisterna y le hicieron olvidar que se encontraban a altas horas de la noche.

-BELER: (Aun sin salir de su asombro) ¿Qué es esto, Eirene? ¿Dónde nos encontramos?

-EIRENE: (Recogiéndose la falda con las manos y bajando un par de escalones para introducir sus pies en el agua) Ya Abel lo dijo arriba; estamos en la cisterna del palacio.

-BELER: Pero… ¿Y esas monedas? ¿Y esa luz? ¿De dónde viene esa luz? No veo ninguna antorcha ¡y este lugar está completamente iluminado!

-EIRENE: (Ya en el agua y volteándose hacia Beler para mirarlo a los ojos y sonreír) Valió la pena haber bajado conmigo a este lugar ¿cierto? Aquí, mi abuelo ha depositado los tesoros que ha heredado de su familia y regalos valiosos que le han hecho hombres nobles de Tebas, Atenas y Lacedemonia. (Dándose la vuelta y avanzando por el camino acuático) Ahora ven, los tesoros de la cisterna no es lo único interesante que quería mostrarte.

Entonces, para no quedarse atrás, Beler se introdujo hasta las rodillas en el agua de la habitación, y sintió una extraña calidez que acariciaba sus piernas mientras avanzaba hacia Eirene. Incluso el suelo de piedra que recorría con sus pies desnudos estaba tibio. Mientras caminaba tras la doncella del palacio por entre las filas de columnas hermosamente esculpidas, Beler no sabía si mirar a lo alto de la imponente y goteante cúpula, o hacia el fulgor del agua y los tesoros dispersados en el fondo de ella. Se acordó que llevaba una antorcha encendida en la mano, y pensó en lo inútil de su luz comparada con la luminosidad de aquella habitación. Y también recordó lo mucho que siempre había querido entrar al templo de Atenea desde que llegó a Pirene a pesar de ser un esclavo. Pero ahora tenía la oportunidad de recorrer un lugar quizá más solemne y esplendoroso que el mismo templo de la diosa de la sabiduría y la guerra.

-BELER: (Apartándose un poco del camino que estaba siguiendo para buscar el origen de la luz) ¡Oye, Eirene! Aun no me dices de dónde proviene toda esta luz dorada.

-EIRENE: (Dándose la vuelta hacia Beler) ¡Ten cuidado! A los lados el agua es más profunda y si pisas donde no debes podrías ahogarte.

-BELER: (Palpando las columnas) No te preocupes, Próetus nos ha enseñado a nadar en las fuentes. Los únicos que no han podido aprender son los gemelos. En la natación es en lo único que les podemos ganar.

-EIRENE: (Acercándose a Beler) ¿Y cómo le va a Kalós en natación?

-BELER: (Observando el interés en los ojos de Eirene) No lo hace mal. Es un buen nadador, al menos mejor que Delíades y Ganímedes.

-EIRENE: (Mirando hacia el suelo acuático, algo apenada y pensando en Kalós) ¿Alguna vez me enseñarías a nadar?

-BELER: (Extrañado con la pregunta) ¿Qué? ¿Quieres aprender a nadar?

-EIRENE: (Pensativa) Sí, nadie me ha enseñado… ya sabes que me la paso todos los días en el palacio leyendo libros aburridos, y aprendiendo a tocar el arpa y a tejer. Entonces qué dices, ¿me enseñarías a nadar?

-BELER: (Pensando en que sería divertido pero que no habría oportunidad para que la instrucción se pudiera llevar a cabo) No creo que a tu abuelo le agrade mucho la idea… quizá cuando estemos más grandes y yo ya no sea un esclavo. (Luego de una pausa) Recuerda que aun no me respondes de dónde viene la luz de este estanque.

-EIRENE: (Algo decepcionada con la respuesta, pensando en lo sola que se sentiría cuando los huérfanos dejaran la casa para ser hombres libres) No sé. Siempre hay luz en este lugar, y el agua siempre está calentita. Deben ser algunas rocas especiales en el suelo, pero no estoy segura.


Ambos prosiguieron su camino bajo el techo goteante, Eirene un tanto cabizbaja pensando en su futuro y en el de sus amigos huérfanos, y Beler aun boquiabierto por la revelación del magnífico lugar. Con cada paso que daba aumentaba su asombro al pensar que tan hermoso lugar había yacido siempre bajo sus pies desde que llegó al palacio de Polyeidos. Mientras observaba algunos tesoros brillantes bajo el agua, vio que algo se escabulló entre ellos y los hizo cambiar de posición.

-BELER: (Deteniendo su paso) ¿Qué fue eso? Algo se movió bajo el agua.

-EIRENE: (Dándose la vuelta hacia Beler nuevamente) No te alarmes; sólo son pececitos de agua dulce.

-BELER: ¿Peces? ¿Y qué hacen aquí? ¿Cómo llegaron a la cisterna?

-EIRENE: Mi abuelo los ha traído desde las fuentes de Pirene. Yo a veces bajo desde la recámara de mi abuelito y los alimento. (Inclinándose y tomando un poco de agua con una de sus manos, viendo como se desliza entre sus dedos) Y no sólo los peces son traídos desde las fuentes; el agua también. Quizás por eso es tan cálida… esta agua ha sido testigo de lluvias de estrellas en el pasado. (Mirando a Beler fijamente) Tenemos que regresar a las fuentes la próxima semana. ¡Aun no hemos visto la lluvia de estrellas!

Eirene no había acabado de pronunciar su última frase, cuando Beler se percató del brillo dorado de un objeto que no se distinguía bien unos metros más delante. De lejos parecía la escultura de oro de un ave gigante; mas cuando Beler se acercó un poco más, pudo ver que se trataba de la figura de un hombre desnudo con alas. El cuerpo estaba esculpido en mármol y piedra caliza, y las alas, extendidas a los lados, parecían hechas de oro. La efigie alada estaba sentada sobre un cofre rectangular gris y blanco que sobresalía del agua luminosa. El cofre estaba finamente tallado en mármol y piedra, y en todos sus lados tenía esculpidas figuras de la diosa Atenea. Eirene, salpicando su vestido con sus afanados pasos para alcanzar a Beler, estaba deseosa de ver la expresión de sorpresa en la cara del niño parado en frente de la escultura.


-EIRENE: (Mirando también la estatua sobre el cofre) Y bien, ¿qué te parece?

-BELER: (Sintiéndose él mismo una estatua ante la belleza de la escultura que tenía al frente) ¿Quién es ése?

-ABEL: (Apareciendo silenciosamente unos cuantos pasos atrás entre las aguas) Parece ser el dios del amor.

-BELER: (Dándose la vuelta para ver al niño) ¡Abel! ¡No te sentí llegar!

-ABEL: (Posando una mano sobre el hombro de Beler) Es que como demoraban tanto quise venir a asegurarme de que no les hubiera ocurrido nada malo. (Mirando a ambos niños) Ya hemos visto la habitación secreta que Eirene nos prometió y ha sido suficiente de aventuras por hoy. Creo que ya es hora de regresar a los dormitorios; mañana nos espera un día difícil.

-BELER: (mirando nuevamente la escultura) ¡Pero mira! Todo este lugar maravilloso ha estado siempre bajo nuestros pies sin que supiéramos de él.

-EIRENE: ¡Y debe seguir secreto para los demás! Mi abuelito no se puede enterar que los he traído aquí. Será nuestro gran secreto.

-BELER: (Burlándose) ¿Ni siquiera le podemos contar a Kalós?

-EIRENE: (enojada) ¡No! Sólo los he traído aquí porque ayer me llevaron con ustedes a las afueras de Pirene.

-BELER: (mirando de reojo a Abel, con una sonrisa burlona) ¿Y no piensas traer a Kalós aquí, frente al dios del amor?

-EIRENE: ¡¿Te estás burlando de mí?!

-BELER: (Aun sonriendo) No me burlo de ti… pero como creía que estabas enamorada de Kalós, pensé que sería una buena idea que lo trajeras frente al dios del amor para que le lanzara una flecha y así lograras que él también se enamorara de ti.


-EIRENE: (Sonrojada y ofendida, al punto de las lágrimas) ¡Insolente! ¡Cómo te atreves a decirme eso! Y además, éste no es Eros. Ésta es una estatua de mi papá. Y ese cofre que ven ahí es su féretro. ¡Ésta bóveda es un mausoleo! ¡¿Cómo te atreves a burlarte de mí en frente de la tumba de mi papá?!




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Thursday, 15 October 2009

VII: DESCENSO A LA CISTERNA

PRIMERA PARTE: EL NACIMIENTO DE UN GUERRERO

VII.

DESCENSO A LA CISTERNA



A pesar de que no lograron presenciar una lluvia de estrellas, los tres niños recordarían aquella primera noche en que los tres estuvieron juntos como una de las más felices de su infancia. Regresaron rápidamente al palacio una vez el cielo pasó de azul oscuro a simplemente azul y el brillo estelar comenzó a disminuir. Beler llevó cargada sobre su espalda a la complacida Eirene una vez más, e igualmente escalaron el muro que los llevaría al huerto donde horas atrás se habían reunido los tres y escuchado la voz de Beler por primera vez.


Antes de irse a sus respectivos dormitorios, quedaron de encontrarse en el mismo lugar y a la misma hora, si todo salía bien, para que Eirene cumpliera la promesa de llevarlos a la habitación secreta de la planta subterránea del palacio. Cuando Beler y Abel regresaron a su recámara, se cuidaron de no hacer mucho ruido para no despertar a los demás chicos, y alcanzaron a dormir un par de horas antes de que Próetus viniera por ellos como todos los días para iniciar las lecciones de aritmética, que era el tema con el cual iniciaban todas las mañanas antes de que la primera comida estuviera lista.

Los tres niños pasaron algo somnolientos el día, condición que afectó sobre todo a Beler y a Abel en los entrenamientos del gimnasio. Beler no les reveló a los demás que ya había comenzado a hablar nuevamente, aunque Abel estuvo en desacuerdo con aquella decisión. Eirene, quien pudo tomar una siesta en la tarde, sólo tuvo problemas para concentrarse en la clase de danza y música, pensando en la experiencia maravillosa que había disfrutado con los dos chicos.

La tarde y la noche transcurrieron normalmente, quizá más calurosas que de costumbre, y pronto les había llegado la hora de reunirse en el huerto una vez más. Eirene tuvo que esperar a los chicos por mucho tiempo, ya que a éstos se les dificultó despertar por el cansancio y porque esa noche Beler no tuvo pesadillas que le quitaran el sueño. Allí los esperaba impaciente la niña, alumbrada por la luz de las estrellas, con un pañuelo azul en una mano y un pequeño estuche de madera en la otra.

-EIRENE: (Enojada) Al fin llegan… pensé que me iban a dejar esperándolos toda la alborada.

-ABEL: (Bostezando) Perdónenos, señorita Eirene. Fue difícil intentar no dormirnos; aun estamos muy cansados y ayer entrenamos fuertemente en el gimnasio. A mí me duele todo.

-BELER: (Mirando a Eirene) Ayer Kalós le dio otra paliza a Abel en lucha…

-ABEL: (Objetándole a Beler) Tú también te viste en aprietos ante Delíades, así que no me lo reproches tanto.

-BELER: Pero yo al menos me defiendo. Además ayer estaba cansado y tenía sueño, pero en cambio tú te dejas derrotar y humillar de Kalós todos los días, sin siquiera intentar hacer algo para evitarlo.

-EIRENE: Ya dejen de discutir y de quejarse. Deberían sentirse afortunados por poder entrenar e ir al gimnasio como los demás chicos a pesar de ser esclavos. Yo misma quisiera poder acompañarlos y aprender a luchar.

-ABEL: Pues yo preferiría aprender a tocar el arpa o la flauta como usted, señorita Eirene, o aprender a esculpir la piedra.

-EIRENE: ¡Bah! No es tan divertido como parece. La mayoría de las veces me aburro en las lecciones de música.

-BELER: Bueno, cumple rápido tu promesa de llevarnos a la habitación secreta de tu abuelo, que hoy quiero volver rápido a la cama. Mañana nos comenzarán a instruir en armas, y quiero estar muy descansado para poder concentrarme.

Luego de que Abel cogiera una de las antorchas que había en el huerto por instrucción de Eirene, se dirigieron los tres hacia una pequeña puerta de madera que había allí mismo. Éste era uno de los muchos lugares vedados para los esclavos en el palacio de Polyeidos; pero esta habitación, a diferencia de las demás, estaba cerrada por una gruesa cadena con un candado en forma de león. Eirene sacó del estuche de madera una llave de hierro oxidada.

-ABEL: (Escéptico) ¿Qué acaso ese lugar no es donde se encuentra la cisterna del palacio?

-EIRENE: (Introduciendo la llave en el cerrojo del candado) Sí, estás en lo cierto; pero es mucho más que eso. El lugar a dónde vamos es la habitación que mi abuelito guarda con más recelo, incluso más que su biblioteca personal a la que tú has tenido acceso. Si mi abuelo llega a enterarse de esto que estamos haciendo, nos veremos en graves problemas.

-ABEL: Si es así, creo que es mejor que regresemos a nuestros dormitorios. No quiero disgustar al señor Polyeidos, él se ha portado muy bien conmigo.

-EIRENE: (Sacando la llave del cerrojo) ¡Qué cobarde! ¿Qué no te gusta la aventura? ¿O será que tienes miedo de lo que veremos allí? Creí que ustedes estaban siendo entrenados para convertirse en guerreros temerarios. (Golpeando suavemente con el codo a Beler) Qué dices, Beler, ¿tú también te has arrepentido?

-BELER: (Bostezando) Sólo espero que sepas lo que estás haciendo y que lo que haya detrás de esta puerta valga el estar despiertos a estas horas de la noche.

Eirene volvió a introducir la llave en el cerrojo del candado y le dio vuelta, quitando el candado y la cadena con mucho cuidado y poniéndolos a un lado. Abel, con la antorcha en la mano, miraba hacia el umbral que conectaba el huerto con el palacio, por dónde habían llegado, imaginándose las consecuencias de esta aventura si alguno de los esclavos los llegara a ver entrando en la cisterna vedada.

-EIRENE: Beler, necesito que empujes la puerta fuertemente, pero intentando no hacer mucho ruido. Ten cuidado porque creo que es muy vieja y está muy pesada.

-BELER: (Empujando lentamente la puerta) Prepárate Abel para defenderme si alguna bestia nos está esperando detrás de esta puerta. (Observando hacia el pasaje tras la puerta) ¡Qué oscuridad!

-EIRENE: No tengan miedo, en el lugar a donde vamos no hay ni siquiera bichitos. Ahora necesito que se limpien los pies con este pañuelo. (Entregándole a Beler el pañuelo azul que tenía en la mano) No podemos entrar con los pies sucios o mi abuelo sabrá que alguien quebrantó su regla.

-ABEL: Creo que yo me quedaré aquí; haré de guardia mientras ustedes se adentran en la cisterna. (Dirigiéndose a Beler) Luego me cuentas que viste.

-EIRENE: Entonces dale la antorcha a Beler. ¡Qué actitud! Te dejaremos el pañuelo para que te limpies los pies si es que te aburres aquí solo y luego decides bajar.

Beler, ya con la antorcha en la mano, alumbró al interior y pudo ver unos escalones de piedra que bajaban y subían. Eirene entonces se le adelantó y comenzó a bajar con cuidado la escalinata.

-BELER: ¡Oye! Espera un momento. Si subiéramos los escalones ¿a dónde llegaríamos?

-EIRENE: A la recámara de mi abuelito, así que baja la voz para que no nos escuche. ¡Apresúrate que necesito la luz de la antorcha para seguir descendiendo!

-BELER: (Dirigiéndose a Abel) ¿Seguro no vienes con nosotros? Ya abrimos la puerta, sería un desperdicio de tiempo no bajar…

-ABEL: Ve tú y acompaña a la señorita Eirene. Yo me quedaré aquí y les avisaré si algo especial acontece acá arriba.

-BELER: ¡Vamos, amigo! Sabes que yo te protegería si algún monstruo aparece en la oscuridad.

-ABEL: No insistas. Y no pienses que tengo miedo; no bajaré con ustedes por respeto al señor Polyeidos. Sabes que le tengo mucho aprecio y lo veo como al abuelo que nunca tuve. (Sonriendo) Sé que me protegerías de cualquier peligro; lo he leído en las estrellas ayer cuando estuvimos en las fuentes. Pero hoy tendrás que proteger sólo a la señorita Eirene. Mejor date prisa y baja con ella que se va a desesperar.


Fue así que Beler e Eirene descendieron varios metros por la escalinata de piedra que bajaba en forma de caracol, dejando atrás a Abel, quien se recostó en un muro del huerto a observar el firmamento. Abajo, la claustrofobia que comenzaba a invadir el corazón de Beler fue dispersada por una pálida luz que se filtró a través del umbral de una habitación al final de la escalinata. Eirene comenzó a dar pasos largos hasta huir de la luz de la antorcha. Beler la encontró nuevamente parada bajo un arco de mármol dibujado por reflejos de luces acuáticas, provenientes del interior de la cisterna. “Hemos llegado” dijo Eirene, y al atravesar el arco, Beler creyó alucinar con el espectáculo de colores que se encontró en aquella habitación subterránea del palacio donde había estado viviendo por más de un año.


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