Saturday, 5 December 2009

XVII

XVII.
BIENVENIDOS AL SANTUARIO


A pesar de las preguntas de los niños, Sham e Índika continuaron inmóviles y en silencio mirando hacia la floresta por donde Kalós había huido. La expresión en sus rostros comunicaba que estaban a la expectativa de algo. De repente, todos vieron como alguien surgía de entre las sombras del bosque y se les acercaba lentamente. Era Aldebarán, cargando sobre sus hombros a un Kalós inconsciente.

-ALDEBARÁN: (Descargando al muchacho sobre el suelo) ¡No me mires así, Sham! Sólo le he dado una palmadita en la espalda. Pronto recobrará el conocimiento, pero seguro intentará escapar nuevamente. ¡Índika! Asegúrate de amarrarlo bien, supongo que traes soga contigo. ¡Y no le quites los ojos de encima la próxima vez!

-íNDIKA: Si intenta escapar de nuevo le quebramos los pies y asunto arreglado.

-SHAM: (Dirigiéndose a su aprendiz) Ésa no es decisión tuya. Seguro que después de su encuentro con Aldebarán no volverá a escapar, al menos en lo que nos queda de recorrido.

-ABEL: (Dirigiéndose a Aldebarán) Seguramente esto es suyo (mostrando la capa verde con la que se había estado arropando). ¡Muchas gracias!

-ALDEBARÁN: Quédate con ella, seguro te será útil para cobijarte esta noche también. Cuando estemos todos en el Santuario me la devuelves. Ahora deben proseguir con su camino, han perdido mucho tiempo descansando.

-BELER: Usted ha sido quien nos ha estado siguiendo, ¿cierto? ¿Por qué no nos ha acompañado en el viaje a caballo?

-íNDIKA: (Contestándole a Beler) Porque es más rápido ir a pié. Si sobrevives al entrenamiento en el Santuario, lo comprenderás. Hemos decidido utilizar caballos esta vez para facilitarles el viaje a ustedes cinco. Además, el señor Aldebarán es muy pesado para un caballo, le dañaría la columna vertebral al animal.

Cuando menos pensaron, Aldebarán desapareció adentrándose en la floresta por dónde Kalós había huido. Al niño escapista lo amarraron de pies a cabeza y su caballo fue atado a la brida del corcel negro de Sham. Durante las siguientes horas del trayecto, los niños se quedaron pensando en Aldebarán, en su tamaño, y en aquello que dijo Índika sobre que era más rápido para él ir a pié que en caballo. Con la puesta del sol, Kalós abrió finalmente los ojos, pero no quiso hablar ni esa noche ni al día siguiente.

Los cinco caballos y sus siete jinetes continuaron su viaje con un galope lento pero constante, hasta entrar al territorio de Áttica. Habían pasado ya dos días desde que Kalós había intentado escapar, y cinco desde que habían dejado Pirene. Se estaban adentrando en un terreno un tanto más frío, repleto de colinas, con menos vegetación y bastante rocoso. Aunque la mayoría del tiempo habían estado cabalgando en silencio, de vez en cuando los gemelos discutían entre ellos o le hacían preguntas a Sham sobre el territorio o sobre otros Santos de plata. Abel y Beler se limitaron a escuchar las respuestas de Sham y a observar los territorios de Áttica, del que sólo sabían por los libros y por Próetus. “Qué feliz sería Eirene si pudiera ver tantos lugares junto a nosotros”, pensaban ambos niños frecuentemente. A veces, susurrándole al oído, Abel le comentaba a su amigo sobre la posición de Aldebarán; si éste se encontraba cerca, si se había adelantado, o si alejándose se había adentrado en algún poblado. Aunque cerraba los ojos e intentaba escuchar algún ruido diminuto, o sentir algún aroma sutil en el aire, Beler no entendía cómo era que su amigo sabía de la presencia de Aldebarán; sin embargo le creía completamente. Lo que Beler sí pudo lograr agudizando su mirada de águila fue divisar a lo lejos un pequeño poblado emplazado al lado de una colina rocosa.

-BELER: ¡Señor Sham! Si seguimos por este camino llegaremos a un pueblo.

-SHAM: (Volviendo su rostro hacia Beler) ¡Qué vista la que tienes, muchacho! De seguro esos ojos tuyos nos serán muy útiles en el Santuario. Ése poblado que divisaste se llama Rodorio, y allí desmontaremos y comeremos para luego dirigirnos a pie hasta el Santuario, que está detrás de la colina que vez allí.

Efectivamente llegaron a Rodorio, villa que no tendría más de veinte casitas de pastores y granjeros, un pequeño mercado, y algunos establos. El suelo de piedra del poblado estaba húmedo por las lluvias de primavera y los niños, bajándose de sus fatigados caballos para dejarlos en un establo, saltaban de charco en charco, felices de haber terminado con su tediosa travesía. Kalós fue liberado de sus ataduras, que le dejaron llagas en las muñecas y los tobillos de lo apretadas que estaban, y luego de que todos comieran y reposaran, se pusieron en marcha y se alejaron del pueblo en dirección norte, vadeando la rocosa colina que estaba al pie de Rodorio.

El cielo estaba nublado, el suelo agrietado y húmedo, y el panorama gris. Legiones de caracoles transitaban por el camino que llevaba al Santuario, y sus conchas eran aplastadas ruidosamente por Beler y Delíades, que se divertían pisando a los animalitos. Abel, molesto por la acción de sus compañeros, rompió el silencio en el que había estado desde que llegaron a Rodorio.

-ABEL: Por favor no sigas, Beler. ¿Por qué los tienes que matar?

-BELER: ¿Pero cuál es el problema? ¡Si es muy divertido! (Aplastando un caracol) Mira como crujen cuando los piso.

-ABEL: ¿Qué dirías si yo hiciera lo mismo con los caballos que te gustan tanto?

-BELER: No puedes comparar un caballo con un caracol; los caballos son más grandes, y son muy bellos y rápidos; y muy útiles para los hombres.

-ABEL: Según esa idea tuya, los hombres, que somos tan insignificantes a los ojos de los dioses, deberíamos ser también aplastados por ellos, ¿no? Qué importamos si somos unos bichitos diminutos e indefensos que no se comparan ante el poder y la presencia de los dioses. ¿Para qué nos protege entonces la diosa Atenea de la ira de Poseidón o de los otros Olímpicos?

-DELÍADES: (Aplastando otro caracol) ¡No me gusta que me digas lo que debo o no debo hacer!

-íNDIKA: (Dirigiéndose a Delíades) ¡Vaya! El que seas el más grande de los cinco no indica que seas el más inteligente. Deberías escuchar las palabras de tu compañero, niño estúpido, o aquí mismo te aplastaré como lo has estado haciendo con los caracoles.

-SHAM: (Volviendo su cabeza hacia los demás) Controlen sus impulsos, jóvenes; ya casi llegamos al Santuario y no quiero que lleguen discutiendo. (Mirando a Delíades) De una forma u otra el rubiecito tiene razón. Traer sufrimiento a los animalitos y a otros seres frágiles por puro placer y sin necesidad es algo que no tiene ninguna justificación; está mal hecho.

Aunque Delíades lo siguió haciendo de vez en cuando ante la mirada recriminadora de Índika y los demás, Beler se quedó pensando en las palabras de su disgustado amigo y le dio la razón. Se sintió diminuto e insignificante ante la grandeza de Gea, los poderes de los dioses, y la cantidad abrumadora de personas que habitaban en Grecia. Venía pensando en esto cuando se vio frente a un inmenso muro de piedra que se elevaba a la derecha del camino. “Hemos llegado” les dijo Sham, y continuaron caminando a lo largo de la elevada muralla. En los alrededores no había más que bloques inmensos de piedra, columnas rotas, y restos de los materiales con lo que alguna vez había sido construido el Santuario.

Después de un largo recorrido a la sombra de la imponente muralla, llegaron a un gran arco, la puerta principal del Santuario que miraba hacia el Norte, custodiada por varios soldados posicionados a cada lado del arco y en atalayas. Cuando éstos se percataron de la presencia del Santo de Sagitta y sus seis acompañantes, se irguieron para saludarlos y a continuación abrieron ruidosamente la gigantesca puerta de madera y metal. Los niños se miraron entre sí, pensando que para entrar al Santuario no había necesidad de puertas cuando ellos eran capaces de saltar y escalar muros incluso más altos que esos. Al atravesar el arco, Abel y Kalós se sintieron entrando a una prisión, mientras que Beler y los gemelos se llenaron de emoción imaginándose las cosas que se encontrarían tras las murallas. Pero se sorprendieron cuando no encontraron más que afiladas empalizadas de madera a cada lado del arco, y dos torres de piedra desde las cuales los miraban algunos arqueros con ropajes extraños. Más allá de las torres se extendía un camino de tierra erosionada y húmeda por las lluvias, con algunas casuchas de piedra mal construidas a los lados y peñascos por doquier; y al fondo del camino no veían más que sombrías colinas rocosas.

-SHAM: ¿Y esa cara de decepción? ¿Qué era lo que estaban esperando encontrar en el Santuario?

-BELER: (Mirando al nublado horizonte) ¡Esperen! Al fondo hay más que esto.

-SHAM: (Riendo) Efectivamente. Estas murallas son sólo para alejar a pastores curiosos y a visitantes de otras tierras que no han sido invitados. No significan un verdadero obstáculo para intrusos.

-KALÓS: (Mirando a los guardias en las torres) Ni tampoco para desertores.

-ÍNDIKA: En eso te equivocas. Cruzar estas puertas ha sido un privilegio para ustedes, pues han sido aceptados para recibir el entrenamiento en el Santuario. Pero sólo podrás salir de aquí cuando te sea permitido por tus superiores. El Patriarca ha dado la orden de dar muerte a los aprendices que intenten huir del Santuario por cobardía.

-SHAM: (Seriamente) Lo que Índika les dice es la verdad. (Mirando a Kalós) Así que no intentes comprobar el cumplimiento de los mandatos del Patriarca, quien después de Atenea es la mayor autoridad en el Santuario, y ten cuidado con los pensamientos que están rondando tu mente en estos momentos. (Volviendo su mirada al horizonte) ¡Bienvenidos al Santuario!

Luego de estas palabras, Sham guió a los niños hacia el Sur. A la derecha del camino, tras algunos cerros y barrancos, les señaló las edificaciones donde los aprendices de Santo y otros guerreros pasaban las noches. Más adelante, a la izquierda, les señaló una extensa planicie recubierta por ruinas y columnas, con caminos y escalones hechos de piedra. Allí pudieron divisar algunos guerreros combatiendo violentamente, de una forma muy diferente a la que estaban acostumbrados a ver en la palestra en Pirene. Sorprendido, Beler distinguió a varias mujeres entre los luchadores.

-BELER: (Señalando a las mujeres) Señor Sham, ¿por qué esas mujeres están allí?

-SHAM: ¿Qué quieres decir? ¿Qué acaso esperabas que sólo hubiera hombres en este lugar? Esto no es Pirene, niños. Aquí hay todo tipo de guerreros. Hay hombres y mujeres de diferentes partes del mundo. Todos los humanos tienen la capacidad de convertirse en Santo de Atenea. A las mujeres que entrenan en el Santuario les llamamos Amazonas y muy seguramente lucharan con algunas de ellas en su entrenamiento. Y les aconsejo, niños, que no las subestimen. Son iguales de temerarias y fuertes que cualquier otro guerrero.

Beler y Abel se miraron sonriendo, pensando en lo feliz que sería Eirene si hubiera estado allí presenciando la lucha de las Amazonas y escuchando las palabras de Sham. Los otros niños también estaban sorprendidos, no sólo por ver a las mujeres guerreras sino también por la destreza y rapidez con la que se entrenaba en aquel lugar.

-GANÍMEDES: ¿Y por qué hay ruinas por todas partes?

-SHAM: Son los restos del Santuario antes de que fuera destruido hace muchos años en la guerra contra Poseidón y fuera sumergido bajo el agua; han leído sobre Gran Diluvio, ¿cierto? Pero ahora son otros tiempos, y el Santuario de Atenea ha sido reconstruido por sus Santos, y será reconstruido siempre que haga falta.

El escuchar nombrar a Poseidón hizo que los gemelos se estremecieran. Siguieron su camino hacia el Sur, acercándose cada vez más a una colina bajo numerosas nubes oscuras, donde pronto pudieron distinguir emplazadas varias construcciones tan imponentes como el mismo templo de Atenea en Pirene. Sobre la cima de la colina pudieron observar una enorme escultura con forma humana.

-SHAM: ¡Ésa es la estatua de la diosa Atenea! Allí en la cumbre se encuentra la diosa resguardada en su cámara, y también allí reside el Patriarca. Los otros templos que pueden ver alrededor de la colina son las 12 casas del zodiaco. Allí residen los Santos más poderosos: los Santos de oro.

-BELER: (Con los ojos bien abiertos, sorprendido con la noticia) ¡Santos de oro!

-ÍNDIKA: ¡Por supuesto! Si hay Santos de bronce y de plata lo más lógico es que hayan Santos de oro, ¿no?

-SHAM: Como dije, son 12 y son la élite del Santuario, cobijados por cada una de las constelaciones que adornan el camino que el sol recorre cada día. Este primer templo que ven allí es el templo de Aries, y es la verdadera muralla del Santuario. (Mirando a la cumbre, hacia la estatua de Atenea) Los Santos de oro son los más fieles a Atenea, son los Santos que mejor conocen las capacidades del ser humano, los que mejor dominio tienen del cosmos…

-ABEL: ¿Cosmos?

De repente una potente y profunda voz los llamó, interrumpiendo a Sham y atrayendo la atención no sólo de los niños sino de otros centinelas que se encontraban patrullando el lugar. Era Aldebarán, que se les acercaba poco a poco desde lo que parecía ser un anfiteatro.

-ALDEBARÁN: ¿Por qué han demorado tanto? Ya el patriarca sabe de nuestra llegada. Espero que hayan comido bien en Rodorio y hayan recargado sus energías, porque esta misma tarde comenzará su entrenamiento. Apis de Musca, un Santo de Plata, les ha sido asignado como maestro. Sin embargo, no se acostumbra en el Santuario que un Santo tenga tantos aprendices a la vez, siendo el número máximo permitido cuatro, por lo que uno de vosotros tendrá que separarse de sus compañeros. A aquel que tome la decisión de dejar a sus amigos le será asignado como maestro algún otro Santo, por supuesto.
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XVI

XVI.
UN GIGANTE ENTRE LOS ÁRBOLES


Ya llevaban varias horas de cabalgar hacia el este, deteniéndose sólo para dejar descansar y darle de comer a los equinos. El horizonte se abría hacia los niños mostrándoles tierras nuevas y paisajes extraños, aunque el cansancio y la falta de sueño opacaban la emoción del viaje. A la cabeza del grupo iba cabalgando Sham, quien se detenía en diferentes lugares para revisar que no estuviera equivocando el camino mediante técnicas que los niños no comprendieron pero que definitivamente involucraban al viento y la posición del sol. Al lado de Sham cabalgaba Kalós, quien además de saber dominar a la perfección a su caballo, quería estar a la cabeza del escuadrón. Tras ellos, venían los otros cuatro niños en sus dos caballos. A los gemelos les había sido dado el caballo más fuerte del Palacio de Polyeidos, pero debido al peso de Delíades tuvieron que parar más a menudo para que el fatigado animal pudiera retomar sus alientos y descansar de su terrible carga. Abel y Beler cabalgaban contiguamente sin pronunciar palabra; Beler apreciando el nuevo panorama, y a su espalda Abel, ojeroso y lánguido, mirando pensativo hacia el suelo que dejaban atrás a toda velocidad. Por último venía el joven aprendiz de Santo, Índika, supervisando silenciosamente que los niños tuvieran a sus animales bajo control y que no se desviaran mucho de la ruta.

Aunque la mayor parte del viaje todos habían estado en silencio, de vez en cuando los niños, sobre todo los gemelos, le hacían preguntas a Sham sobre el Santuario, la nueva tierra que visitarían, y los Santos de Atenea. Beler se mantuvo en silencio por mucho tiempo, admirando el imponente porte de Sham y su plateada armadura, y pensando en la actitud de Abel, con quien no había cruzado una sola palabra desde la noche anterior.

-BELER: (Con tono de voz muy bajo, mientras cabalgaban) ¿Te encuentras bien, Abel? Te siento muy frío; tus manos están heladas.

-ABEL: (Susurrándole) No te preocupes, es que anoche no pude dormir y me siento muy fatigado; pero no podemos detenernos sólo por mí.

-BELER: Pero sería muy malo que enfermaras antes de llegar al Santuario… si quieres puedo pedirle al señor Sham que nos detengamos pues pronto caerá la noche. Seguro los demás estarán de acuerdo.

-ABEL: No, ya te dije que no te preocupes. Me encuentro bien, no voy a enfermar. Pero sí estoy inquieto por otra cosa. Hay alguien que nos está siguiendo desde hace muchas horas.

-BELER: (Volviéndose hacia Abel para mirar atrás) ¿Qué? ¿Por qué piensas que nos están siguiendo? Yo no he sentido nada extraño. Quizás sea un jabalí o algún otro animal.

-ABEL: No es un animal, alguien nos está siguiendo…

De repente, Sham se detuvo y se bajó rápidamente de su caballo, comunicándoles a sus acompañantes que pasarían la noche en ese lugar. Después de juntar algunos leños, los niños observaron impresionados cómo Índika encendió la hoguera con sólo tocar uno de los maderos.

-ÍNDIKA: (Sonriendo, con el brillo de la fogata en sus rojizos ojos) No es gran cosa. ¡Sé trucos más interesantes que ése!

-SHAM: (Quitándose su capa y colocándola a un lado mientras se sentaba cerca a la hoguera) Debes ser más modesto con tus habilidades, Índika.

Entonces, los cinco niños pudieron ver a la luz del fuego el fulgor de la armadura de plata de Sagitta, totalmente diferente a las armaduras que habían visto en los soldados y los guardias griegos. Además de su hermoso color plateado, su diseño era especial y su apariencia liviana. Consistía en corazas finamente moldeadas para la protección de los brazos, el pecho, las tibias, las rodillas, y los hombros; y un delgado y ceñido cinturón. Todos se sentaron alrededor de la fogata admirando la armadura de Santo de Atenea, y Beler y los gemelos se imaginaron cómo se verían ellos mismos portando la armadura de Pegaso.

-SHAM: (Dirigiéndose al embelesado Beler) ¿Qué estás mirando tanto, jovencito?

-BELER: (Volviendo en sí) Disculpe, señor Sham. Sólo pensaba en la armadura de Pegaso, y si se vería igual de brillante que la que usted lleva consigo.

-íNDIKA: Tengo entendido que la armadura de Pegaso es de bronce. La que mi maestro lleva es la armadura de plata de Sagitta. El rango de los Santos con armadura de plata es mayor que de aquellos con armaduras de bronce.

-KALÓS: ¡Vaya! La armadura por la que hemos entrenado tanto en Pirene es de baja categoría. Eso no nos lo dijo el anciano Polyeidos…

-SHAM: (Con una mirada desaprobadora hacia Kalós) Sin embargo niños, no porque una armadura sea de bronce o de plata tiene que ver con el triunfo en una batalla o con el valor del hombre que la porta. Todos los elegidos para Santos de Atenea son importantes para la diosa y cada uno de ellos puede hacer la diferencia en este mundo. Lo importante es que ustedes conozcan su propio potencial y el límite de sus facultades. Sólo así brillarán las estrellas de las constelaciones que residen como un alma en cada armadura. (Apretando el puño y sonriendo a los niños) Por eso deben dar lo mejor de sí mismos en el Santuario, para poder usar adecuadamente la túnica de Pegaso y estar al nivel de los demás Santos.

-GANÍMEDES: ¿Y cuántos Santos de Atenea hay en el Santuario?

-SHAM: No sé el número exacto, pero se dice que hay tantas armaduras como constelaciones en el cielo. No todas las armaduras han sido asignadas a un portador digno, como es el caso de la de Pegaso, que aguarda por ustedes en Pirene, y no todos los Santos de Atenea se encuentran en el Santuario. Muchos de ellos se encuentran en diferentes partes de Gea, llevando a cabo encomiendas especiales. Pero también deben saber, niños, que en el Santuario hay más que sólo Santos. Allí hay guerreros grandiosos de muchas partes del mundo que entrenan día tras día y dan lo mejor de sí mismos aunque no lleven las armaduras de los Santos.

-KALÓS: (Observando los rasgos físicos de Sham y de su aprendiz) Ustedes dos no son de Grecia, ¿cierto?

-SHAM: Somos de tierras lejanas, de un cálido lugar donde abunda la arena y el árbol dátil, y los hombres no montan caballos sino camellos y elefantes. Pero a pesar de que no somos griegos, encomendamos nuestras energías al servicio de la diosa Atenea porque creemos en sus ideales.

-BELER: Sí, el señor Polyeidos nos ha dicho que los Santos provienen de lugares diversos y que todos se unen para luchar por el bien de la humanidad. Y también nos ha dicho que la diosa Atenea se encuentra en el Santuario. ¿Alguna vez la podremos ver?

-ÍNDIKA: No, la diosa Atenea nos protege desde su cámara en el Santuario, custodiada por el Patriarca. Él es el puente entre la diosa y sus Santos. Nosotros no la podemos ver, ni si quiera los Santos más poderosos y leales.

-DELÍADES: ¿Y quién es ese tal Patriarca y por qué es él el único que la puede ver?

-SHAM: Se dice que es el hombre más justo y sabio de entre los Santos de Atenea, elegido para ser el vocero del mensaje de la diosa. También es quien otorga las armaduras que se encuentran en el Santuario, y ha sido la persona que me ha enviado al templo de Atenea en Pirene, donde me he topado con ustedes cinco por primera vez.

Continuaron hablando por mucho rato de lo que sería su nueva vida en el Santuario, y también los niños le contaron al Santo sobre sus entrenamientos con Próetus en Pirene. Antes de dormir, Beler le comunicó a sus compañeros la sensación de su amigo de que los estaban siguiendo, a lo que Sham no prestó mucha importancia y le contestó sonriendo que seguro se trataba de un venado o un jabalí, para después cerrar los ojos y dormirse. Los demás siguieron a Sham, excepto Abel, quien se quedó tiritando por el escalofrío y mirando al cielo nocturno. A la mañana siguiente, con los primeros rayos del sol, todos se levantaron para proseguir con su viaje luego de comer algunos alimentos que traían desde Pirene. Abel despertó cubierto por una capa verde oscura, que nadie sabía de dónde había salido. Ante la confusión de los niños, Sham simplemente sonrió y le dijo a Abel que cuidara muy bien de la capa, por lo que los demás asumieron que Sham había sido quien había cobijado al niño en la noche.

A la tercera mañana del viaje pasaron por un territorio conocido por Beler, pues por esos lugares había huido de Próetus cuando éste le encontró abandonado después de la destrucción de Aleion. Muchos recuerdos vinieron a la mente del niño, pero así como el lugar fue rápidamente dejado atrás con el ágil galope de los caballos, las imágenes dolorosas de su pasado fueron hechas a un lado para dar espacio a las imágenes de los nuevos paisajes que el viaje le presentaba cada segundo. Pronto divisaron la ciudad de Megara, y dieron un rodeo hacia el sureste de varios kilómetros para evitar toparse con cualquier jinete o habitante de aquella polis. Los cinco niños y los caballos comenzaban a sentirse realmente fatigados por lo que Sham decidió tomar varios descansos en el día, escogiendo lugares cercanos a los vados de los ríos para dejar beber libremente a los equinos.

Aunque evitaron los caminos principales, cabalgaron por muchos valles y praderas, buscando territorios fáciles de recorrer a caballo. También cabalgaron junto al mar, siendo una revelación magnifica para los niños ver tanta agua reunida en un solo punto por primera vez. A Delíades y a Ganímedes nos les hizo mucha gracia sentir el poder de las abundantes aguas saladas tan cerca de ellos, por lo que se alejaron un poco del grupo, acompañados de Índika que nunca les quitaba los ojos de encima. A diferencia de los gemelos, Abel se sintió arrullado al ver el movimiento de las olas y el azul sublime del mar. Sin darse cuenta se quedó profundamente dormido sobre la espalda de Beler, a pesar de la incomodidad de estar sentado sobre un corcel que cabalgaba a toda velocidad.

Cuando retomaron el rumbo hacia el noreste, algo que nadie se esperaba ocurrió. Aprovechando que habían desmontado por orden de Sham para elegir mejor el trayecto, Kalós dirigió a su caballo a toda prisa hacia una floresta para la sorpresa de sus acompañantes. Abel entonces despertó al sentir una presencia amenazadora a sus espaldas, la más agresiva que había sentido en su vida. Beler y los gemelos, sin comprender qué ocurría, también la pudieron sentir, y cuando miraron hacia atrás descubrieron que se trataba de Índika, quien sobre su caballo templaba en su arco dos flechas de madera y esperaba por el consentimiento de su maestro para dejar ir los proyectiles en busca del fugitivo. “¡No lo hagas, Índika!” gritó Sham, mientras veía con indiferencia cómo Kalós desaparecía huyendo entre los árboles.

La sangre de Kalós fluía a toda velocidad por su cuerpo mientras huía. Sabía que no lo estaban siguiendo, y se sintió libre y realizado. Ya no tendría que ir al Santuario, o regresar a Pirene y ver al viejo aristócrata y a su nieta. Ya no estaría atado a las reglas de nadie y sería dueño de sí mismo una vez llegase a Megara. Con las habilidades que había adquirido con el entrenamiento de Próetus podría labrarse una vida luchando como mercenario, o simplemente tomaría lo que necesitara por la fuerza. Cuando creciera un poco más podría regresar a Éfira y allí, investigaría el nombre de la persona que había ordenado la destrucción de su casa real y que lo había dejado como el único sobreviviente de su linaje. Luego podría llevar a cabo su venganza y calmar el deseo que oprimía su alma.

Kalós continuaba pensando en lo que haría de su vida con la recién libertad adquirida, cuando de pronto una figura gigante entre los árboles apareció frente a él y asustó a su corcel, el cual se detuvo de inmediato. Kalós también se asustó con la aparición, más cuando al observar mejor a la figura se dio cuenta que era el tercer enviado del Santuario, aquel que Sham había llamado Aldebarán en el templo de Atenea en Pirene. Parado allí entre dos árboles como un obstáculo infranqueable, llevaba ropas curtidas atadas con varios cinturones de cuero alrededor de la cintura y el pecho. Llevaba protección de bronce y cuero en las rodillas y en los brazos. También llevaba una coraza en el hombro izquierdo del mismo material, de la cual sobresalía un cuerno ocre que parecía afilado. El cabello largo lo llevaba trenzado y le caía sobre el hombro derecho. La mirada que le dirigía a Kalós le había helado la sangre al niño, quien no supo qué hacer ante la monumental figura de Aldebarán.

Cuando pudo reaccionar, Kalós intentó redirigir a su caballo hacia la izquierda para escapar del gigante, pero en un parpadeo se sintió agarrado de su túnica por las manos de Aldebarán y fue lanzado al suelo lejos de su corcel. Cuando abrió los ojos y vio al inmenso hombre parado frente a él sólo a algunos pasos, sintió miedo al dolor físico por primera vez en su vida. Sin embargo, intentando ignorar el dolor que la caída había generado en su espalda, se puso de pié.

-KALÓS: (Colocándose en posición de ataque) ¡No me puedo rendir! Si me tengo que enfrentar a un grandulón como usted para alejarme de aquí, ¡lo haré! Ya no seré nunca más un esclavo.

-ALDEBARÁN: (Con los brazos cruzados y sonriendo) Aunque te falta respeto tienes la actitud y el potencial para convertirte en un gran guerrero. Sin embargo de aquí no pasarás. Abandonar el camino que ya han trazado para ti no es una opción disponible.
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XV

XV.
PROMESAS


Los tres hombres eran de estaturas diferentes. El más alto de ellos asombró a los niños por su aspecto de gigante de brazos cruzados y su expresión de pocos amigos. Su piel era bronceada, su barba oscura y prominente, y sus cabellos negros y largos caían libremente sobre sus fornidos hombros. Otro de ellos, el más bajo, era el menor en edad de los tres, aparentando tener alrededor de 15 años; pero en su mirada se reflejaba una madurez y una seriedad que no eran propios de un adolescente. De tez cobriza y ondulados cabellos rojizos, era un joven que parecía proceder de tierras lejanas, al igual que el último de los visitantes, el de estatura media que hablaba con Polyeidos cuando los niños llegaron. Este hombre fue el que más les llamó la atención a los niños, ya que bajo su capa azul oscura pudieron observar el brillo del metal de una armadura diferente a las que usaban los soldados griegos.

-POLYEIDOS: Este caballero que ven a mi lado se llama Sham, y es un Santo de Atenea.

Al escuchar las palabras del anciano los niños quedaron estupefactos. Era la primera vez que veían a un Santo de Atenea, y que aquel hombre estuviera a unos metros de ellos les pareció una mentira. Con un rápido movimiento, Sham envió la capa que lo cubría hacia su espalda, y dejó relucir su coraza, que deslumbró a los niños con su plateado brillo y con su diseño tan diferente a todo lo que habían conocido en materia de armaduras.

-SHAM: (Acercándose a los niños y mirándolos fijamente a los ojos) Con que estos son los famosos hijos de Polyeidos… (Dirigiéndose a su gigantesco acompañante) Qué dices, Aldebarán; en sus miradas puedo ver el sinnúmero de cualidades que han adquirido con el entrenamiento que han recibido. ¿Será correcto admitirlos a todos cinco?

El otro hombre, a quien Sham llamó Aldebarán, no pronunció palabra y frunció el seño, continuando con los brazos cruzados y los ojos cerrados. Sham continuó caminando alrededor de los cinco niños, mirándolos desconfiadamente a los ojos uno por uno. Cuando estuvo frente Abel, se detuvo y volvió la mirada hacia sus acompañantes y Polyeidos.

-SHAM: Éste es diferente. Parece un niño frágil, no creo que haya llevado un entrenamiento adecuado. ¿Crees que sobreviva en el Santuario?

-ALDEBARÁN: (Abriendo sus ojos, luego de una pausa, hablando con un vozarrón grave que asustó a los niños y resonó en el recinto) Tienes razón en que es diferente a los demás. Pero aunque no aparenta una gran fuerza, creo que está lleno de sorpresas y de otro tipo de talentos. Hay que darle una oportunidad al muchacho.

-SHAM: (Después de mirar a Abel detenidamente por otro rato) Muy bien, así será. Entonces mañana partiremos antes del medio día. Señor Polyeidos, procure que sus niños duerman bien esta noche y cenen como nunca antes lo han hecho, porque mañana emprenderemos un largo viaje a caballo hasta el Santuario de la diosa Atenea.

Polyeidos y los niños salieron del templo hacia el Palacio, dejando atrás a los visitantes del Santuario. Diversos sentimientos invadieron a los niños en aquel momento. Para los tres menores, el estar a punto de emprender un viaje a una tierra nueva los llenó de emoción. Especialmente Beler se sentía lleno de expectativas, pensando en la posibilidad de encontrar al hermano que había partido de su lado hace tanto tiempo. Ni Abel ni Kalós supieron qué sentir o qué pensar. Ya se habían acostumbrado a la vida en Pirene, y aunque Kalós no aceptaba aun su destino como esclavo de Polyeidos, había aprendido a esperar el momento en que su situación cambiara. Abel por su parte no quería abandonar las personas que se habían convertido en su familia. Él, con habilidades de percepción más agudas que las de sus compañeros, sentía que la vida les podría jugar sucio en un lugar como el Santuario. Sin embargo, como los otros cuatro niños, guardó silencio y observó como en el Palacio terminaban los preparativos para el viaje del día siguiente.

Eirene, que a los once años se había convertido en una doncella muy bonita, envidiada y cortejada por igual en toda la ciudad, esperaba a los niños vestida de azul claro y blanco en el balcón de su habitación, tal como lo había hecho en el pasado. Viendo en la cara de los huérfanos la emoción por el tan anunciado viaje sintió que su corazón se quebrara; y la expresión de su cara se tornó melancólica, sentimiento del que sólo se percataron su abuelo, Abel, y Beler. Este último, que durante todo el camino del templo al Palacio estuvo ansioso pensando en las sorpresas que la vida le traería en el Santuario, al ver la cara de Eirene en el balcón se dio cuenta que no volvería a ver a la niña en mucho tiempo. Entonces, con un gesto de sus cejas y la mirada, le indicó a Eirene que ese día tendrían una cita de noche en el huerto. Ella comprendió a la perfección el gesto de Beler, luego de haber convivido tantos años con el muchacho mediante encuentros nocturnos secretos.

Como la vez en que Eirene los esperó para ir a la cisterna subterránea, Abel y Beler llegaron con mucho retraso de la hora en que normalmente se encontraban. La noche primaveral estaba hermosa, con una luna azul adornada por millones de diminutas estrellas que miraba a los tres niños muy de cerca. Eirene, envuelta en un manto azul claro, miró a Beler un poco decepcionada, pues había pensado que la cita en el huerto era solo para dos. Abel se dio cuenta inmediatamente del disgusto de Eirene.

-ABEL: (Dirigiéndose a Beler con una sonrisa y dando algunos pasos hacia atrás) Bueno, creo que la señorita Eirene quiere hablarte a solas…

-BELER: No, Abel, hoy debemos ir a las Fuentes juntos, tal cual lo hicimos la primera vez. Los tres somos amigos, por favor no te vayas.

-ABEL: Pero creo que la señorita Eirene…

-BELER: (Interrumpiendo a Abel) No te incomoda que Abel venga con nosotros a las Fuentes, ¿cierto, Eirene?

-EIRENE: (Luego de un silencio) No, Abel puede venir también.

En su interior, a pesar de los celos de Abel que había sentido en numerosas ocasiones por el afecto que su abuelo y Beler le tenían, lo reconocía como un niño gentil y bondadoso, y sabía que era incluso más que un hermano para Beler. A pesar de lo mucho que quería estar a solas con el muchacho, accedió a que Abel fuera con ellos. Así al menos Beler estaría muy contento y lo vería sonreír toda la noche. Fue así que los tres se encaminaron una vez más a las Fuentes de Pirene en busca de una lluvia de estrellas. Como siempre, Beler llevó a Eirene abrazada a su espalda; sin embargo, aquella noche Abel no contó relatos y se mantuvo en silencio mirando a las estrellas. Ya estando en la plataforma acuática en las Fuentes, los tres, en silencio, dedicaron mucho tiempo a contemplar el firmamento y a pensar en el camino que sus vidas estaban siguiendo. Entonces Eirene se decidió a romper el silencio, agobiada al pensar en la soledad a la que estaría sometida en los años venideros.

-EIRENE: (Con su mirada perdida en la profundidad de los colores de la noche) ¿Por cuánto tiempo estarán en el Santuario de Atenea?

-ABEL: (Cerrando los ojos) Alrededor de 7 años, pero quizás sea diferente para cada uno de nosotros…

-BELER: ¿Cómo lo sabes, Abel? ¿Te lo ha dicho el señor Polyeidos?

-ABEL: (Abriendo los ojos y mirando a las estrellas con lágrimas en los ojos) Digamos que simplemente lo sé.

-EIRENE: ¿Por qué estás tan triste, Abel?

-ABEL: No estoy triste…

-BELER: (Dirigiéndose a Eirene) Desde hace varias semanas ha estado así, extraño; muy serio, y siempre mirando hacia el cielo…

-EIRENE: Deberías estar emocionado. Imagina cuantas aventuras esperan por ustedes fuera de esta ciudad. ¡Cuánto quisiera ir con ustedes!

-ABEL: (Sonriendo) Proponle a tu abuelito que te mande en mi lugar. Con gusto me quedaría en Pirene en medio de esta paz y prosperidad.

-EIRENE: No creas que no se lo he propuesto… (Suspirando) Definitivamente parece que nuestras visitas a las Fuentes terminan hoy. ¡Quién sabe cuando nos volveremos a ver!

-BELER: Bueno, ya basta; no estén tan tristes que aun no hemos partido. Nos queda esta noche para estar juntos, ¡debemos disfrutarla! Con esa actitud de ustedes ninguna estrella se va a dejar ver caer. Ya verán que el tiempo pasará rápidamente y pronto nos reuniremos de nuevo, ya como hombres libres y con la armadura de Pegaso.

-EIRENE: Yo no soy hombre, Beler… Pero tienes razón, deberíamos prometer en voz alta que nos veremos nuevamente. Así, seguramente las estrellas nos escucharán y se encargarán de escribir en el destino que nos reunamos pronto y que seamos felices juntos.

-ABEL: ¡Eso no va a pasar!

-EIRENE: (Sorprendida con las palabras de Abel, levantándose de la plataforma para mirarlo) ¿Por qué dices eso, Abel?

-ABEL: (Levantándose también, un poco agitado) Perdónenme, amigos, no me siento bien… Beler, nos vemos en el dormitorio. Hasta mañana, señorita Eirene.

-EIRENE: ¿Qué te pasó? Y por qué me vuelves a llamar “señorita”…

La niña no había terminado de decir sus palabras cuando Abel salió corriendo cabizbajo hacia la ciudad. Beler y Eirene se quedaron entonces confundidos, mirando al joven desde la Fuente, sin entender qué le había ocurrido, y sin saber qué hacer a continuación. Cuando Abel desapareció en la lejanía, Beler se levantó y comenzó a caminar buscando la salida de la Fuente para ir tras su amigo, pero Eirene lo detuvo cogiéndole el brazo izquierdo. La niña había encontrado finalmente el momento a solas con Beler que tanto había esperado.

-EIRENE: ¡Espera, por favor! No te vayas aun.

-BELER: (Dándose la vuelta, mirando a Eirene) Pero Abel… algo le ocurrió.

-EIRENE: Sabes mejor que yo qué le sucede… lo asusta la incertidumbre ante el futuro, y se siente impotente al no poder luchar contra una decisión, que aunque lo afecta a él, fue tomada por mi abuelito. De la misma manera me siento yo…

-BELER: (Sin comprender a cabalidad las palabras de la niña) Pero no entiendo, ¡mañana vamos a Santuario de la diosa Atenea! Para eso es que hemos estado entrenando día tras día, ¿no? Estaremos dando el primer paso para convertirnos en Santos.

-EIRENE: Pero él es diferente a ti. Tú lo debes conocer más que yo, ustedes dos son hermanos. Y por eso, lo debes cuidar mucho allí en el Santuario; mi abuelo me ha dicho que es un lugar muy peligroso para los jóvenes. Y tú también te debes cuidar mucho Beler… te voy a extrañar mucho.

Con estas palabras, la niña no pudo contener las lágrimas, invadida por la nostalgia de los momentos que había compartido con los niños, y de aquello que no podría vivir con ellos los próximos años. Beler, con el pasar de los días, se había convertido en aquel muchacho con el que ella fantaseaba tan a menudo desde su claustro en el Palacio. El saber que al día siguiente Beler partiría hacia un lugar lejano y peligroso le oprimía el corazón y la llenaba de un dolor que nunca antes había experimentado. Ya no le quedaban más palabras para expresarse y lo único que hacía era mirar con los ojos llorosos al muchacho. Beler, como en tantas ocasiones similares que había vivido con la niña, no supo qué hacer o decir. Se sintió tonto e inútil; no resistió la mirada melancólica de la niña y miró hacia el agua cristalina que los rodeaba reflejando la luna y las estrellas. Entonces Eirene, llorando incontrolablemente, se tapó los ojos con sus blancas manos, y fue en ese instante que Beler decidió abrazar a la niña para consolarla. Así se quedaron unos minutos, hasta que la niña se calmó y pudo hablar de nuevo.

-EIRENE: Siempre había sido yo la que se abrazaba a tu espalda. Esta es la primera vez que me abrazas… que bueno sería que mañana no tuvieran que partir para que pudiéramos regresar juntos a este lugar y me pudieras abrazar nuevamente.

-BELER: (Sonriendo) Como les dije hace un rato, seguro que nos volveremos a reunir. No sé si en este lugar, pero estaremos juntos nuevamente, y seremos libres. Cuando eso suceda te abrazaré una vez más, te lo prometo.

-EIRENE: También debes prometerme que regresarás completito, sin ninguna herida. Así, cuando regreses, podremos partir a otro lugar lejos de aquí y tener muchos hijos que puedan tener padres que los amen. Ellos no serán huérfanos como nosotros, ni estarán encerrados en un Palacio.

-BELER: (Pensando en sus padres asesinados y en el hermano que debía estar en el Santuario) Y tampoco serán esclavos de nadie, y podrán vivir felices y en paz…

-EIRENE: (Mirándolo fijamente a los ojos) Por eso debes prometerlo. Debes regresar sano y salvo.

-BELER: Te lo prometo. Y te prometo que cuando regrese obtendré la armadura de Pegaso y me convertiré en Santo de Atenea.

Antes de regresar al Palacio, Eirene le dio a Beler un pañuelo blanco donde había bordado cuidadosamente a Pegaso con sus alas blancas extendidas. Le dijo que no la olvidara y que iba a rezar todos los días y a hacerle ofrendas a la diosa Atenea para que ganara todos los combates y lo protegiera de las heridas. Beler la abrazó una vez más y, con ella a sus espaldas, regresaron lentamente al Palacio. Esa noche, ninguno de los niños, a excepción de los gemelos, pudo dormir ante la expectativa del siguiente día y los siguientes años.

Ya de día, todos los esclavos, incluido Próetus, acompañaron a los huérfanos a la salida del Palacio, luego de un gran banquete de despedida. Eirene, inundando la mañana en su llanto, no quiso salir a despedirlos una vez más, aunque luego tocó melodías melancólicas con el arpa por varios días para llevar a cabo su luto. Polyeidos había conseguido tres caballos para facilitarles el viaje a los niños. Los gemelos montaron a uno de los caballos; Beler y Abel el otro, uno marrón con manchas blancas; y Kalós, que quería ir lo más cómodo posible, montó solo. El anciano y algunos guardias del Palacio acompañaron a los cinco jóvenes hasta el lugar donde habían quedado de encontrarse con los enviados del Santuario. Allí los esperaban sólo dos de ellos, montados también a caballo; el más grande de los visitantes, el llamado Aldebarán, no se encontraba presente. El más joven del par de jinetes portaba un arco de madera colgado a su espalda, y el otro, Sham, vestía su reluciente armadura de Santo de Atenea.

-SHAM: Muy bien niños, espero que estén preparados para el viaje y para el entrenamiento. Soy el Santo de Plata Sham de Sagitta, y este que ven aquí a mi lado es mi joven aprendiz de Santo, Índika. Ambos nos encargaremos de llevarlos hasta el Santuario de la diosa Atenea. El vivir allí no será algo fácil, pero deben hacer gala de su valía y coraje. ¡Demuéstrennos que no nos hemos equivocado al aceptarlos en el Santuario!
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XIV

XIV.
EL FINAL DE UNA ETAPA


Los niños se quedaron en silencio por un momento, apreciando el cofre de bronce encadenado a las columnas del templo. Se preguntaban a sí mismos qué era la armadura de Pegaso y trataban de fundir en sus mentes el arca que tenían en frente con la imagen del caballo alado del que tanto hablaban con Próetus en las Fuentes de Pirene. Entonces Kalós, escéptico ante las palabras de Polyeidos y sus promesas, habló con la intención de disgustar al anciano y de obtener la verdad para él y sus compañeros huérfanos.

-KALÓS: ¿Lo que usted nos quiere decir, señor Polyeidos, es que el caballo Pegaso se encuentra al interior de ese cofre?

-POLYEIDOS: (Notando la desconfianza del niño) Así es, pero no en la forma que todos ustedes tienen en sus mentes. La armadura que resguarda este templo es una de las túnicas de los Santos de Atenea. Ustedes saben, niños, que Pegaso fue convertido en constelación y llevado a cielo por los dioses Olímpicos, y que allí ha estado desde la Era Mitológica. Mediante el poder y la sabiduría otorgados por Atenea, sus herreros forjaron con bronce y polvo de estrellas esta armadura que tenemos aquí, concentrando la esencia del caballo alado que ayudó a Perseo y a Belerofón en sus empresas. Como ven niños, esta armadura de Pegaso no es una armadura ordinaria y está reservada sólo para los mejores guerreros al servicio de la diosa Atenea.

-ABEL: Pero entonces hay más armaduras. ¿Dónde están las demás?

-POLYEIDOS: En efecto, Abel, la armadura de Pegaso no es la única. Desde el diluvio universal diversas armaduras, representando cada constelación que hay en el firmamento, fueron forjadas para los Santos de Atenea.

-DELÍADES: (Pensando en el interior del arca) ¡Pero ésta de Pegaso debe ser la mejor de entre todas ellas!

-POLYEIDOS: Al menos es la armadura de bronce que se reguarda en esta región. Y es el galardón para aquel de ustedes cinco que se convierta en un gran hombre y guerrero. Será la túnica que lo confirme como Santo de Atenea.

-ABEL: Pero he leído que los Santos de Atenea se encuentran concentrados en el Santuario Ateniense, al este de Grecia. ¿Por qué entonces esta armadura se encuentra aquí en Pirene?

-POLYEIDOS: El Santuario es el lugar donde se encuentra la diosa Atenea, resguardada por sus leales Santos. Pero muchas de las armaduras esperan por su portador en lugares diversos, incluso fuera de Grecia. Los Santos de Atenea no sólo nacen en esta región; hay Santos que vienen de las heladas tierras del Norte, del lejano Oriente, o de lugares aun más remotos. Ellos son jóvenes de diferentes lugares y pueblos, con idiomas y costumbres también diferentes. Pero aquello que tienen en común es que luchan en nombre de la diosa de la sabiduría por el bien de la humanidad. Son verdaderos héroes, herederos de la valentía y la sangre de los héroes de antaño que fueron convertidos por los dioses en brillantes astros por sus hazañas memorables. Es por eso, niños, que ustedes tendrán que demostrar con mucho esfuerzo que ustedes son herederos de las virtudes heroicas y merecedores de esta armadura.

-ABEL: Pero ¿por qué justamente nosotros, señor Polyeidos? Yo ni siquiera he conocido a mis padres, he sido abandonado en esta ciudad. ¿Cómo puedo ser descendiente de grandes héroes? Las estrellas que rigen nuestros destinos nos han traído la desdicha desde nuestros primeros años de vida.

-KALÓS: (Recordando con desazón el cómo llegó a ser esclavo en Pirene) Abel tiene razón, somos unos huérfanos insignificantes, esclavos en un Palacio en una ciudad también insignificante.

-POLYEIDOS: Recuerden, niños, que ni el más sabio de los hombres conoce todos los finales de la historia. Sus vidas pudieron haber comenzado de una forma desdichada, pero aun desconocen lo que los dioses tienen preparado para ustedes. Por eso deben entrenar duro y seguir mis consejos. Mi intención es que ustedes se conviertan en grandes hombres que puedan proteger aquello que la diosa Atenea ama: la humanidad y la paz. Y Kalós, ustedes no son insignificantes, no lo vuelvas a decir; a pesar de ser reconocidos como esclavos por otras personas en la polis, ustedes saben que la vida que llevan en el Palacio no corresponde a esa categoría.

-KALÓS: (Con amargura) Aunque recibamos la educación que reciben los hijos de los ciudadanos, estamos condenados a servirle a usted por siempre. No tenemos la libertad. Somos unos simples esclavos.

-POLYEIDOS: Pero ya anteriormente te lo he dicho Kalós, a ti y a los demás. A diferencia de la armadura de Pegaso, reservada sólo para uno de ustedes, a los cinco les otorgaré la libertad. (Riendo) Ha sido una petición especial de mi nieta, quien desde hace mucho me dijo que ella, la doncella del Palacio, no podía tener hijos con un esclavo y que por ello les tenía que dar a ustedes la libertad… (Luego de una pausa, en la que rió a carcajadas ante la mirada confundida de los niños) Escuchen bien, los cinco: todos ustedes serán hombres libres cuando regresen del Santuario.

-GANÍMEDES: (Estupefacto, al igual que los demás niños al escuchar la nueva y sorpresiva noticia) ¿Cuando regresemos del Santuario? ¿Iremos al Santuario de Atenea?

-POLYEIDOS: No te emociones aun, Ganímedes. Como escucharon, irán al Santuario de Atenea si mis planes marchan a la perfección. Allí recibirán el entrenamiento para convertirse en Santos de Atenea, y conocerán a otros guerreros como ustedes, y a los Santos más poderosos. Pero antes de eso tendrán que seguir rigurosamente la educación y el entrenamiento de Próetus por algunos años más, pues se dice que sólo los jóvenes más fuertes y talentosos logran tener éxito en los arduos entrenamientos del Santuario. En otras palabras, si no son lo suficientemente fuertes podrían morir en el Santuario.

A pesar de que Beler no había pronunciado palabra desde que había pisado el templo de Atenea, la expresión de sus ojos daba cuenta del interés que tenía por la armadura de Pegaso y por los Santos de Atenea. Lo que no le había contado a nadie, ni siquiera a su mejor amigo Abel, era que su hermano Pyramus, aquel que se había marchado de su lado antes de que Aleion fuera destruido, había sido reclutado por hombres del Santuario. Que el destino le presentara a Beler una oportunidad para buscar a su hermano desaparecido en el Santuario de Atenea fue para el niño la sorpresa más grande que la vida le había presentado hasta ese día. Por ello escuchó la conversación entre el anciano y los niños invadido por muchas emociones, fijándose con muchas expectativas la meta de calificar para Santo de Atenea.

Los niños y Polyeidos continuaron hablando sobre los Santos de la diosa Atenea y la armadura de Pegaso por muchas horas más, hasta que la luz del sol que entraba por la abertura cuadrada en el techo de la habitación disminuyó y el cielo se llenó de nubarrones de lluvia. Cuando regresaron al Palacio, se sorprendieron mucho y se miraron entre sí extrañados ya que, aunque esta vez tampoco salió Eirene a su balcón a recibirlos, escucharon su voz que cantaba una dulce y melancólica melodía de bienvenida acompañada por las notas de su lira. Por boca de otros esclavos la niña se había enterado de los planes que Polyeidos tenía reservados para los cinco huérfanos lejos de Pirene, y esto le había causado una gran tristeza.

Los días comenzaron a transcurrir como antes. Kalós había vuelto a unirse a los entrenamientos de Próetus y retomaba poco a poco su rutina. Si bien su actitud seguía siendo la misma de siempre, después de su escape fallido los comentarios ofensivos y mordaces a los que tenía a sus compañeros acostumbrados se habían reducido notablemente. Sin embargo, a pesar de la humillación y el castigo a los que el muchacho había sido sometido, no escarmentó e intentó volverse a fugar del Palacio en varias ocasiones. Con cada nuevo castigo su odio y rencor hacia Polyeidos y su nieta aumentaban, y con más ganas quería huir de su vida en Pirene. Kalós intentó huir del Palacio cuatro veces en cinco años, y por ello, recibió castigos físicos tan severos que dejaron numerosas cicatrices en su piel y los recuerdos del dolor de numerosos huesos fracturados, convirtiéndolo en una persona más silenciosa y rencorosa.

Los gemelos Delíades y Ganímedes con cada día que pasaba se diferenciaban físicamente más y más el uno del otro. A pesar de llevar el mismo entrenamiento y tomar con el mismo entusiasmo los combates y las competencias, el cuerpo de Delíades creció demasiado a comparación del de su hermano. Su altura llegó incluso a sobrepasar al mismo Kalós, quien antes se jactaba de ser el más alto de los cinco, y su musculatura asustaba a los más fornidos atletas en el gimnasio de la Polis. Pronto alcanzó los hombros del mismo Próetus, que no era un hombre bajo, y con su tamaño aparentó la edad de un joven finalizando la pubertad, cuando en realidad ni siquiera había comenzado esa etapa. Por los demás rasgos físicos, ambos gemelos se parecían en algo. El color negro brillante de sus cabellos era el mismo, incluso llevaban el mismo corte; pero las facciones delicadas y femeninas de la cara de Ganímedes se diferenciaban de las facciones bruscas de su hermano.

A pesar de las notables diferencias entre ambos gemelos, eran aclamados y admirados por igual por los habitantes de Pirene. Varios aristócratas que frecuentaban el gimnasio para participar en discusiones filosóficas o entretenerse con las competencias asediaban a Próetus para concertar matrimonios entre los niños y sus hijas, o incluso para cortejarlos ellos mismos y convertirlos en sus erómenos en los próximos años. Ganímedes coleccionaba regalos de todo tipo que le hacían estos hombres, sobre los que, consciente de su popularidad en Pirene, se jactaba ante su hermano y los demás huérfanos. Entre estos regalos, el que más lo sorprendió fue una hermosa ave verde y azul enjaulada, que al poco tiempo de recibirla liberó en las Fuentes de la ciudad. Delíades por su parte tenía una noviecita secreta que era esclava de otro Palacio cercano al de Polyeidos y a quien veía cada mes encubierto por Próetus. Aunque ella era mayor que él 5 años, parecían de la misma edad gracias a la precocidad del crecimiento de Delíades.

Tanto los gemelos como los otros tres chicos aprendieron a usar hábilmente diferentes tipos de armas. Próetus les enseñó a usar la lanza del ejército griego, llamada Doru, y la espada corta de los hoplitas, llamada Xifos, la cual se utilizaba luego de que en combate quebraran sus lanzas. Incluso llegaron a estudiar el uso de la sarissa macedonia, muy pesada y larga para la estatura de los niños. Para que no se lastimaran en los combates, utilizaban la mayoría del tiempo armas de madera. Pero para acostumbrarlos a las luchas reales y a las armaduras que los soldados llevaban en las guerras, Polyeidos mandó a hacer para los chicos corazas de cuero y metal que pesaban cerca de 25 kilogramos. Cada chico recibió también un aspis, un pesado escudo circular que medía un metro de diámetro hecho de madera y cuero. El aspis de cada chico llevaba pintado el símbolo de la familia de Polyeidos, el Pegaso, y mientras duraba el entrenamiento en armas, los chicos tenían prohibido descargar su escudo en el suelo; el hacerlo les acarreó diferentes castigos físicos a Abel y a Kalós en numerosas ocasiones.

El entrenamiento de tiro con arco fue reducido poco a poco para dar espacio a las armas corto punzantes, pero las veces que lo llevaron a cabo, Beler destaco por su puntería extraordinaria. Entre los pastores de la región y otros espectadores de los entrenamientos, era llamado el niño ojos de águila, y gracias a sus habilidades fue requerido en varias ocasiones por los cazadores de Pirene para acechar jabalíes gigantes y otros animales salvajes. Con el paso de los años también había comenzado demostrar talento para el atletismo. En una ocasión, Próetus organizó una carrera de velocidad y resistencia entre Beler y Ganímedes, los dos huérfanos más rápidos de entre los cinco. El recorrido era extenso, desde Pirene hasta Éfira ida y vuelta. La carrera les tomó un día completo, y la victoria por pocos minutos de Beler fue celebrada por varios días en ambas ciudades.

A pesar de que Beler había vuelto a hablar, permaneció ante los ojos de los demás como un niño silencioso e introvertido, y solo mantenía buena comunicación con Abel y con Eirene cuando se les presentaba una oportunidad para encontrarse. La niña había encontrado en ambos chicos a unos amigos con los cuales compartir ratos hermosos bajo las estrellas y discutir acerca de la vida cotidiana en el Palacio y en la ciudad. Abel y Beler eran como una ventana a través de la cual descubría el mundo y se permitía un escape de la soledad que sentía al pasar todos los días de su niñez recluida en su habitación aprendiendo las artes y leyendo los libros de su abuelito.

Casi siempre los tres niños se encontraban varias veces por semana de noche en el huerto para conversar. Pero en verano, y a veces en primavera, huían cada semana del Palacio para visitar las Fuentes y maravillarse ante la pantalla de astros luminosos que los cobijaba. A pesar de que Polyeidos sabía de estos encuentros, los dejó proseguir al comprender que los niños siempre regresaban y que era una actividad que los hacía muy felices. Al día siguiente de visitar las Fuentes, Eirene iluminaba el palacio con sus cantos y con su arpa, demostrando lo habilidosa que se había vuelto en estas artes y lo contenta que se sentía por la compañía de Beler y Abel. El interés que Eirene había sentido alguna vez por Kalós había disminuido, y en cambio concentraba todas sus energías en esperar el fluir del día para encontrarse con sus dos amigos.

La pequeña doncella a veces sentía celos por la amistad tan estrecha entre Beler y Abel. Ambos niños se vieron entre sí como al hermano con el que no habían podido crecer. A pesar de que diferían en actitud y habilidades, siempre se apoyaban y hacían lo posible por alentar al otro a continuar adelante. Abel sabía que algo especial ocurría entre su amigo y la nieta de Polyeidos, por lo que propiciaba momentos para que ambos estuvieran solos: En muchas ocasiones se retiraba de las visitas a las Fuentes con alguna excusa, o simplemente no iba y se quedaba esperando a sus dos amigos en el huerto hasta que regresaran. Por su lado, Beler se sentía incómodo cuando Abel lo dejaba a solas con Eirene, ya que no sabía qué decir o qué hacer. Cuando esto ocurría, simplemente se quedaba mirando al cielo algo nervioso, disfrutando de la compañía y las palabras de la niña.

Así pasaron lentamente los años pacíficos de la niñez de los hijos de Polyeidos. La mañana de primavera que fueron llamados nuevamente al templo de Atenea, Kalós y Abel tenían ya 11 años, y Beler y los gemelos tenían 10. A pesar de sus cortas edades, su apariencia física los hacía lucir mayores por la disciplina y el esfuerzo con los que habían entrenado; y sus actitudes tampoco eran infantiles por las experiencias que habían vivido y por la educación que habían recibido del esmerado Próetus. Aquella mañana, Eirene salió al balcón a despedirlos, y allí se quedó esperando a los cinco niños a que regresaran con su abuelito del templo de Atenea.

Una vez más dejaron a Próetus a la entrada del templo, y fueron custodiados al interior por tres centinelas que los llevaron hasta la habitación donde cuatro años atrás habían visto el cofre de la armadura de Pegaso y la hermosa estatua de la diosa Atenea. Polyeidos estaba allí esperándolos, con su túnica ceremonial, pero esta vez no estaba solo. Además del anciano, tres hombres de figuras imponentes esperaban a los niños al lado de la armadura de Pegaso.

-POLYEIDOS: (Interrumpiendo su conversación con uno de los tres hombres para atender a los niños) Bienvenidos nuevamente a este recinto, niños. No sean descorteces y saluden a estos respetables visitantes. Ellos son los enviados del Santuario y están aquí para decidir si ustedes son dignos de recibir el entrenamiento para Santos de Antena…
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Thursday, 12 November 2009

XIII.
VISITA AL TEMPLO DE ATENEA


Beler vio como Eirene, paralizada y al borde de las lágrimas, reflejaba en su rostro el dolor que le produjeron las palabras de Kalós. Sin entender muy bien por qué, se sintió profundamente indignado por la escena, y sin poder controlar su puño, golpeó al decaído Kalós en la cara. “¡No!” dijo ahogadamente Eirene, ordenándole a Beler que se detuviera y, a pesar de que lo hubiera querido, sin atreverse a mover un dedo para auxiliar a Kalós. Los tres niños se quedaron entonces en silencio por un breve momento, a la merced de sus emociones.

-KALÓS: (Sentado en el suelo, tocándose la mejilla golpeada) ¿Y ese golpe por qué fue, Beler? ¿Te disgustó que le dijera a esta niña lo que siento? ¡Tú sabes cuánto la odio! ¿O es que acaso son novios y la estás defendiendo? ¡Anda, deja de hacerte el mudo y dime cuál es tu problema!

Beler no supo qué responder. Se sentía mal por haber golpeado a quien ya estaba herido, pero no había podido aguantar la ofensa contra Eirene. Sin embargo no sabía cómo argumentarle esto al abatido Kalós, quien lo miraba fijamente aunque sin el odio con el que minutos atrás había mirado a Polyeidos y a su nieta mientras recibía el castigo físico. Eirene había comenzado a derramar silenciosas lágrimas por sus mejillas, sintiéndose despreciada y humillada, y a continuación se marchó del huerto junto con las dos esclavas que la acompañaban. Cuando los dos niños quedaron nuevamente solos, Beler tomó fuerzas y habló.

-BELER: (Mirando con lástima a Kalós) Perdóname por haberte golpeado a pesar de saber las condiciones en las que te encuentras. Pero no pude resistirme al ver cómo agredías a Eirene sabiendo que ella sólo quería agradecerte el no habernos delatado. Debes saber que ella se preocupa por ti más que por cualquier otro niño…

-KALÓS: (Interrumpiendo a Beler) Esa niña es sólo una consentida y seguro nos ve como a unos juguetes. Para ella y su abuelo sólo somos esclavos, no les importa de dónde hemos venido o quienes eran nuestros padres.

-BELER: Si sólo fueras un simple esclavo para Polyeidos no creo que se hubiera tomado la molestia de mandarte a buscar de la forma en que lo hizo. Mientras estuviste por fuera del Palacio, el anciano enfermó y suspendió sus visitas al templo de Atenea… tendrías que haberlo visto deambulando preocupado por todo el Palacio. Además, Polyeidos nos ha prometido la libertad una vez nos convirtamos en grandes guerreros.

-KALÓS: (Pensando las palabras de Beler) No confío en las promesas del viejo. Él cree que somos niños tontos; de pronto los gemelos ingenuos se creerán lo de Pegaso. Pero sé que tú eres listo y sabes que no existe tal criatura, que es sólo una historia para mantenernos obedientes en este lugar.

-BELER: (Mirando a las estrellas) No sé si Pegaso exista o no. Pero la vida que llevamos no es mala. Sé que no eres cómo nosotros, que no fuiste hijo de pastores o granjeros, y que te sientes humillado al ser llamado esclavo; pero con la educación que estamos recibiendo tendremos la oportunidad de convertirnos en grandes hombres. Los cinco de nosotros hemos perdido nuestras familias, pero al estar aquí pienso que hemos corrido con suerte. Y también pienso que Polyeidos no tiene malas intenciones.

-KALÓS: (Intentándo ponerse de pié nuevamente) Eso lo sabremos luego. Por lo pronto prepárate, porque cuando me recupere por completo te haré pagar por tu puño traicionero…

Los días comenzaron a fluir lentamente. Los cuatro huérfanos continuaron con su entrenamiento diario en tiro con arco, esperando por el reingreso de Kalós para comenzar a usar la lanza y a portar el peso de los escudos. Polyeidos había recobrado los ánimos y había regresado a sus rutinas en el templo de Atenea, y las cosas en el Palacio regresaban poco a poco a la normalidad. Kalós, mientras se recuperaba de sus heridas, había sido obligado con amenazas a hacer labores de tipo doméstico con otros esclavos, siendo para él una verdadera humillación y otro motivo más para odiar a Polyeidos.

En las tardes, Eirene no había vuelto a salir a su balcón para recibir a los muchachos cuando regresaban al Palacio luego de su entrenamiento. Lo único que los niños escucharon de ella en aquellos días fueron las dulces y torpes notas de arpa que Eirene tocaba con la caída del sol recluida en su recámara. Aunque Beler y Abel pensaban que la niña los contactaría nuevamente alguna noche para regresar a las Fuentes de Pirene, pasaron semanas completas sin que se apareciera por el huerto. Una de esas noches en que Abel y Beler esperaban con incertidumbre a la niña para ir a las Fuentes, Polyeidos apareció con su bastón por el umbral que conectaba las habitaciones con el huerto.

-POLYEIDOS: (Acercándose a los dos niños) ¡Abel! ¡Beler! ¿Qué hacen a estas horas de la noche en este lugar?

-ABEL: (Sorprendido) ¡Señor Polyeidos! Sólo estábamos viendo las estrellas. Aunque ya estábamos por regresar al dormitorio pues el viento está muy helado.

-POLYEIDOS: (Mirando al firmamento) ¡Ah, las estrellas! Pirene es el mejor lugar en el mundo para ver los astros que cuelgan del cielo. Y entiendo que estés aquí, Abel; a ti te encantan las estrellas, aunque hace mucho que no regresas a la biblioteca a leer libros de astronomía… He estado pensando que debemos organizar una visita nocturna a las hermosas Fuentes de Pirene para que puedan estudiar más fácilmente las constelaciones. ¿Qué dices, Beler? ¿Vendrías con nosotros?

Beler miró al anciano sin responder palabra pero contestando a su pregunta con una sonrisa pícara, pensando en todas las veces que había ido en secreto con Abel e Eirene a las Fuentes en busca de estrellas fugaces o de la legendaria lluvia de estrellas.

-POLYEIDOS: (Sonriendo) ¡Vamos, Beler! Que todos en el Palacio ya saben que estás hablando desde hace unas semanas, no seas tímido.

Beler, sorprendido con las palabras del anciano, miró a Abel intentando comprender por qué Polyeidos sabía que había vuelto a hablar. Abel, igual de sorprendido, no supo qué decir o qué hacer. Ambos muchachos pensaron que quizás Eirene o Kalós habían revelado que Beler había vuelto a hablar.

-POLYEIDOS: (Riendo) Bueno, si no quieren conversar conmigo no hay problema, yo regreso a mi recámara que en verdad está haciendo frío.

-BELER: (Tímidamente) Señor… quisiera preguntarle algo.

-POLYEIDOS: ¡Ah! Te has decidido. ¡Ya era hora! Anda muchacho, ¿qué pregunta tienes para mí?

-BELER: Usted ha dicho que al mejor hombre de entre nosotros cinco le otorgaría a Pegaso… ¿Es eso cierto? ¿Pegaso existe, o es sólo un cuento de niños?

-POLYEIDOS: Mi silencioso niño… mañana mismo te darás cuenta si Pegaso existe o es sólo una historia. Yo soy un hombre de palabra, y como lo prometí el primer día que pisaste mi palacio, al mejor guerrero de entre ustedes cinco le otorgaré a Pegaso. Ahora me despido, regresaré a mi recámara.

-BELER: (Con la voz entrecortada) ¡Señor! También quería preguntarle por su nieta. ¿Se encuentra bien la señorita Eirene?

-POLYEIDOS: (Dándose la vuelta para mirar al niño) ¿Eirene? Claro que está bien. Hoy estuvo aprendiendo a tejer y a perfeccionar su habilidad con la lira. ¡Es una niña talentosa! Ya saben que la educación de una doncella es muy diferente a la de ustedes.

Luego de decir estas palabras, Polyeidos se adentró en el blanco edificio con su parsimonioso caminar y se dirigió a su recámara en el segundo nivel. Ambos niños quedaron como pequeñas estatuas en el huerto, ensimismados bajo un sinnúmero de constelaciones que no dejaba sumir a Pirene en la obscuridad de la noche. Regresaron entonces a su dormitorio sin visitar las Fuentes, pero Beler no pudo pegar el ojo en toda la noche pensando en el regreso de Kalós, en la ausencia y el afligido rostro de Eirene, y en la fantástica promesa de Polyeidos.

Al día siguiente los huérfanos fueron despertados muy temprano por Próetus. Se les ordenó limpiarse muy bien y vestirse de blanco con prendas nuevas. A pesar de ser esclavos, esa mañana serían todos cinco llevados al templo de Atenea en Pirene por órdenes de Polyeidos. Incluso Kalós, quien en toda la noche tuvo pesadillas donde su ofensa a Eirene era delatada por la niña y por alguna de sus esclavas, estaba entre sorprendido y emocionado por la decisión del señor del Palacio. A ninguno de los niños se les explicó el motivo, y después de la primera comida fueron llevados al templo de la diosa de la guerra y la sabiduría que quedaba a pocos metros de donde vivían.

Cuando estuvieron frente al templo, tanto los cinco niños como Próetus y otros tres guardias de la polis que los escoltaban se quedaron admirando por varios minutos la magnificencia que ostentaba aquel lugar. Desde el primer día que había visto el templo, Beler había querido entrar en él y descubrir la belleza en su interior reservada sólo para hombres nobles y religiosos. Según sus cálculos, las hermosas columnas que tenía en frente eran hasta tres veces más altas y gruesas que las del Palacio, y quizá del mismo tamaño que las de la cisterna subterránea que había visitado con Eirene y Abel. Pero además de su sublime apariencia a plena luz del sol, un vapor blanco emanaba de su interior y un olor extraño pero agradable rondaba en los alrededores. Los niños intuían entonces con emoción que su llamado al templo sería una ocasión especial para ellos y para toda la ciudad.

-PRÓETUS: (Dirigiéndose seriamente a los niños) Aquí ante ustedes tienen el templo de la diosa Atenea. Hoy, mis valientes niños, serán llevados a su interior y comprenderán mejor la razón por la que han entrenado juntos tan arduamente por más de un año. Tendrán el privilegio de ingresar al templo de la diosa de la sabiduría porque ustedes son más que simples esclavos. (Mirando a Kalós) Comprenderán, queridos muchachos, que lo que el señor Polyeidos ha querido para ustedes no es la humillación. Por eso mi señor ha ordenado buscarte a pesar de que hubieras decidido huir del Palacio. (Mirando hacia el templo) Él quiere que ustedes se conviertan en grandes hombres, y el que ustedes estén viviendo en el Palacio no es casualidad. Los cinco vienen de diferentes lugares; unos son hijos de granjeros; otros ni siquiera pudieron conocer a su familia; y tú, Kalós, eres el único sobreviviente de la casa real de Éfira. Pero todos ustedes, niños, a pesar de esas diferencias, tendrán la misma oportunidad; la de convertirse en grandiosos guerreros al servicio de mi señor, de esta polis y de la diosa.

Luego de escuchar las palabras de Próetus, los cinco huérfanos fueron llevados por algunos centinelas del templo al interior de éste, dejando atrás a su pedagogo y pedotriba. Ascendieron 20 amplios escalones de piedra y se adentraron en la solemne estructura, adornada con flores blancas y rosadas, con plateados cirios encendidos a plena luz del día, y saturada de un vaho blanco y espeso que no dejaba vislumbrar el fondo del santuario. En las paredes del lugar pudieron observar numerosos y coloridos tejidos con imágenes de la diosa Atenea. En otros había imágenes bordadas de héroes y criaturas que no pudieron reconocer, a excepción de unos cuantos mostrando al inteligente Odiseo, a la Gorgona Medusa y a la desafortunada Aracné.

De entre toda la magnífica decoración del templo, lo que más les llamó la atención a los niños fue un enorme tapiz bordado con la figura de Belerofón y Pegaso bebiendo de un manantial, quizás de alguna de las fuentes de Pirene. Los cinco huérfanos se encontraban admirando el tapiz a la luz de los cirios cuando Polyeidos les habló desde lejos, oculto tras el vapor del templo que como una cortina cubría hasta el último lugar del recinto sagrado.

-POLYEIDOS: Bienvenidos sean, niños, al templo de la diosa Atenea. Es un lugar sagrado en el cual se deben despojar de toda vanidad, arrogancia, de toda hybris, y deben procurar no hacer mucho ruido. Atenea es la diosa de la sabiduría y la filosofía; de los hermosos trabajos bordados y los lienzos tejidos, Atenea Ergane; y del metal del que están hechas las armas y las armaduras, Atenea Promacos. También es la diosa de la guerra y de la paz, pero todo esto ustedes ya lo saben y lo han estudiado día tras día.

Entonces el anciano apareció silenciosamente tras los niños, ataviado con una toga púrpura y dorada y sin bastón. Su expresión era severa, y su presencia solemne, adecuada para el templo y para los rituales religiosos de los que estaba encargado. “Acompáñenme,” les dijo, y los seis, ya sin los centinelas del santuario que los habían escoltado, se dirigieron a través de otras escalinatas a una habitación iluminada por muchos cirios y con una abertura en el techo por donde entraba la luz del sol. En el centro del lugar había un altar de piedra rodeado de numerosas ánforas de barro; y tras el altar se encontraba una hermosa estatua de mármol y oro de la diosa Atenea sobre un pedestal, con un búho sentado en su hombro, y portando su armadura. En su mano derecha llevaba una estatuilla de oro de la diosa de la victoria, Nike, en su izquierda una lanza.

-POLYEIDOS: Éste es el lugar donde elevo mis plegarias a la diosa Atenea. Aquí he pasado la mitad de mi vida llevando a cabo rituales en su nombre como agradecimiento a la paz que reina en esta polis y a la belleza y fertilidad de esta región. (Colocando su mano sobre el hombro de Abel) Sé que la belleza de la escultura de la diosa es para quedarse admirándola por horas, pero a nuestra derecha, allí en ese muro, hay algo que sé que les interesa mucho, y es la razón por la que los he traído a este templo…

Siguiendo las indicaciones de Polyeidos, los niños dirigieron su mirada a la derecha, hacia el muro que le había señalado el anciano. Vieron entonces un cofre cuadrado de bronce sobre una base de piedra, atado a dos columnas por cuatro gruesas cadenas de hierro. Cuando se acercaron más para poder observar mejor los detalles de aquel cofre, descubrieron sorprendidos que el mítico caballo alado con el que soñaban tanto estaba tallado en los lados del arca. “He ahí la armadura de Pegaso,” dijo el anciano a los deslumbrados niños, “resguardada por muchos años en esta ciudad, esperando por un portador digno que la sepa usar sabiamente en nombre de la justica y la paz.”
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Friday, 6 November 2009

XII

XII.
CASTIGO

A la mañana siguiente y el resto de días de esa semana todo el personal de esclavos fue interrogado y reprendido por el iracundo Polyeidos. Enviaron a 15 sirvientes a caballo, entre ellos Próetus, a buscar a Kalós día y noche por toda la región. El entrenamiento, que por un año los huérfanos habían llevado día tras día sin descansar, fue suspendido, y los cuatro niños fueron castigados con una reducción a la mitad de las raciones de comida que recibían. Polyeidos los reunía varias veces al día y los sometía a un duro interrogatorio buscando culpables ante la impotencia que sentía por el escape del huérfano. Ninguno de ellos había visto nunca a Polyeidos tan enfadado, y no comprendían del todo que la fuga de Kalós hubiera causado semejantes estragos en el temperamento del anciano y en las rutinas del Palacio.

Ni Eirene ni sus dos amigos habían dicho una sola palabra a nadie sobre los eventos ocurridos en la noche en que Kalós despareció del Palacio. Temían que el niño nunca fuera encontrado y que la ira de Polyeidos recayera completamente sobre ellos. Además, el abuelo de Eirene se había disgustado tanto que había enfermado y suspendido sus visitas diarias al templo de Atenea, haciendo retumbar todos los rincones del Palacio con su enfado durante la luz del día y lanzando miradas acusadoras a sus huérfanos cada vez que se los encontraba. El remordimiento de consciencia quebraba poco a poco el temor de Abel, y en secreto le había comentado a Beler sus intenciones de revelarle lo ocurrido a Polyeidos.

-BELER: Te lo prohíbo, Abel. Será otro de nuestros secretos. Ni siquiera soy capaz de imaginar que nos podría ocurrir si Polyeidos se enterara de lo ocurrido.

-ABEL: (Mirando al suelo) Sé que no nos va a expulsar del palacio o a vender en el mercado de esclavos… quizás sólo nos dé una tunda.

-BELER: Pero con lo enfadado que está, ¡sería una tunda que nos dejaría lisiados de por vida! Además, ya no nos podríamos encontrar con Eirene para ir a las Fuentes.

-ABEL: De todas maneras la vigilancia del palacio en las noche ha sido aumentada… ya no podremos ir de nuevo.

-BELER: Seguramente si esperamos algunos días encontraremos una forma para ir. Pero por lo pronto guarda nuestro secreto; ¡no se lo digas a nadie! No importa que nosotros tres hubiéramos estado con Kalós cuando huyó del Palacio. El muro del huerto nunca supuso un obstáculo para los demás huérfanos si se hubieran propuesto escapar. Kalós simplemente decidió hacerlo ese día; quizás lo tenía pensado desde hacía mucho tiempo. No fue nuestra culpa ni fuimos cómplices de su escape.

-ABEL: Pero el señor Polyeidos sabe que hemos hecho algo indebido. Lo sé por la forma recriminadora en que nos mira. No mira así a Delíades y a Ganímedes… sólo a nosotros dos. El ve la culpa en nuestros ojos, pero aun así todos en el Palacio están siendo castigados por igual.

-BELER: (Pensando en la mirada de Polyeidos) Yo también me he dado cuenta de eso, y no entiendo por qué… pero ya verás que con el tiempo se le pasará el enfado.

-ABEL: (Continuando con su preocupación) Y también ha enfermado terriblemente, se la pasa todo el día tosiendo… De verdad me siento muy mal con él. He pensado que lo mejor es que le cuente que yo estuve con Kalós la noche en que escapó del Palacio. Así, ni Eirene ni tú serán castigados y quizás algún día podrán volver juntos a las Fuentes a buscar la lluvia de estrellas…

-BELER: (Enfadado con la resolución de su amigo) ¡Pero qué dices! ¿Por qué siempre quieres cargar con el peso de todos? ¡No seas tonto, Abel! Mejor espera unos días para ver cómo se desarrollan las cosas. Además, no sé por qué hay tanto alboroto con la desaparición de Kalós… ¡ese muchacho era un pesado! Estaremos mucho mejor sin ese engreído en el Palacio; especialmente tú.

Beler, a pesar de lo que le había dicho a Abel, no sabía cómo sentirse con respecto a la fuga de Kalós. Si bien su arrogancia y altanería le molestaban mucho, sus comentarios malintencionados y sarcasmos hacían divertida la instrucción de Próetus y los días nunca eran aburridos. Además había algo en Kalós que Beler admiraba, que era exactamente lo que a Eirene le gustaba del muchacho: Su convencimiento de ser alguien importante y de estar destinado para asuntos superiores a diferencia de las demás personas a su alrededor. Aquella convicción le daba un aura especial a Kalós y credibilidad a sus pedantes comentarios. Su presencia presumida era una luz alegre que Beler extrañaba en el Palacio, en donde entonces se respiraba un aire de amargura y monotonía.

Por su parte, Eirene no sabía qué pensar del chico que tanto le gustaba. No entendía por qué había huido del palacio si su abuelo les ofrecía a los huérfanos una mejor vida que la que llevaba incluso ella, que pasaba todos los días recluida en el Palacio. A veces dejaba volar la imaginación y fantaseaba con que Kalós, hecho un hombre, regresaba sorpresivamente una noche y, en secreto, la raptaba para ir a vivir a un lugar lejos de Grecia y del palacio de su abuelo. A veces, cuando el resto de individuos en el Palacio dormía, también soñaba con los ojos abiertos que, bajando a la cisterna, la estatua con alas de oro en la tumba de su padre comenzaba a parpadear y a hablarle con la voz de Kalós y a mirarla con sus ojos. Pero cuando Eirene despertaba y ponía sus pies en la tierra, recordaba cómo se había negado a ayudarla a escalar el muro y entonces sentía una gran decepción.

Con el pasar de la semana, Polyeidos, con su salud empeorando cada vez más, comenzaba a perder las esperanzas de ver regresar a Kalós al Palacio. Pasaba la mayor parte del día en el mausoleo subterráneo, cabizbajo y sentado sobre el féretro de mármol, mirando la estatuilla alada y reflexionando sobre sus actos y el futuro. En una de esas tardes en la cisterna, mientras Polyeidos se ahogaba en la culpabilidad e impotencia que sentía, Próetus apareció en el Palacio acompañado por dos guardias corpulentos y por Kalós, lleno de moretones y atado apretadamente con sogas. Lo habían encontrado en Ephyra, a punto de ser linchado por la gente del mercado después de haber sido visto robando varias veces y de lastimar a varios ciudadanos por quitarles sus pertenencias.

En frente de todos los habitantes del Palacio, Kalós fue amarrado a una columna en el huerto y golpeado severamente con un palo en la espalda, las piernas y las manos hasta que llegó la noche. Todos observaron en silencio, Abel e Eirene más horrorizados que los demás, cómo Kalós, por órdenes de Polyeidos, era lacerado estrictamente por Próetus como castigo a su grave delito. A pesar de los golpes, nunca abrió la boca para decir palabras ni para gritar. Sólo escupía al suelo y miraba rencorosamente a Polyeidos y a Eirene. Además de la paliza, Polyeidos ordenó que le redujeran drásticamente las raciones de comida y que no recibiera el entrenamiento de Próetus por dos semanas, permaneciendo con los demás esclavos en el Palacio llevando a cabo labores domésticas.

A pesar de que Abel ofreció su ayuda, Polyeidos quiso que fuera Beler quien se quedara aquella noche en el huerto con Kalós lavándole las heridas y ayudándole a comer antes de ir a dormir. Cuando estuvieron solos, bajo la luz de la luna nueva, ninguno de los dos muchachos pronunció palabra. Beler se limitó a acompañar al otro niño mientras éste terminaba de comer con dificultad el mendrugo de pan que le habían dejado como cena. Las heridas más serias que tenía no habían sido causadas por Próetus sino por los furibundos habitantes de Ephyra, que, una vez pudieron atrapar al ladrón, lo habían pateado varias veces en el estómago y le habían dado golpes en la cara, quebrándole varios dientes y dejándole el ojo derecho morado.

Kalós no había terminado de comer su miserable cena, cuando Eirene apareció en el huerto acompañada por dos esclavas. Lentamente se acercó a los dos muchachos y se arrodilló a unos pasos de Kalós, sin llegar a imaginarse el dolor que el niño estaba sintiendo en aquel momento. Miró a también a Beler, sin pronunciar palabra, pero comunicándole con una sonrisa que su amistad estaba a salvo gracias al silencio de Kalós, quien pudo haber mencionado que los tres se estaban encontrando para salir del Palacio e ir a las Fuentes, pero por algún motivo y contra toda predicción no lo había hecho. Eirene estaba allí para intentar agradecer con un gesto la resistencia y el silencio del chico.

-EIRENE: (Tocando con su mano la mejilla de Kalós, sin importarle que allí estuvieran sus esclavas custodias) Gracias, Kalós…

Antes de que Eirene dijera algo más, Kalós escupió sangre y saliva a la cara de Eirene, dejando a la niña, a las esclavas y a Beler atónitos ante lo sucedido. Eirene se paró lentamente, intentándose limpiar el escupitajo de la cara con su vestido blanco. Estuvo al borde de las lágrimas, pero se contuvo y se plantó firmemente para escuchar las palabras del abatido niño.

-KALÓS: (Intentando con dificultad ponerse en pié también) No creas que me he quedado en silencio por ti, pequeña fastidiosa. (Mira fijamente a Eirene) Te odio incluso más que a tu abuelo. No te soporto. No me vuelvas a tocar…
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Sunday, 1 November 2009

XI. Talentos

XI.
TALENTOS


A la mañana siguiente, todo transcurrió normalmente en las Fuentes de Pirene. El sol de verano brilló intensamente sobre las cristalinas aguas y los cinco niños prestaron toda la atención que pudieron a las enseñanzas de Próetus. Escucharon el relato mitológico sobre Perseo y Andrómeda, y sobre la terrible Gorgona; repasaron muchas veces los nombres de algunas estrellas; intentaron mejorar su caligrafía bajo la sombra de los árboles; y hasta tomaron un receso para bañarse y nadar en las frescas aguas de las Fuentes, todos a excepción de Delíades y Ganímedes que le tenían pavor al agua.

-KALÓS: (Flotando en la fuente) ¡No sean cobardes! El agua está deliciosa. ¡Vamos! ¡Gallinas!

-GANíMEDES: (Furioso, al pié de la Fuente) ¡Ven hasta aquí y repite lo que acabas de decir!

-KALÓS: (Nadando lentamente hacia los gemelos) ¿Qué acaso quieren que vaya por ustedes y los traiga a rastras hasta el agua? ¡Vamos, pequeños! Es la época perfecta para que ustedes dos aprendan a nadar.

-DELÍADES: (Retrocediendo dos pasos y arrastrando a su hermano con él, alejándose del borde de la Fuente) No nos fastidies más. Ya todos ustedes saben que no nos gusta nadar. Sigue hablando demás, Kalós, ¡y esta tarde te daré una paliza que no olvidarás jamás!

-KALÓS: (Riendo y regresando a nadar) ¡Gemelos cobardes!

Eirene, custodiada por dos esclavas y bajo la instrucción de un famoso músico en la región, aprendía a tocar la lira en su habitación mientras miraba el brillo del sol a través del balcón y pensaba en sus amigos huérfanos. En ocasiones perdía el control de su imaginación y veía cómo un ave de los colores del arcoíris se posaba en el balcón y le proponía un paseo a las fuentes de Pirene para visitar a los niños; o comenzaba a escuchar los relinchos impacientes y el batir de alas de Pegaso, que la esperaba en el huerto para escapar del Palacio. En los recesos, Eirene a veces salía al balcón, y observando el muro del huerto, recordaba cómo Beler había saltado tan fácilmente con ella a sus espaldas. Y también recordaba el rostro del apuesto Kalós y comenzaba a fantasear con una visita sorpresa del muchacho a su dormitorio en las horas de la noche. Ese día estaba especialmente emocionada por los niños, ya que éstos comenzarían después de la segunda comida la instrucción en el manejo de armas.



Próetus llevó a los niños a una pradera al noroccidente de Pirene, seguido de los dos esclavos más corpulentos del palacio de Polyeidos, y llevando una carretilla halada sin mucho esfuerzo por un borrico. Un par de pastores curiosos y sus rebaños de ovejas se acercaron al lugar para ver qué era lo que ocurría. Descubriendo la carretilla y revelando algunos arcos viejos, saetas de madera y lanzas de bronce amontonadas, Próetus les dio a escoger a los niños la primera arma griega que aprenderían a usar. Los ojos de los niños, a excepción de Abel, brillaron ante los nuevos juguetes que Próetus les enseñaría a usar. Abel sabía que las armas eran usadas para asesinar y lastimar personas, que eran usadas en las guerras que tanto repudiaba. Incluso el sólo pensar en lastimar un animal con alguno de aquellos artefactos lo hacía sentir disgustado.

Eligieron por mayoría, con el pesar de Kalós que siempre optaba por llevarle la contraria a los demás, aprender a usar primero el arco y la flecha. Prefirieron dejar el entrenamiento en la lanza para el próximo mes porque se les pareció a la forma de la jabalina que ya creían dominar completamente. A pesar de lo mucho que querían manipular las armas, Próetus les habló por largas horas sobre los héroes griegos que se habían destacado por el uso del arco y la flecha. También les habló de los dioses gemelos Atemisa y Apolo, quienes usaban esta arma; y de los arqueros Persas, quienes aprovechaban la fuerza de los arqueros más efectivamente que las tropas Griegas. Pronto se les hizo tarde y, sin llegar a tocar las armas ni una sola vez, regresaron decepcionados al gimnasio al interior de la polis para su entrenamiento en la lucha cuerpo a cuerpo y el lanzamiento de disco y jabalina.

Allí, siendo primero ungidos por Próetus con finos aceites, los cinco niños, desnudos, se enfrentaban en combates que eran la sensación de la ciudad. La mayoría de los hombres libres más importantes de Pirene, luego de escuchar las discusiones de los filósofos en el gimnasio, se dirigían a presenciar el espectáculo que los hijos de Polyeidos ofrecían día tras día a sus espectadores. A pesar de que eran niños de seis y siete años, sus cuerpos desarrollados por el arduo entrenamiento aparentaban ser de más edad. Especialmente los gemelos eran dos niños curiosamente corpulentos y a los que no les sobraba una gota de grasa en el cuerpo. Siempre salían victoriosos de los combates, incluso con atletas de muchos años de experiencia. Aquel día no fue la excepción, y Ganímedes, enfrentándose a Kalós y haciéndole pagar su humillación en las Fuentes, enseñó al público sus talentos y dominó al otro niño que, a pesar de ser mayor y más alto, no pudo con la rapidez y las técnicas avanzadas de su contrincante.


Delíades también asombró a los demás atletas derrotando sin dificultad a un hombre de 23 años que tenía fama de ser experimentado en la lucha. El niño se valía de una fuerza enorme, impropia de una persona de su edad, y del entusiasmo que le ponía a los enfrentamientos, los que siempre comenzaba con una amplia sonrisa en su rostro que confundía a sus oponentes y demostraba su seguridad. Ninguno de sus compañeros huérfanos le había ganado hasta entonces. Al único que le costaba trabajo derrotar era su propio hermano, Ganímedes. Cuando ambos se enfrentaban en el gimnasio, terminaban con lesiones serias y huesos fracturados, por lo que Próetus evitaba organizar encuentros entre los dos niños.

Además de la emoción del reto que le significaba el luchar con Ganímedes, Delíades también disfrutaba los encuentros con el silencioso Beler, quien, a pesar de la obvia diferencia de peso y fuerza entre ambos, lo igualaba en entusiasmo a la hora de los enfrentamientos. En ocasiones, Delíades cometía el error de sentir compasión por el tamaño de Beler, y lo pagaba con creces al ver cómo perdía el dominio del combate y era lanzado fuertemente contra el suelo por el mudo, como aun le llamaban. Otro aspecto de Beler que complacía a Delíades era que nunca se daba por vencido, a pesar de encontrarse en las peores situaciones y completamente paralizado por las técnicas de sus oponentes. Lo contrario ocurría con Abel, quien desde el comienzo de los combates, sin importar el contrincante, demostraba una posición evasiva, y no le importaba dejarse derrotar con tal de acabar rápidamente los encuentros.

La personalidad pacífica y pasiva de Abel había hecho que otros atletas en la palestra se alejaran de él. En la polis lo consideraban un niño débil, inferior a sus compañeros en habilidades y actitud. Próetus pensaba que el niño encontraría su camino como un gran astrónomo o un filósofo; pero, a pesar de la sugerencia de Próetus de que Abel no llevara el mismo tipo de entrenamiento que los demás, Polyeidos insistió en que el niño continuara recibiendo la educación en deportes y en armas. Aunque el pequeño rubio no lo decía, la expresión en su rostro comunicaba que no había nacido para luchar como un soldado o para ser un atleta. Siendo Abel el mayor de los huérfanos y el más antiguo de ellos en el Palacio de Polyeidos, Delíades y Ganímedes se comportaban gentilmente con él y lo admiraban por sus conocimientos e inteligencia; pero a pesar de esto, lo evadían y preferían no hablarle. Por su parte, Kalós aprovechaba cada encuentro que tenía con Abel para hacerlo sentir inferior.

A los ojos de los demás, Kalós siempre estaba buscando la forma de humillar a Abel. Sin embargo, en la mente de Kalós, lo que buscaba con sus palabras mordaces y palizas era intentar hacer reaccionar al pasivo niño; buscaba la forma de hacerle recordar que los cinco huérfanos esclavos estaban todos en las mismas condiciones en el Palacio y que debían convertirse en guerreros excepcionales para obtener su libertad. Sin embargo aquella tarde Abel se enfrentó a Beler y no a Kalós, y al tener en mente que su oponente era también su amigo, luchó con más entusiasmo del acostumbrado. A pesar de esto y del ambiente de camaradería del enfrentamiento, fue sometido por Beler con mucha facilidad.

-KALÓS: (Gritándole a Abel desde las graderías al terminar el encuentro) ¡Pero qué decepción! ¡Le has dejado ganar nuevamente! ¡Tendrías que haberlo sujetado con más fuerza hasta hacerlo gritar para que todos se den cuenta que no es mudo!

-PRÓETUS: Ya basta Kalós, ¡déjalo en paz! Tú mismo acabas de perder contra Ganímedes hace un momento.

-KALÓS: (Ignorando las palabras de Próetus) ¡Abel! ¡La próxima vez que me toque enfrentarme a ti te demostraré cómo tendrías que haber sujetado al mudo! ¡Te voy a hacer llorar para que no se te vaya a olvidar cómo es que deberías luchar!

Cuando Próetus y los cinco niños regresaron al Palacio, Eirene los esperaba con una sonrisa desde el balcón de su claustro. Próetus saludó a la niña con la mano, y los otros niños se limitaron a contestarle riendo también, a excepción de Kalós, que siguió derecho y cruzó el jardín para buscar comida en el Palacio. Eirene, un tanto molesta con la actitud de Kalós, regresó a su recámara, pero allí comenzó a bailar sola pensando en lo irreverente y apuesto del muchacho y en lo diferente que era a los demás huérfanos. Bailó por mucho tiempo sin saber que en el segundo día de la próxima semana Kalós estaría presente en el encuentro pactado con Abel y Beler para ir una vez más a las Fuentes de Pirene.

La semana pasó rápidamente sin ninguna sorpresa más que la impresionante destreza y puntería que Beler había demostrado en la nueva instrucción en tiro con arco. Había llegado la hora de la cita entre los tres chicos en el huerto. Como la última vez, Eirene había sido la primera en llegar al lugar del encuentro. Cuando los tres huérfanos aparecieron bajo el umbral que conectaba el huerto con los salones, Eirene quedó petrificada bajo la luz de las estrellas que adornaban la hermosa noche sin luna.

-ABEL: (Dirigiéndose a la sorprendida Eirene) Hemos invitado a Kalós a venir con nosotros; espero que no le incomode, señorita Eirene.

-EIRENE: (Luego de tragar saliva) ¿Por qué has venido, Kalós?

-KALÓS: (Confundido y mirando desconfiado a Beler) Creí que había sido invitado por usted, Eirene.

-BELER: (Dirigiéndose a Eirene) Hemos despertado a Kalós cuando regresamos de las Fuentes hace una semana, y para compensarlo, lo hemos invitado a venir con nosotros.

-KALÓS: Pero eso no fue lo que me dijiste aquella noche, mudo. Me dijiste que ella…

-BELER: (Interrumpiendo a Kalós y avanzando hacia el muro riendo) Bueno, no importa. Ya no recuerdo cómo fueron las cosas. Lo importante es que los cuatro queremos ver la lluvia de estrellas. Deberíamos darnos prisa, tengo muchas ganas de volver a ver el firmamento desde las Fuentes.

Mientras Beler comenzaba a escalar el muro, los otros tres chicos se quedaron confundidos y sin pronunciar palabra. Kalós comprendió entonces que Beler le había mentido aquella noche para evitar problemas; Eirene se sintió tímida ante el chico que tanto le gustaba, y no sabía qué hacer o hacia dónde mirar; y la tensión en el ambiente era percibida por Abel, quien pensaba en cómo hacer de conciliador entre sus tres amigos. El silencio fue interrumpido por Beler, que los llamaba desde arriba del muro.

-BELER: ¿Qué esperan? Hoy presiento que veremos la lluvia de estrellas… ¡o al menos una estrella fugaz!

-KALÓS: (Acercándose al muro) ¿Y nos marcharemos escalando este muro? ¿Y dónde están los guardias de la entrada del Palacio?

-BELER: No sé, dormidos, supongo. La semana pasada tampoco se hicieron presentes. ¿Qué esperas? ¡Vamos, el muro no es tan alto!

Con la misma facilidad con la que Beler había escalado el muro, Kalós se trepó a su lado. Desde allí dio la espalda al Palacio y observó lo amplio del horizonte a través de los techos de la ciudad. Entonces, Eirene y Abel se acercaron al muro también y la niña, dirigiéndose a Kalós tímidamente, pidió su ayuda para ir al otro lado del muro. “Olvídalo, niña. Hazlo por ti misma” le respondió el muchacho, y diciendo esto saltó y cayó en el suelo al otro lado.

-ABEL: (Sonriéndole a la niña) Si quiere, yo la puedo ayudar señorita Eirene.

-EIRENE: (Sintiéndose desilusionada y retada por las palabras groseras de Kalós) ¡No! ¡Quiero que Kalós sea el que me ayude!

-BELER: (Saltando y cayendo sin hacer ruido a un lado de Eirene) ¡Vamos, Eirene! Kalós ya está al otro lado del muro, y creo que sabes cómo es él. Súbete a mi espalda para que podamos ir rápido a las Fuentes.


La irritada niña, apretando los puños, llamó una vez más a Kalós en voz baja y, al no obtener respuesta alguna, aceptó la ayuda de Beler y subió sobre su espalda como lo había hecho días atrás. Abel, preocupado con la idea de ser descubiertos por los otros esclavos a causa del escándalo en el huerto, revisaba una y otra vez con la mirada los balcones y las entradas al Palacio. Mientras tanto, Beler y Eirene escalaron el muro y llegaron al otro lado para descubrir, desconcertados, que Kalós no estaba en los alrededores.
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