Tuesday, 13 October 2009

VI: LA DESTRUCCIÓN DE ALEION


PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO



VI.
LA DESTRUCCIÓN DE ALEION

Eirene, sonrojada, se aferró fuertemente con sus frágiles brazos y piernas al cuerpo de Beler, quien pudo sentir el corazón de la niña latiendo enérgicamente mientras él escalaba con la misma facilidad con la que lo hizo solo anteriormente. Abel, ya al otro lado de muro, pudo ver cómo ambos niños aparecieron por encima del murallón y de un salto cayeron a su lado, despertando a algunos perros pequeños que se les acercaron y olfatearon hasta perder su curiosidad.

-ABEL: (Acuclillándose para acariciar uno de los canes) No tenga miedo, señorita Eirene. Sólo son perros juguetones.

-EIRENE: (escudándose con la espalda de Beler) No les tengo miedo; pero sus narices están frías y húmedas y me hacen cosquillas en las piernas…


-BELER: Recuerda que mañana nos tienes que llevar a esta misma hora a la habitación secreta del Palacio. Ése fue el trato si te traíamos con nosotros.



-EIRENE: No se me va a olvidar. Sólo tienen que esperarse hasta mañana para que yo pueda conseguir la llave en la habitación de mi abuelito. Soy una dama de honor y siempre cumplo mi palabra. Ya verán.


-BELER: Eso esperamos. Ahora, vamos rápido que tenemos que estar de regreso antes de que salga el sol.


-ABEL: (Poniendo una mano en el hombro de Beler, quien ya comenzaba a aumentar el paso) ¡Espera! Antes que vayamos a las fuentes, hay algo que te quiero preguntar. Me acabo de dar cuenta de que no nos has dicho cuál es tu verdadero nombre.


-BELER: (Sonriendo ante la mirada expectante de Abel y Eirene) Beler me gusta. Es el nombre de un héroe y es poco común.


-ABEL: Ése fue el nombre que te dio Próetus; pero, ¿cuál es el nombre que tenías antes de llegar a Pirene, cuando aun vivías en Aleion?


-BELER: (sonriente) Ya te dije, Beler me gusta. No me importa mi nombre antiguo, ya ni me acuerdo de él… ¡Vamos! ¡Debemos apresurarnos para poder regresar al palacio a tiempo!


Entonces, Abel vio en la mirada de Beler que él estaba dispuesto a vivir su nueva vida como uno de los hijos de Polyeidos, dejando atrás los recuerdos dolorosos de los primeros días de su infancia. Como los demás huérfanos que habitaban en el palacio, Beler había estado olvidando poco a poco a sus padres e incluso había dejado atrás su nombre original. Todo esto era algo que Abel no lograba asimilar a cabalidad. Mientras caminaba con sus dos amigos rumbo a la muralla occidental de la ciudad, miraba el mar de constelaciones que le ofrecía la noche intentando descubrir en ellas alguna pista que le indicara si alguna vez sabría del paradero de su madre o de su padre, o del supuesto hermano que lo había abandonado en Pirene.


Para aligerar el paso, Beler había vuelto a cargar sobre su espalda a Eirene, a quien, a pesar de sonrojarse nuevamente, le pareció una buena idea. Durante el camino, recordaron los mitos sobre las fuentes de los que tanto hablaba Próetus en sus entrenamientos. Hablaron de Belerofon y Pegaso; de cómo el caballo había nacido de la cabeza de Medusa tal cual Atenea había nacido de la cabeza de Zeus; y de si portaba los rayos para el dios del trueno o si servía al dios de los mares…




Eirene, abrazada a la espalda de Beler y con las piernas al aire, escuchaba extasiada las palabras de Abel sobre los mitos de las fuentes, imaginándose lo feliz que habría sido si hubiera podido acompañar a los huérfanos día tras día en las fuentes bajo el sol y en el gimnasio. Para ella fue una noche hermosa y memorable, donde las estrellas bajaban lentamente a Gea en forma de luciérnagas, y la compañía de ambos niños le hacía olvidar el aburrimiento y la soledad a los que estaba sometida en el palacio.


La conversación que Beler había tenido con Abel sobre su nombre lo había dejado ensimismado. Mientras llevaba a Eirene a cuestas y simulaba escuchar los relatos de Abel, Beler recordaba su despertar aquella mañana en mitad de la nada, luego de haber visto cómo un demonio enmascarado asesinaba a sus padres en frente de sus ojos. Eran imágenes que ya no quería recordar, pero que habían estado rondando sus sueños muchas noches desde que llegó a Pirene. Recordaba también cómo hacía un año, en medio de la noche, lo despertaron su asustado padre y el humo proveniente del incendio en su casa. Salieron los tres, padres e hijo, por la ventana del dormitorio, ya que la entrada principal estaba en llamas, y afuera se encontraron con un infierno que nunca se hubieran podido imaginar ni en sus peores pesadillas.


Aleion estaba en llamas y todas las familias intentaban huir hacia las afueras del poblado para sobrevivir al violento ataque de unos malhechores enmascarados a caballo. Entre todos los ruidos que les inundaban los oídos, los más claros eran el crujir de las casas en llamas, el galope de los caballos, y los gritos de los habitantes, quienes eran perseguidos y alcanzados rápidamente por los ágiles asaltantes.


Aquella noche del pasado, en la que inmensas nubes de humo cubrían las estrellas en las alturas, Beler y sus padres no entendían por qué un poblado de granjeros desarmados, sin riquezas ni enemistades de ningún tipo, estaba bajo tan vil ataque. Como las demás familias, ellos intentaban huir hacia un bosque cercano, esquivando las llamas e intentando no pisar los cuerpos desmembrados o chamuscados de los que algún día fueron sus vecinos y amigos. Beler, aturdido por los gritos de pánico en todo el pueblo, cerraba los ojos fuertemente para no ver los charcos de sangre en el suelo o el rostro tiznado y aterrorizado de su madre. Era guiado por su padre, quien lo llevaba agarrado firmemente de la mano, casi arrastrado. A veces en su camino se topaban con alguno de los enmascarados a caballo persiguiendo incluso a niños para darles muerte con su espada, obligándolos a cambiar de dirección y buscar una nueva salida para lograr la supervivencia.


A pesar de llevar a su familia a salvo a través de los peligros del pueblo en llamas, el padre de Beler, habiéndose quedado unos pasos atrás, fue degollado brutalmente por la espada de una sombra enmascarada de cuatro patas que apareció de repente. Beler quedó petrificado ante la horrible escena y ante el grito horrorizado de su madre, quien aun tuvo las fuerzas para correr llorando hacia el cuerpo decapitado del padre de su hijo y arrodillarse ante él. Entonces, el jinete asesino bajó con calma de su caballo, con la sangrienta espada en la mano derecha, y se paró enfrente de la desconsolada mujer.


La vestimenta negra del asesino se confundía con la oscuridad infinita que comenzaba a rodear la escena. Sus musculosos brazos y muslos al descubierto brillaban a la luz del fuego de Aleion, y su color cobrizo contrastaba con la negra capa con capucha que le cubría la cabeza, el torso, y el hombro izquierdo, y que parecía flotar en el caluroso viento que acompañó la masacre esa noche. Pero el detalle del jinete que más le perturbó el espíritu a Beler fue la máscara plateada que portaba, la cual tenía pintados dos ojos rojos y perversos, y una sonrisa burlona. La malvada expresión de la máscara se incrustó en la mirada de Beler; le lastimó los ojos y le paralizó el cuerpo. El terror lo invadió por completo. Al ver cómo sólo a unos pasos el enmascarado preparaba su espada, a punto de dirigir el golpe contra su madre, Beler perdió el conocimiento.

Al siguiente día, Beler despertó misteriosamente bajo un sol candente, tirado en medio de un camino polvoriento que no conocía, con algunos raspones en su cuerpo y un mendrugo de pan insípido sobre su pecho que le sirvió para llenar el estómago por varias horas. Galopes de caballos y gritos aterrorizados pululaban en su mente, pero el recuerdo vívido de la máscara del asesino de sus padres lo hizo palidecer y comenzar a delirar. Sentía que el jinete estaba aun buscándolo para decapitarlo como lo hizo con su padre, y escuchaba el galope del caballo acercándose cada vez más. Estuvo corriendo, alejándose de su monstruo imaginario, por casi dos días, hasta que fue encontrado por Próetus y llevado a la blanca ciudad en la que ahora caminaba con Abel e Eirene bajo las estrellas. Los tres niños habían ya atravesado las murallas sin guardia de la polis y, unos metros más adelante, tuvieron en frente las apacibles y luminosas fuentes de Pirene, colmadas de estrellas flotantes en sus cristalinas aguas.



Era una imagen nocturna que refrescaba el infernal clima en la mente de Beler. Las claras aguas de la fuente eran para él como un espejo que le revelaba la paz a su alrededor que había hecho tanta falta en su vida de niño. No sólo Beler se sentía sobrecogido por la belleza con que la noche, de todos los colores excepto el negro, se reflejaba en aquel mítico lugar. Los tres sentían como la luz de las estrellas, amplificada por el reflejo de la fuente que tenían al frente, les entraba por los ojos y les recorría el cuerpo de pies a cabeza, siendo transportados momentáneamente a la profundidad del firmamento, como si algún dios los hubiera elegido para representar una constelación en el cielo. Aunque Abel y Beler recibían la educación de Próetus en este lugar, era la primera vez que veían la fuente de noche.


Se adentraron en aquel hermoso lugar a través de un camino irregular hecho con columnas y gigantescos bloques de piedra blanca, hasta que llegaron a una pequeña plataforma hecha del mismo material y rodeada de agua y musgo. Allí se recostaron sobre sus espaldas, con los pies rozando el agua fresca, y se rindieron ante el espectáculo estelar, esperando por alguna lluvia de estrellas de las que hablaban Polyeidos y Próetus. Allí, en mitad de la más hermosa de las fuentes de Pirene, se sintieron parte minúscula pero indispensable de la naturaleza, y creyeron sentir el poder de los dioses que los espiaban desde algún lugar del firmamento, sin tener aun la menor idea de lo que el destino, escrito para toda forma de vida en las estrellas desde el principio de los tiempos, les preparaba a cada uno de los tres.

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Wednesday, 7 October 2009

V: REUNIÓN EN EL HUERTO


PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO

V.
REUNIÓN EN EL HUERTO




Bajo la bóveda estrellada de aquella noche de verano, Beler habló sus primeras palabras conscientes desde la noche en que Aleion había sido arrasado y sus padres habían sido asesinados. Abel, pasmado, le miraba con los ojos bien abiertos sin estar completamente seguro de haberlo escuchado hablar.



-BELER: (con mirada taciturna) Pyramus era el nombre de mi hermano mayor. Pero no sé por qué he dicho su nombre mientras dormía, ya ni recuerdo su cara ni sabría decir cuántos años tendría. Sólo recuerdo que era mayor que yo.


-ABEL: (luego de una larga pausa, sonriendo) Qué bueno que te hayas decidido a hablar. De todos los huérfanos eres mi mejor amigo y siempre has escuchado las tonterías que digo, por lo que sería más que justo que yo también te escuchara. ¡Hay que darles la buena noticia a Próetus y a los otros niños!



-BELER: (frunciendo el seño) ¡No te apresures! Les hablaré si llega a ser necesario. Con el único que quisiera hablar por ahora es contigo.



-ABEL: ¡Qué lástima! Sé que los alegraría mucho y querrían preguntarte muchas cosas… pero bueno, no importa. Entonces seré yo el único que te haga las preguntas. Sé por las conversaciones entre Próetus y Polyeidos que tu poblado fue destruido y que tus padres murieron, ¿pero entonces qué pasó con tu hermano Pyramus? (Por el silencio de Beler ante su pregunta, comprendió que le incomodaba responder) Está bien, no tenemos qué hablar de eso. Si quieres te puedo seguir contando sobre mis sueños con estrellas…



-BELER: (Aun mirando al firmamento, con ojos llorosos) No me molesta responderte… es sólo que me siento mal porque no recuerdo la cara de mi hermano ni los motivos por los se fue de casa meses antes de que Aleion fuera destrído. Y no sólo se me está olvidando mi hermano… ya casi no recuerdo los rostros de mis padres.



-ABEL: (sonriendo, para intentar consolar a Beler) Pero eres afortunado. Sabes al menos los nombres de tus padres y de tu hermano mayor. Yo ni siquiera eso sé. Estoy viviendo en este palacio desde que tengo 2 años, y lo único que Próetus sabe de mi origen, es que fui traído a esta ciudad por un muchacho que ya no podía cuidar de mí. El señor Polyeidos cree que ese muchacho era mi hermano, pero no está completamente seguro.





Beler, sin saber qué decir ante las palabras de su amigo, le tomó la mano izquierda y se la apretó gentilmente con su derecha, de la misma manera en que Abel le tomaba la mano en las noches para despertarlo de sus pesadillas. Continuaron observando las luminosas estrellas que el infinito les ofrecía, cuando de pronto sintieron pequeños ruidos que venían del interior del palacio y creyeron ver unas sombras moverse tras las columnas de piedra que sostenían el segundo nivel de la blanca edificación.



-ABEL: (sin alzar mucho la voz y soltando la mano de Beler) ¿Quién anda ahí?



-EIRENE: (saliendo lentamente detrás de una de las columnas, ataviada con un manto blanco) No se asusten muchachos, soy yo, Eirene.



-ABEL: (sorprendido con la aparición de la niña) ¿Qué hace aquí a estas horas, señorita Eirene?



-EIRENE: (acercándose a los niños) No podía dormir, tenía mucho calor y vine aquí a tomar aire fresco. Además también me gusta ver las estrellas desde el huerto en las noches de verano.



-ABEL: (dirigiéndose a Beler) Mejor regresemos al dormitorio, si Próetus u otro esclavo nos llega a ver aquí con la señorita Eirene estaremos en problemas.



-EIRENE: No, por favor. Quédense un rato más. El resto de personas en el palacio está dormido. Podemos quedarnos aquí los tres y seguir disfrutando de las estrellas y del aire fresco. (Dirigiéndose a Abel) Tú puedes seguir hablando de los astros, sé que con la ayuda de mi abuelito has aprendido mucho sobre ellos. Y tú, Beler, no tienes que seguir fingiendo que no hablas; detrás de aquella columna escuché toda la plática sobre tu hermano. Yo estaba en este huerto mucho antes de que ustedes dos llegaran.



A pesar de que Eirene hubiera preferido encontrarse con Kalós, se sentía feliz de poder compartir con niños de su edad. Siempre estaba enclaustrada en el palacio recibiendo los cuidados de las esclavas y la instrucción de los pedagogos. Desde que Beler había llegado al palacio su abuelo Polyeidos había comenzado a dedicar las horas de la luz del día en el templo de Atenea y en otros lugares públicos de la ciudad, relegando a Eirene a un segundo lugar. En numerosas ocasiones le había rogado a Polyeidos que la dejara acompañar a los niños en sus entrenamientos y visitas a las fuentes de Pirene, obteniendo siempre un rotundo “no”. La sobreprotección a la que estaba sometida la habían hecho sentir una profunda soledad, que al mismo tiempo le hacía valorar la compañía y los breves momentos que pudiera pasar con los huérfanos.



Aquella cálida noche fue eternizada por las palabras de Abel sobre los astros, quien más que un niño de siete años, parecía un erudito en astronomía, e incluso sorprendía a Beler y a Eirene emulando las palabras de Próetus y relatando de memoria sus leyendas y mitos.



-EIRENE: De verdad hablas como un viejo, Abel. ¿Estás seguro que tienes 7 años? Yo tengo también 7 y me la paso encerrada estudiando, y no creo que alguna vez llegue a saber tanto como tú.



-ABEL: (sonrojado) Pues Próetus dice que tengo habilidad natural para el aprendizaje…



-BELER: Haciendo que el envidioso Kalós te odie aun más.



-EIRENE: (Burlándose) ¡Vaya! ¡De verdad puedes hablar! Creí que te ibas a quedar callado todo el tiempo.



-ABEL: (alterado por el volumen de la voz de la niña) ¡Hable más pacito, señorita Eirene, que nos van a escuchar!



-EIRENE: A propósito de Kalós, ¿por qué no le invitamos a venir a ver las estrellas con nosotros? quizás podamos ver una estrella fugaz…


-BELER: -¿Estrella fugaz? ¿Qué es una estrella fugaz?



-EIRENE: Si yo sé poco de astronomía, tú no sabes nada. Y yo que pensé que Próetus era buen pedagogo… ¿o serás tú el que no aprende?



-ABEL: Una estrella fugaz es una estrella que se desprende del cielo y cae en algún lugar. Quizás la cadena de la que pendía no era lo suficientemente resistente…



-BELER: Pero, ¿y entonces qué pasa con las constelaciones? ¿Y qué ocurre con nuestro destino? ¿No se supone que está ya escrito en el firmamento y que no puede cambiar?



-ABEL: No sé… hay estrellas que desaparecen sin dejar rastro, e incluso hay otras que un día cualquiera nacen y hay que buscar nombres nuevos para ponerles.



-BELER: (algo consternado) Creo que entonces no me gustan las estrellas fugaces.



-EIRENE: De qué hablas, ¡si son hermosas y románticas! ¿En serio nunca has visto una? Mi abuelito dice que cuando ves una estrella fugaz tienes que cerrar y pedir un deseo, y que así, se estaría reescribiendo el destino a tu favor. ¿Qué no es algo genial?



Con las últimas palabras de Eirene, la mirada y la imaginación de Beler volaron hasta alcanzar las estrellas que los observaban esa noche. Una sonrisa, que reflejaba todos los sueños nacientes en su corazón, se dibujó en el rostro del niño, y Eirene, comprendiendo que sus palabras habían tenido tal efecto sobre Beler, a quien antes veía como una estatua, pensó que era la sonrisa más hermosa que había visto en su vida y la guardó en lo más profundo de su memoria. Y entonces, queriendo ser la causante de más sonrisas, continuó con su discurso sobre las estrellas.





-EIRENE: No sé si ya lo sabían, pero mi abuelito me contó que en las fuentes de Pirene se pueden ver, si se cuenta con suerte, hermosas lluvias de estrellas en las noches despejadas.


-ABEL: Próetus también las ha mencionado en su relato; pero creo que es sólo eso, un relato fantástico.


-EIRENE: Te equivocas. Mi abuelito me ha dicho que la noche en que yo misma he nacido hubo una hermosa lluvia de estrellas en las fuentes.


-ABEL: Pero yo ya llevo viviendo en esta ciudad casi seis años, y nunca he visto tal cosa aunque me mantenga observando el cielo.


-EIRENE: Eso es porque estamos al interior de Pirene, y las lluvias de estrellas sólo ocurren en las cercanías a las fuentes.


-BELER: Aun falta mucho para que salga el sol, ¿por qué no nos damos una vuelta por las fuentes? Quizás hoy mismo podamos ver una lluvia de estrellas.


-EIRENE: (con los ojos y el corazón vibrando de emoción) ¡Eso sería genial!


Ante la mirada sorprendida de Abel, quien aun no creía la resolución de su amigo, Beler comenzó a escalar con mucha facilidad uno de los muros del huerto. Cuando Beler estuvo parado encima del muro, miró a los otros dos niños y los invitó a alcanzarlo con un gesto de sus manos y su mirada. Eirene también había quedado estupefacta ante la facilidad con la que Beler había escalado un muro que suponía una gran seguridad para el palacio ante intrusos.


-BELER: (mirando con fascinación la panorámica de tejados de la ciudad) ¡Vamos! ¡Qué están esperando! ¡Desde aquí la vista está genial!


-ABEL: (pensando en los riesgos de sus actos) ¡Baja la voz! ¿Estás seguro que aún falta mucho para la salida del sol? Todo esto me parece un tanto apresurado, creo que lo deberíamos pensar mejor…


-BELER: No te preocupes tanto; y no hay nada qué pensar, ¡vamos a las fuentes a ver la lluvia de estrellas!


-EIRENE: (al ver, aun estupefacta, como Abel también se disponía a escalar fácilmente el muro del huerto) ¡Oigan! ¡Yo no puedo hacer eso! No tengo la habilidad que ustedes dos tienen, además creo que me estropearía las manos y las uñas.


-BELER: (Extendiéndole una mano a Abel que ya le alcanzaba) ¡Vamos, Eirene! Seguro que tú también puedes hacerlo.


-EIRENE: (ofuscada) ¡Te digo que no! ¡Ni siquiera sé cómo montarme en un árbol! Mi educación sólo es en grammatistes y kitharistes. Nunca me han entrenado en deportes. Yo misma le he dicho a mi abuelito que quiero ir con ustedes al gimnasio y aprender a luchar también, pero él me dice que no, que eso no es para las doncellas. No es justo.


-ABEL: (Ya al lado de Beler) No digas eso. No todos los niños podrían escalar este muro como lo hemos hecho nosotros; eso es porque entrenamos muy duro día tras día sin descanso. Tu abuelo te quiere mucho y te protege, por eso no quiere que te lastimes entrenando con nosotros.


-EIRENE: Mira quien me lo dice, el huérfano favorito de mi abuelito… (Observando desde el huerto a los chicos y comprendiendo su desventaja) ¡Ser mujer es una maldición!


-BELER: (Acuclillándose y sonriendo mientras miraba a Eirene) Atenea es mujer, y es más importante que cualquier persona en toda esta ciudad, incluido tu abuelo. Además, Eirene, tú no eres una mujer, aun eres una niña.


-EIRENE: Te equivocas. Atenea no es una mujer, es una diosa ¿Qué no sabes nada? ¡Y cómo te atreves a dirigirte a mí de esa forma!


-ABEL: Señorita Eirene, por favor baje la voz que los esclavos se van a despertar.


-EIRENE: ¡No es justo! Yo fui quien les mencionó lo de la lluvia de estrellas… (Acercándose al muro y tocándolo con una mano) Hagamos un trato. Si me llevan a las fuentes con ustedes, mañana yo les enseñaré una habitación secreta de este palacio a la que sólo tenemos acceso mi abuelito y yo.


-BELER: Si es la biblioteca, no nos interesa. Además tu abuelo le ha permitido a Abel entrar allí muchas veces.


-EIRENE: No es la biblioteca. Esta habitación está en la planta subterránea del palacio, y creo que es mucho más interesante que la biblioteca de mi abuelito…




Eirene no había terminado de decir sus últimas palabras, cuando Beler, sin hacer mucho ruido, cayó a su lado de un salto .


-BELER: Está bien, te llevaremos con nosotros. Ven, móntate a mis espaldas.


-EIRENE: (sorprendida con la propuesta) ¡¿Qué?!


-BELER: Sí. Te digo que te montes a mis espaldas para poder llevarte al otro lado del muro. ¡Vamos! ¡No te voy a morder! (Ante la incredulidad de la niña, le extendió una mano) Agárrate bien fuerte a mí para que no vayas a caer y nos metas en problemas. Has de cuenta que soy un caballo; lo primero que me dijiste cuando llegué a esta ciudad es que yo olía como un caballo...



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Monday, 5 October 2009

PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO

IV.

LOS HIJOS DE POLYEIDOS


Habían pasado ya algunas semanas desde que el último niño huérfano de los cinco había sido traído al palacio de Polyeidos en Pirene. Todos los moretones y raspones en su cara, brazos y piernas habían sanado completamente gracias a los esmerados cuidados de las esclavas en el palacio, y Próetus le había cortado el cabello al estilo de los hombres de Ephyra y le había vestido con ropajes similares a los otros 4 niños.

Descubrieron que no era mudo, ya que solía hablar y gritar mientras dormía en las noches como consecuencia de las terribles pesadillas que continuarían afectando su sueño por muchos años más. Su mirada ausente y trastornada también perduró por muchos días, e hizo que los otros niños tomaran distancia y evitaran tratarlo a pesar de también haber vivido como él situaciones desdichadas los primeros años de sus vidas. Abel, el mayor de los huérfanos, era quien más intentaba establecer contacto con el recién llegado, quizás sintiendo simpatía por el reflejo de su propio carácter introvertido en el silencio de su nuevo hermano menor. Fue él quien, por órdenes de Próetus, se encargó de explicarle las reglas para los esclavos y de mostrarle los salones en el palacio a los que tenían acceso; y era también quien lo despertaba en las mañanas para comenzar el día, y en la madrugada cuando comenzaba a gritar atormentado por sus pesadillas.


Todas las mañanas el grupo de huérfanos dejaba atrás el palacio de Polyeidos y se dirigía a las apacibles fuentes de Pirene. En el camino, siempre pedían a Próetus que les narrara las leyendas de Pegaso, el maravilloso caballo alado que calmaba su sed en las aguas de las fuentes. Fue en una de estas mañanas de relatos que, viendo el interés de los niños por el caballo mitológico, Próetus decidió llamar al niño que no había querido decir su nombre Beler, como Belerofon, el héroe que montó a Pegaso y que quiso llegar a la cumbre del Olimpo. A los otros chicos les pareció un nombre genial, y desde ese día de verano le dejaron de llamar “el mudo”, como se referían a él desde que había llegado a Pirene. Por la sonrisa del niño, pareció que no había tenido ningún inconveniente con el singular nombre que su nueva familia le había dado.



Una vez llegaban a las fuentes, los niños esclavos de Polyeidos no sólo eran instruidos por Próetus en lectura y escritura, sino también en funciones civiles, aritmética, y astronomía. Desde los primeros días, generando celos en los otros huérfanos, Abel brilló en aquellas mañanas por sus conocimientos previos y su facilidad para el aprendizaje de las letras y las estrellas. Estas habilidades habían sido adquiridas un par de años atrás por el favor de Polyeidos, quien, al ver al niño en su soledad deambulando como una sombra fantasmal por el palacio, le había abierto las puertas de su pequeña pero interesante biblioteca personal que con tanto celo resguardaba. Allí, Abel pasó muchas tardes aprendiendo conceptos básicos de astronomía; pasando páginas de libros antiguos sobre Atenea y los demás dioses olímpicos; y mirando ilustraciones fantásticas de la era mitológica, siempre supervisado por la mirada paternal de Polyeidos, quien sentía una mezcla de simpatía y compasión por el pequeño rubio.



Aquellas tardes en las que Abel estuvo rodeado de tanta sabiduría en papel, terminaban repentinamente con la voz de la pequeña Eirene buscando a su abuelito por todo el palacio para jugar. Ella nunca había conocido a sus padres y no tenía hermanos, por lo que inicialmente consideró a los huérfanos que su abuelo había acogido en su hogar como unos regalos excepcionales. Sin embargo, sintió una gran frustración cuando Polyeidos le prohibió jugar o pasar el tiempo con ellos, y era celosamente supervisada por Próetus y los demás esclavos al servicio de su abuelo. Cuando los chicos regresaban por las tardes al palacio, ella salía a recibirlos con una sonrisa desde el balcón de la habitación donde recibía su educación privada, emocionada de solo pensar en los relatos de Próetus o en las actividades deportivas que los chicos llevaban a cabo en el gimnasio. A pesar de que en un principio se mantenía resentida con Abel por el cariño y el tiempo que Polyeidos le dedicaba, con el pasar de los días su atención comenzó a enfocarse en Kalós, el segundo huérfano acogido en el palacio después de Abel, ya que su carácter le parecía muy peculiar y le atraían sus aires de superioridad.



Desde que Kalós fue llevado por Próetus a Pirene, había demostrado resistencia a ser considerado un esclavo más. Era un niño altivo, orgulloso y rebelde, que tenía muy presente su cuna noble y que en numerosas ocasiones se había hecho reprender severamente de otros esclavos adultos del palacio por sus caprichos y altanería. Con el pasar de los días dejó de creer en la promesa de Pegaso que les había hecho Polyeidos, y desconfiaba de él y de todos los adultos que le representaran autoridad. No escuchaba la palabra de los esclavos del palacio, y prefería no estrechar mucho los lazos de amistad con los otros huérfanos, al considerarlos inferiores a él, especialmente al silencioso Beler por su introversión y por ser el más pequeño de todos. Además, sentía desprecio por Eirene, a quien encontraba escandalosa y fastidiosa. Sin embargo era un niño inteligente, y comprendía a la perfección su posición y la de la niña en el palacio, por lo que la trataba con la cortesía que Próetus le exigía.



Como Kalós en aquel entonces era el más alto de todos, se sentía el líder del grupo y con mucha confianza para la lucha cuerpo a cuerpo, dónde abusaba de la inseguridad y la contextura frágil de Abel. En su mente y corazón, Kalós sentía que lastimándolo y dominándolo en frente de todos los deportistas en el gimnasio le hacía pagar el creerse mejor que los demás por destacar en las lecciones de aritmética y lectoescritura. Sin embargo no pasaba lo mismo con Delíades y Ganímedes, que eran considerados grandes promesas de la lucha y el atletismo a pesar de su corta edad, y contra quienes Kalós se vio siempre en grandes dificultades para obtener la victoria en los deportes.



Delíades y Ganímedes eran dos hermanos gemelos que se parecían física y mentalmente, hijos de una pareja de granjeros que murieron ahogados en una inundación cerca a Argos, en la que los niños estuvieron a punto de morir también bajo el agua. De contextura maciza y siempre llenos de energía, se pasaban los días jugando y luchando entre sí. Les costaba mucho trabajo concentrarse en las clases de lectura y escritura de la mañana; pero en las tardes, completamente dedicadas a los deportes en el gimnasio, eran los que más empeño ponían y demostraban un enorme interés por destacar en todas las disciplinas.



Ambos hermanos eran impetuosos y seguros de sí mismos, y en varias ocasiones se hicieron heridas y se quebraron los huesos mientras eran entrenados por Próetus en el gimnasio. El deporte favorito de Delíades era la lucha, y el de su hermano, el atletismo; pero ambos destacaban también por su prodigiosa habilidad en el lanzamiento de la jabalina y el disco, logrando rápidamente popularidad en toda la polis. El grupo formado por los cinco niños era conocido en Pirene y sus alrededores como los “hijos de Polyeidos”, y al poco tiempo de haber comenzado sus visitas al gimnasio acompañados de Próetus fueron llamados “niños prodigio”, siendo admirados y aclamados por los hombres de la ciudad por su tenacidad y constancia a tan temprana edad, particularmente los dos gemelos, ya que los demás niños de la ciudad comenzaban su educación en deportes a la edad de 12 años.



Polyeidos, dedicado completamente a sus labores religiosas en el templo de Atenea de Pirene, confió el entrenamiento y la educación en ciudadanía de los niños a Próetus, a quien veían casi como al padre que el destino les había arrebatado, o que nunca tuvieron, a excepción de Kalós, quien siempre vio a Próetus simplemente como a un sirviente y a una fruta que debía exprimir para obtener su libertad cuando creciera. Así pues pasó un año, en el que la mayoría de los niños, aun siendo esclavos, fueron adoptando el estilo de vida de potenciales guerreros y ciudadanos formidables, dejando atrás sus trágicos orígenes. No era éste el caso de Beler, cuya mente y memoria a la hora del sueño no jugaba con las imágenes y situaciones experimentadas durante el día, sino que desde su pasado le mostraban una máscara metálica de expresión socarrona, acompañada del galope de caballos y los gritos de los habitantes de Aleion, su desaparecido poblado natal.



En una de esas noches calurosas de verano en las que Beler sudaba y temblaba en su tormentoso lecho, Abel, ya acostumbrado a ayudar a su silencioso amigo en tal situación, le cogió la mano y se la apretó gentilmente, llamándolo por su nombre, para que despertara sin sobresaltos de su habitual pesadilla.



-ABEL: (hablando con un tono muy bajo para no despertar a los demás niños en la habitación) Despierta, Beler. Otra vez tienes una pesadilla. Despierta, que Kalós y los otros se van a despertar si sigues haciendo tanto ruido y se van a molestar contigo una vez más.



Beler entonces despertó en el caldo de su propio sudor y lágrimas, y al identificar en la oscuridad de la habitación los rasgos familiares de la cara de Abel se sintió aliviado, y le abrazó fuertemente como agradecimiento a la soga salvadora que había enviado a la lejana dimensión de su tenebrosa pesadilla.



-ABEL: (dirigiéndose a la salida de la habitación) Ven conmigo, con este calor y todo empapado de sudor es difícil dormir. Vamos al huerto, te quiero mostrar algo.



Ambos chicos, atándose el cinturón de sus túnicas, salieron del oscuro dormitorio y se dirigieron silenciosamente al huerto, donde pudieron respirar aire fresco y admirar el firmamento sin luna adornado de innumerables estrellas chispeantes.



-ABEL: Me pregunto de qué tipo de cadenas cuelgan las estrellas. ¿O crees que no sean cadenas? ¿Colgarán de hilos? (Mira la cara de Beler, quien está observando fijamente el firmamento) No. Deben colgar de cadenas hermosas y resistentes. Si colgaran de hilos, seguro que muchas de las estrellas caerían a Gea. (Beler le mira emocionado por la idea de ver a una estrella de cerca) Me pregunto cómo será una estrella cuando la tengas en tu mano… aun no entiendo muy bien los libros de astronomía del señor Polyeidos, pero seguro cuando sea mayor encontraré en alguno de los más empolvados los materiales de los que las estrellas están hechas y me haré una idea de cómo se verían en mi mano. (Beler le sonríe, aprobando las ansias de conocimiento de su amigo, y luego vuelve a mirar al despejado firmamento) Sí, sí, yo sé que hablo demasiado, pero es que no tengo alternativa. Como tú no hablas me toca hablar por ti. Volviendo a lo de las estrellas, ¿sabías que yo a veces sueño con estrellas? Sueño con el firmamento, tal cual como lo vemos hoy entre estos cuatro muros. Pero es más como una pintura, algo aguada la verdad; y puedo mover las estrellas con mis manos y dibujar mis propias constelaciones… No sabes cuánto quisiera saber con qué cosas sueñas tú. No creo que sean estrellas. Quizás sueñas con la Quimera escupe fuego, o con la mosca que picó y encabritó a Pegaso e hizo caer a Belerofon de su lomo. ¿Sabes? Hoy en tu pesadilla dijiste varias veces un nombre; decías “¡Pyramus, Pyramus!” ¿Quién es Pyramus? Quizás es tu verdadero nombre…



-BELER: (Aun mirando el firmamento) No, es el nombre de mi hermano





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Friday, 2 October 2009

III: 13 AÑOS ATRÁS

PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO

III.
13 AÑOS ATRÁS


La mañana en que el niño fue recogido por Próetus en su caballo, llevaba arrastrando sus pies por más de dos días, huyendo de algo o alguien invisible. Sólo llevaba un pedazo de túnica blanca, rota y sucia que apenas le cubría el torso, y su rostro, con moretones en la frente, parecía petrificado del miedo. En el momento en que Próetus desde su caballo le preguntó hacia donde se dirigía, el niño lo miró aterrado, como si este hombre que le hablaba fuera la personificación de su miedo, e intentó escabullirse alejándose despavorido del camino por donde había estado corriendo desde el día anterior. El hombre a caballo le alcanzó, y el infante del susto tropezó con una roca, dio tres vueltas y quedó de espaldas sobre el suelo polvoriento, temblando, con raspones en sus brazos y rodillas, y con los ojos bien cerrados.

“No te pienso hacer daño,” le dijo Próetus al niño que no dejaba de temblar, y a continuación le preguntó por sus padres y su casa, y la razón por la que huía con tanto miedo. No obtuvo respuesta de ningún tipo, por lo que desmontó y ofreció algo al niño con su mano derecha. “Mira, es pan; no está muy fresco pero apuesto a que te va a parecer el pan más delicioso que hayas probado en tu corta vida,” y con estas palabras logró que el niño dejara de temblar poco a poco y, aun desde el suelo, comenzara a mirarlo fijamente a la cara, como asegurándose de que en sus rasgos no hubiera nada que le significara una amenaza. Así fue que, en una mañana de finales de primavera, Próetus se encaminó a Pirene con el último de los cinco niños abandonados que su amo, el señor Polyeidos, le había encargado buscar desde hacía dos años.

El viaje a caballo hacia la ciudad de Pirene duró tres largos días, en los que el niño durmió día y noche aferrado al cuerpo de Próetus descansando de sus tormentos, y sólo despertando para comer esporádicamente en las casas de los granjeros de la región. A pesar de sentir que el niño ya no le temía, Próetus no consiguió respuesta a ninguna de sus preguntas, y no consiguió conocer la voz del niño hasta muchos días después de haber regresado al Palacio de Polyeidos.

Conversando con los lugareños que los hospedaron durante el viaje descubrió que el niño era quizás uno de los sobrevivientes, sino es que era el único, de la masacre de los habitantes de un pequeño poblado llamado Aleion, que quedaba a pocas horas a caballo del lugar donde había encontrado al pequeño. Ninguna de las personas con las que habló entendía por qué un poblado tan pequeño e insignificante había tenido semejante fin. Sólo habían quedado ruinas humeantes y animales de granja merodeando por el lugar. Todos los habitantes habían sido asesinados a lanza y espada, hombres, mujeres, ancianos y niños. Por ello, la posibilidad de que el niño fuera un sobreviviente de la masacre de Aleion era remota, aunque fuera la única hipótesis en que Próetus hubiera podido pensar dadas las circunstancias del encuentro con el infante abandonado.

Llegaron a Pirene en una mañana soleada, y ante el bullicio de la pequeña polis, el niño abrió los ojos y se mostró atraído por las imágenes que la ciudad le ofrecía. Tanto los ciudadanos como los esclavos llevaban a cabo sus vidas por fuera de sus casas; adultos discutiendo o comerciando, algunos niños jugando y corriendo de aquí para allá y de allá para acá, seguidos por perros pequeños y juguetones que ladraban ruidosamente. Era un paisaje familiar que le había sido arrebatado cinco días atrás. Pero esta polis contaba además con amplios caminos hechos de mármol y piedra, y adornados con antorchas que en la noche debían lucir esplendorosas; y a los lados del camino habían hermosas casas, la mayoría más grandes que las de Aleion, todas de piedra blanca y con muchas ventanas.

Por cada diez casas había un edificio de diseño especial, que el infante no había visto nunca antes en su vida. “¿Estás asombrado por lo hermoso de este edificio, pequeño?” le intentó hablar Próetus al niño mientras le ordenaba al caballo que disminuyera su paso. “Éste es el templo de Atenea, y mi señor es el encargado de llevar los ritos para la diosa. Imagino que sabes quién es Atenea, ¿no? Sin embargo no te dejes deslumbrar por lo blanco del templo y sus altas columnas; nosotros no podemos entrar con los demás ciudadanos al interior de este edificio. Más bien mira, éste es el ágora, y éste es el teatro, y éste es el gimnasio, y aquellas son las casas de los metecos, y éste es…”


El niño seguía maravillado con las vistas que Pirene le ofrecía, y Próetus continuaba hablándole de la belleza de la polis. “Mira hacia la derecha; ésas son las murallas occidentales de Pirene, que aunque son altas y firmes, no son tan potentes como las de Atenas y otras ciudades más grandes de Grecia; y no tiene tantas puertas como las murallas de Tebas. Pero lo verdaderamente impresionante es lo que vas a encontrar tras ellas. No es nada más ni nada menos que las famosas fuentes de Pirene, dónde se dice que desde antes que los 9 dejaran el Olimpo, el caballo alado Pegaso venía a calmar su sed. Por la forma en que me miras parece que no habías escuchado hablar de ellas… Quizás mañana en la mañana te lleve allí junto con los otros huérfanos que nos esperan en el Palacio. Pero mira, ¡ya hemos llegado! Éste es el Palacio del señor Polyeidos y aquí termina nuestro viaje.”

Aun preocupado por el lugar dónde un caballo tendría las alas, el niño observó la blanca construcción de varios niveles que tenía al frente. Mientras se bajaban del caballo, pensó que aquella residencia no era tan imponente como el templo de Atenea que habían visto hacía unos minutos, pero era una edificación diferente a las demás casas. “Eres un niño afortunado. Aquí pasarás los próximos años junto a otros niños como tú,” le dijo Próetus al silencioso infante; “crecerás como un esclavo al servicio del señor Polyeidos; pero que no te asuste la palabra esclavo. El señor Polyeidos es un hombre generoso y tiene grandes planes para ti. Este servidor que te habla es también un esclavo desde el día en que nació, y cada día agradezco a los dioses el poder servir a mi amo en esta hermosa ciudad y este magnífico palacio. Mi nombre es Próetus, ¿será que ya tienes alientos para revelarme el tuyo?”

Al interior del palacio, los recibieron un séquito de esclavos vestidos de blanco, como lo estaban la mayoría de los habitantes de Pirene. Luego de darles de beber agua y comer algo, Próetus se dirigió con el niño a uno de los cuartos más grandes del palacio, dónde se encontraron con otros cuatro niños varones que los estaban esperando, todos vestidos también con pequeñas túnicas blancas adornadas con cintas verdes y púrpuras.


Los cuatro niños eran de la misma estatura, a excepción de uno de ellos, rubio y de cabello lacio y corto, que era ligeramente más bajo. “Ésta será tu alcoba, y éstos niños que ves aquí serán tus nuevos hermanos de ahora en adelante. Todos ellos han perdido a sus familias como tú; por eso espero que sean todos muy buenos amigos y se quieran mucho. Éste rubio chiquillo se llama Abel; éste se llama Ganímedes y éste a su lado es su hermano Delíades; y éste con cara de pícaro que ves allí se llama Kalós.” Mientras Próetus decía cada nombre, señalaba al niño correspondiente con su índice derecho, y luego, dirigiéndose a los cuatro huérfanos, les dijo con su amable voz: “Denle la bienvenida a su nuevo hermano. Aun no me ha querido decir su nombre, de hecho, ni una sola palabra; espero que ustedes logren esta gran hazaña. Trátenlo bien, él ha pasado por sucesos terribles en los días recientes y creo que acaba de perder a su familia. También quiero que le informen de las reglas que se deben cumplir mientras se habita en este palacio…”


Próetus no había acabado de pronunciar la última palabra de su discurso ante los infantes, cuando se escuchó la voz aguda de una niña que corría por el palacio armando un alboroto que llamó la atención de todos en la habitación: “¡Próetus ya regresó, Próetus ya regresó, abuelito!” y, entrando por el umbral, apareció vestida con una túnica verde Eirene, la nieta de seis años de Polyeidos, el señor del palacio.


-EIRENE: (Acercándose a Próetus y abrazándolo de un salto) ¡Próetus, te extrañé mucho! ¡Estoy muy contenta de que hayas regresado!


-PRÓETUS: (Abrazando a Eirene) Pero señorita, si mi viaje sólo duró una semana, y además no es la primera vez que me ausento de Pirene.


-EIRENE: Lo sé, pero aun así te extrañé mucho (termina su abrazo con Próetus). Eres mejor pedagogo que los demás esclavos. ¿Y es éste el nuevo niño? (Acercándose al infante y tapándose la nariz) ¡Ay, pero qué feo huele! ¡Huele a caballo, peor que un caballo!


-PRÓETUS: Ahora mismo ordenaré que le den un baño. Y ¿dónde está su abuelo, señorita Eirene?


-POLYEIDOS: (Ingresando por el umbral de la habitación un tanto agitado y con un bastón en la mano derecha) Aquí estoy, Próetus. Has regresado antes de lo que pensaba, y has traído al niño contigo. (Dirigiéndose al niño y alzándolo con sus brazos) Nunca pensé que fuera tan pequeño… ¿Cuántos años tienes?


-PRÓETUS: (Previendo el silencio del infante ante la pregunta de Polyeidos) El niño no ha pronunciado palabra desde que lo encontré en el camino que lleva a Megara. Ni siquiera sé su nombre.


-POLYEIDOS: (Observando cuidadosamente la cara herida del niño) Ya veo, debe tener seis o cinco años como los otros. Quizás es mudo…


-PRÓETUS: No lo creo, mi señor. A mi parecer, el niño debe estar aun asustado por las situaciones que debió experimentar antes de que me topara con él. Aleion, el lugar que usted me dio como referencia para buscar al huérfano faltante, fue arrasado hace pocos días y sus habitantes masacrados; creo que este niño era habitante de ese poblado.


-POLYEIDOS: (Aun con el niño en brazos) Seguramente fue así. Entonces qué suerte que te lo encontraras; hubiera podido morir de hambre.


-PRÓETUS: No fue suerte, mi señor. Sólo seguí las indicaciones exactas que usted me dio. (Dirigiendo la mirada al infante) Este niño sobrevivirá gracias a usted.


-EIRENE: (Llamando la atención de Polyeidos cogiéndole su brazo con las manos) ¡Cárgame a mí también, abuelito!


-POLYEIDOS: (Descargando al niño y levantando a Eirene) Buen trabajo, Próetus. Ahora has que lo bañen y le curen las heridas. Déjalo descansar por hoy. (Dirigiéndose a los niños) Ahora que ya están los cinco, mañana daremos comienzo a su entrenamiento. Ustedes son mis esclavos, pero recibirán un tratamiento especial. Yo los cuidaré, les daré de comer y les daré una educación mejor que la que reciben los niños más ricos de esta polis. A cambio, ustedes tendrán que obedecerme, y obedecer a Próetus, quien será su pedagogo y pedotriba de ahora en adelante. Él, mi más fiel sirviente y amigo, los convertirá en unos niños diferentes a los demás. Los encaminará a convertirse en hombres formidables, ¡qué gran destino para unos niños como ustedes, que han perdido a sus familias o han sido abandonados en circunstancias lamentables! Sé que a su temprana edad no logran entender a cabalidad mis palabras, pero, si hacen caso a lo que digo, los recompensaré, no sólo otorgándoles la libertad y el estado de ciudadanos una vez sean adultos, sino que, al mejor hombre de entre los cinco le daré a Pegaso, pues aunque dicen que es sólo una leyenda, la verdad es que yo lo tengo en mi poder. Supongo que Próetus ya les ha comentado sobre el hermoso caballo alado que saciaba su sed en las fuentes de las afueras de esta ciudad…


-EIRENE: (Interrumpiendo a Polyeidos) ¡Abuelito, abuelito, yo quiero tener a Pegaso!


-POLYEIDOS: (Sonriendo) No, mi querida Eirene. Ya hemos hablado de eso. Pegaso será la recompensa para estos niños. Tú recompensa será diferente; cuando crezcas lo entenderás.

Polyeidos salió de la habitación con la pequeña Eirene en sus brazos, seguido por Próetus. Los cinco niños estaban inmóviles, escuchando relinchos y el batir de unas alas gigantes en su imaginación. El nuevo integrante del grupo de huérfanos era el más absorto de todos, pues su vida había cambiado completamente en el transcurrir de una semana. En su mente se arremolinaban las innumerables imágenes de caras y paisajes nuevos, que se mezclaban con las borrosas figuras de un caballo alado, de sus difuntos padres, y de un jinete enmascarado que cabalgaba en una oscuridad inundada en los gritos mortales de las personas que había torturado y asesinado.

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Thursday, 1 October 2009

II: LA CAÍDA DE ÍCARO

PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO

II.
LA CAÍDA DE ÍCARO


El sol brillaba más de lo acostumbrado y el calor hacía más difícil el duelo entre los dos jóvenes. El águila que hacía unos minutos había roto la concentración de Delíades continuaba revoloteando por encima de la multitud que exigía bullosamente más golpes y más sudor. Beler sabía que en esta ocasión tendría que ser él quien atacase, ya que el golpe que hacía unos segundos le había propinado en la pierna a Delíades había hecho que el gigantesco guerrero cambiara su posición de ofensiva a defensiva. Un paso en falso y Beler le regalaría la victoria a Delíades, quien lo miraba fijamente desde el otro lado del cuadrilátero, invitándolo al ataque con su mirada y los dedos que sobresalían entre sus brazos cruzados.
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Ambos arrastraban lentamente sus pies por la arena, mirándose el uno al otro, en un rodeo que comenzaba a exasperar a los espectadores. Beler pensó entonces en Heracles, y en lo avergonzado que se sentiría si lo viera en esta circunstancia de indecisión. Pero Beler no tenía corazón de león como su maestro, o al menos esos pensó en aquel instante; sólo era un joven comprobando que hacer realidad los sueños era una tarea para hombres valientes y persistentes. Fue este pensamiento lo que llenó de fuego su corazón, y se lanzó al ataque con pasos largos y rápidos, como si él mismo fuera el caballo que simbolizaba la armadura por la que luchaba. En su puño derecho concentraba el esfuerzo y el tesón con los que había entrenado por tantos años y en su mente podía visualizar como hacía añicos el escudo de su oponente, tal cual había pasado con el escudo suyo minutos atrás. Pero su oponente, a pesar de su peso y tamaño, y la pierna herida, logró esquivar el ataque.

-DELÍADES: (Sonriendo) No creas que tú eres el único que puede esquivar ataques. No soy el mismo grandulón al que todos ganaban en cuanto a velocidad en aquellos años en el Santuario.

-BELER: Veo que hiciste caso a las palabras de Aldebarán y mejoraste tu rapidez. Te confieso que estoy impresionado, te has convertido en alguien muy fuerte y rápido, y me recuerdas mucho al gran Aldebarán.

-DELÍADES: Bueno, no me adules tanto que luego me será más difícil aplastarte. Si quieres me puedes seguir alabando cuando la armadura de Pegaso esté en mi poder.

El imaginarse a Delíades portando la armadura de Pegaso generó un sentimiento de ansiedad en Beler, quien tenía muy claro que la desesperación era una de las sensaciones que debía controlar si quería ganar en un combate. Pensó en la instrucción de su maestro y tomó la posición ofensiva nuevamente. La sangre comenzaba a fluir de forma agitada por su cuerpo y su mente se enfocaba en el siguiente golpe, cuando de pronto, detrás de Delíades y muy a lo lejos, identificó entre la multitud a Berenice. ¡Cómo ignorar el rojo de su túnica y sus cabellos, aun más rojos por efecto de la luz de aquel sol incandescente de medio día!

Desde la tribuna la cara familiar de Berenice le infundió a Beler la fuerza y esperanza que necesitaba para continuar con su ataque. Llevaba su cabello trenzado como siempre lo portó en el Santuario, pero la máscara que llevaba en las batallas no cubría su blanco rostro. Su mirada estaba posada en Beler, de la misma forma en que Delíades lo tenía en la mira, intentando predecir su próximo movimiento. Beler creía que sus movimientos eran impredecibles, mas cuando se lanzó nuevamente al ataque, comprobó que no sólo fueron previstos por Delíades, sino esquivados una vez más. Pero esta vez el gigantesco oponente contraatacó con una rapidez sorprendente y agarró a Beler con sus musculosos brazos, levantándolo del suelo y abrazándolo fuertemente.

El cuerpo de Beler había sido completamente inmovilizado por Delíades, que presionaba la espalda de su oponente contra su cara sonriente y sus pectorales de hierro. Entre la multitud sorprendida, muchos aplaudían al rápido gigante y gritaban de emoción, mientras que otros apretaban sus puños al ver como Delíades oprimía de forma tan bestial el cuerpo de su contrincante. Entre estos últimos se encontraban Berenice y la doncella del palco especial, quienes sufrían particularmente con esta escena que les ofrecía el duelo por la armadura de Pegaso, al punto que comenzaban a herirse con las uñas las palmas de las manos de tanto apretar los puños.


-DELÍADES: (Con la mejilla izquierda presionada sobre la espalda de Beler) No te resistas más, ¡ríndete! No te quiero seguir haciendo más daño. Ésta es una técnica que aprendí en el Norte de este país, y créeme que si me lo propongo no te dejaré ningún hueso intacto. No me importa que seas mi amigo, lo daré todo por convertirme en Santo de Atenea. Por favor ríndete que no quiero ver a la señorita Eirene llorando por ti una vez deje tu cuerpo hecho añicos. Cuando te recuperes de este combate podrás regresar al Santuario y obtener alguna otra armadura de bronce.


Si Beler hubiera podido hablar, le hubiera contestado que él también lo debía dar todo para convertirse en Santo de Atenea, que era su destino portar la armadura de Pegaso, y que no se podía rendir. Pero los únicos sonidos que su cuerpo pudo producir en ese instante fueron un grito ahogado y el sonido de sus huesos comprimiéndose ante el violento abrazo de su contrincante. Todo su cuerpo había sido inmovilizado y estaba experimentando un dolor que nunca antes había sentido. Sus brazos, aprisionados entre los brazos de Delíades, estaban bloqueados para resistirse al ataque o montar algún tipo de defensa que impidiera la compresión de sus huesos; y sus piernas, al aire, sólo podían temblar como reflejo de la presión que sentía su columna vertebral.


Delíades aumentaba con cada segundo la presión que ejercía sobre su oponente, incrementando al mismo tiempo su musculatura y logrando un efecto visual extraño sobre las cicatrices que cubrían su torso desnudo, que ahora estaban hinchadas y rosadas, producto de la sangre viajando a toda velocidad en su gigantesco cuerpo. A Beler le estaba costando mucho trabajo respirar, y por mucho que abriera la boca de dolor, el aire no llenaba sus pulmones. El sólo pensar que su imprudencia podía costarle la armadura de Pegaso le heló la sangre que ahora estaba casi toda acumulada en su cabeza que sentía a punto de estallar. Su sudor se tornó frío, contrastando con el calor de los torrentes de sangre que sentía fluir en los brazos que lo aprisionaban tan sofocantemente. De repente, sintió como algunas de sus costillas cedieron a la presión y comenzaban a fracturarse y a perforar sus pulmones. Esta sensación lo hizo abrir los ojos que, durante el tiempo que el abrazo había durado, los había mantenido cerrados con los parpados muy apretados. Entonces, a escasos metros, pudo ver a Eirene sentada a la sombra en su palco especial.


Beler vio cómo la doncella le miraba fija y estáticamente como una pintura. Su rostro inexpresivo intentaba ser coherente con la imparcialidad que su posición exigía; con la imparcialidad con la que el señor Polyeidos, en caso de continuar con vida, hubiera observado la batalla y otorgado la armadura de bronce. Pero los brillantes ojos con los que Eirene miraba a Beler escondían algo para toda la bullosa multitud que observaba el duelo; algo que sólo tenía significado para este hombre que ahora se encontraba en una situación tan peligrosa.


Mirándolo fijamente, Eirene intentaba recordarle a Beler la promesa que de niño le había hecho a escasos días de que los huérfanos partieran al Santuario Ateniense hacía 8 años. Quería expresarle con ojos al borde de las lágrimas que no le importaba que la armadura de Pegaso quedara en manos de Delíades; lo que ella quería y le preocupaba era su bienestar, que cumpliera su promesa de regresar a Pirene sano y salvo y se mantuviera así mientras ella estuviera con vida. Beler también recordaba aquel día como si fuera ayer, y recordaba la promesa que le había hecho a Eirene cuando ambos eran niños y observaban el firmamento reflejado en las cálidas aguas de las fuentes de Pirene, esperando inútilmente ser testigos de alguna lluvia de estrellas de las que tanto hablaban Polyeidos y Próetus, la mano derecha del abuelo de Eirene.


Mientras Beler estuvo aprisionado por los brazos de Delíades, no sólo los ojos llorosos de Eirene, la hermosa niña, y la promesa infantil que le hizo a ésta, sino las imágenes del resto de su infancia y adolescencia, pasaron por su mente y se reflejaron en los brillantes ojos claros de Eirene, la hermosa mujer. El polvo de la arena donde se encontraban luchando le recordaba las arenas del Santuario donde había pasado cinco años entrenando junto a otros jovencitos inexpertos; los brazos musculosos de Delíades que le estaban quebrando su cuerpo le recordaban los mismos brazos de su tutor en el Santuario, el gran Aldebarán; y los gritos de la multitud de espectadores le recordaban los gritos aterrorizados de los habitantes de su poblado natal cuando éste fue arrasado.


En aquel momento toda su vida pasaba delante de sus ojos, como un remolino de imágenes que le recordaban que el llegar nuevamente a esta ciudad y cumplir la promesa que le había hecho a Eirene no había sido algo fácil. Sentía que si el destino estaba escrito en los astros, como alguna vez lo creyó, ese destino era justamente vencer en este duelo y obtener la armadura de Pegaso. Creer en el destino, en las sorpresas seguras que traería el avenir, era lo que muchas veces le había dado fuerzas para seguir adelante; pero entonces, escuchando en su mente las inmortales palabras de su amigo huérfano Abel, recordó que en ocasiones había que labrarse el destino con las propias manos y sudor si las personas querían cambiar una situación a su favor.


El pensar en la mirada protectora y cariñosa de Eirene, y en la tranquila y melancólica sonrisa de su amigo Abel, hizo que el cuerpo de Beler se estremeciera y recuperara el calor que estaba perdiendo ante el ataque de Delíades. El fulgor del sol se posó en sus ojos, y sus pulmones, que habían estado perdiendo poco a poco el aire, se llenaron de un cálido aliento que, para Beler, era de procedencia divina. Entonces cerró los ojos y cerró la boca, apretando fuertemente los dientes, aun más de lo que Berenice e Eirene los tenían apretados.


Delíades sintió cómo la posición pasiva a la que había relegado a Beler con su técnica cambiaba repentinamente, por lo que intentó aumentar más su fuerza de opresión mediante un rugido potente que estremeció hasta el último rincón de la arena y que asombró a la multitud, que no entendía qué ocurría entre aquellos dos hombres. Pero los brazos de Beler ya comenzaban a ejercer oposición a la prisión muscular que lo contenía, y las venas de todo su cuerpo se inflamaron y comenzaron a emanar calor de tal forma que Delíades sintió quemarse mientras intentaba dominar esa fuerza imparable.

Ante la pasmada mirada de los espectadores, un vapor comenzó a emanar de ambos guerreros, producto del sudor evaporado a causa el calor generado por el cuerpo de Beler, cuya piel comenzaba también a relucir. Entonces, cediendo la presión de su abrazo, Delíades sintió como el pié derecho de su rival se apoyó fuertemente sobre su muslo para tomar impulso y de un salto escapar de la prisión. La multitud de espectadores, a excepción de unos cuantos Santos de Plata que observaban el duelo, no pudo ver por la rapidez del acto el momento en que Beler escapó de los brazos de su oponente, y para cuando lograron posar sus ojos en el guerrero, éste se encontraba a varios metros del suelo, perdiéndose en el intenso azul del cielo que los cobijaba aquel día.



Beler, desde el aire, pudo divisar a su contrincante en el centro de la polvorienta arena, y a la multitud de personas que, incrédulas ante la magnitud del salto del guerrero, intentaban cubrirse del brillo del sol con sus manos para poder identificar su posición aérea. Aun con el fuego en su interior, con unas cuantas costillas rotas, con el sol a sus espaldas, y con el viento en su reluciente cara, Beler, recurriendo a su ligereza, se dispuso a atacar utilizando la técnica que aprendió de Berenice hacía ya varios años, a la cual llamaba “la caída de Ícaro”. Beler sabía que Delíades había observado varias veces esta técnica en el Santuario, pero lo único que el gigante podía hacer contra ella era defenderse; y si su defensa no era lo suficientemente efectiva, significaría su derrota inminente.


Delíades, aun resintiendo el ardor de la anterior escena, sabía que Beler utilizaría el brillo del sol para ocultarse y que lo atacaría con la técnica especial de Berenice. Fue así que se plantó firmemente en el suelo, con el peso de todo su cuerpo sostenido sobre su pierna derecha, y alistó también su brazo izquierdo, el del escudo, para cubrirse del ataque de Beler. Hizo un gran esfuerzo para ver la posición aérea de Beler, pero sólo vio una sombra que creyó confundir con Altaír, el águila que lo había distraído anteriormente. Cuando menos lo pensó, sintió caer sobre el escudo que protegía su brazo y cara un potente golpe en forma de patada que llegaba como un rayo desde cielo. Mientras los pedazos de madera del escudo comenzaban a esparcirse lentamente a su alrededor, Delíades pudo observar en fracciones de segundo los ojos bien abiertos de Beler y el fuego que en ellos ardía. Esta expresión en la cara de Beler, aun estando en el aire, lo distrajo por unos momentos del dolor que estaba a punto de causarle la fractura que el ataque aéreo había dejado en su brazo izquierdo.


-BELER: (Luego de haber posado sus pies en tierra y palpándose las costillas con la mano derecha) Perdóname Delíades, pero no me puedo rendir. Y no quiero una armadura de bronce diferente a la que el difunto Polyeidos me había prometido si me convertía en un gran guerrero.


-DELÍADES: (Agarrándose su brazo izquierdo fracturado, el cual comenzaba a sangrar por las astillas de madera que tenía profundamente enterradas) Te conozco desde que eras un niño traumatizado e introvertido, y entrené contigo mientras crecíamos aquí, en el palacio del señor Polyeidos, y también en el Santuario. Hemos compartido la misma historia y, aunque no sé de tus aventuras en el sur con Berenice y Heracles, te digo que hasta aquí llega tu camino. Tu sueño se cruza ahora con el mío, y a pesar de que yo tenga malos mi brazo y mi pierna, no dejaré que tu historia de héroe continúe, porque ése es mi destino. Está escrito en las estrellas fijadas en las alturas y tengo una promesa que cumplir.


-BELER: (Encendiendo una vez más el fuego en sus ojos y adoptando una posición ofensiva) Las estrellas a veces desaparecen del firmamento y caen a Gea en forma de lluvia… yo también tengo una promesa que cumplirme a mí mismo. Y te equivocas; no es el final de mi historia, es sólo el comienzo.

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Wednesday, 30 September 2009

Mi fanfic de Saint Seiya: I. Batalla por la armadura de Bronce

SAINT SEIYA
GÉNESIS

PRIMERA PARTE: EL NACIMENTO DE UN GUERRERO

I.
BATALLA POR LA ARMADURA DE BRONCE

Bajo el caluroso sol de medio día y un cielo más azul que el de la era mitológica, todos los habitantes de la ciudad Griega Pirene, famosa por sus cálidas y hermosas fuentes y sus verdes prados, se acercaron a observar el duelo entre los aspirantes a Santo de Atenea. Era un gran suceso para la ciudad, ya que los dos guerreros no eran nada más ni nada menos que dos de los huérfanos del palacio del señor Polyeidos, un noble de gran renombre en la ciudad, famoso por sus opulentas propiedades. Desde lejos del lugar donde se llevaba a cabo la batalla, se escuchaban los golpes de espada sin filo de los combatientes, un rechinar de hierro que sobrevolaba el ruido de la muchedumbre que murmuraba y gritaba de emoción por presenciar el duelo.

A pesar de que la lucha era entre dos oponentes muy diferentes, quizás de apariencias opuestas, no daba señas de terminar pronto, y ya había comenzado una hora atrás. Ambos oponentes luchaban apasionadamente por aquel objeto que creían daba propósito a sus vidas y al largo entrenamiento que llevaron por casi trece años: una armadura de bronce. Los dos tenían 18 años, y esta era la batalla que decidiría si se convertían en Santos de la diosa Atenea o si no habían entrenado lo suficiente para este día. Uno de ellos era muy alto, casi un gigante, de cabellera negra, larga y despeinada, y barba incipiente, y su cuerpo, musculoso y lleno de cicatrices, enseñaba al público y a su rival el peligroso entrenamiento que había llevado en algún lugar en los límites entre Grecia y el Norte. El otro guerrero, más bajo y de cabello castaño claro, corto y ondulado, no ostentaba un cuerpo tan bien construido, pero en su mirada había sido inculcado el fuego de la guerra, y la expresión en su cara demostraba que era un guerrero muy experimentado a pesar de su juventud.

A excepción de unos cuantos, nadie en el público sabía que ambos guerreros habían sido entrenados por verdaderos Santos de Atenea, hombres excepcionales, capaces de hacer temblar la tierra con sus golpes y de hacer hervir el agua y agitar el aire con el calor de su sangre. Los Santos de Atenea, héroes entre los soldados y leyendas para el pueblo, se diferenciaban del resto de individuos que hacían parte del ejército Ateniense por su lealtad, fe, y amor a la diosa de la guerra y la sabiduría; por el conocimiento de la naturaleza de su propio poder; y porque portaban las armaduras de Atenea, moldeadas con polvo de estrellas desde la Era Mitológica y representando las antiguas constelaciones que surcaban el cielo nocturno desde antes que los Olímpicos abandonaran Gea. Obtener una de estas armaduras, resguardada desde hacía muchos años en Pirene, era el sueño de ambos jóvenes que, luego de comprobar sus talentos con espadas y sin ningún resultado que desequilibrara la balanza de la lucha, se disponían a combatir cuerpo a cuerpo.

-DELÍADES: Reconozco que tus habilidades de espadachín son sorprendentes, amigo Beler. ¡Qué lástima que ahora este encuentro vaya a terminar!

-BELER: No estés tan seguro de eso. Recuerda que confiarse demasiado puede acarrear sorpresas desagradables.

-DELÍADES: (Sonriendo) ¿Qué acaso no recuerdas nuestro entrenamiento en el Santuario con Aldebarán? Nunca pudiste vencerme cuando luchábamos cuerpo a cuerpo. ¡Siempre fui más fuerte que tú!

-BELER: (Sonriendo también) Tienes razón. Pero en aquella época sólo estábamos comenzando nuestro camino. Ni yo sé qué tipo de entrenamiento has tenido tú en el Norte, ni tú sabes las situaciones que he experimentado en mi entrenamiento. Entonces mejor cállate y atácame con tu sobrevalorada fuerza bruta.

-DELÍADES: Conque sobrevalorada… ¡Ya verás!

La respuesta de Beler a las palabras confiadas de su gigantesco oponente obedecía a la información que poseía sobre Delíades. Ambos habían contado con el entrenamiento de Santos de Atenea, pero mientras que Delíades había sido instruido por un Santo de Plata, Beler había contado con un Santo de Oro como su tutor, y en su mente esto le significaba una gran ventaja ya que se decía que los Santos de Oro eran la élite del Santuario, los más fuertes entre los Santos.

Delíades fue el primero en atacar con sus musculosos brazos, tratando de dar un golpe fulminante en la cara de Beler, quien brilló y emocionó al público por su rapidez al esquivar los primeros golpes de su amigo de la infancia. Sin embargo, Delíades no respiró ni por un instante y continuó con sus potentes golpes, incrementando su velocidad y poniendo en graves aprietos a Beler, quien al verse al frente del puño de su oponente no pudo hacer más que cubrirse con el escudo de cuero y madera que portaba en el brazo izquierdo. El poderoso golpe de Delíades hizo añicos el pequeño escudo y lanzó a Beler al otro lado del cuadrilátero, dejando atónitos y en silencio a los espectadores. Beler, que aun no reaccionaba, fue sorprendido por el pié izquierdo de su oponente que se disponía a pisarle la cabeza con todo su peso. Con el brazo izquierdo, aun adolorido por el golpe de Delíades, se cubrió la cara e intentaba impedir con mucho esfuerzo el pisotón de gigante. Era un déjà vu, algo que ya había ocurrido en la época en que ambos entrenaban en el Santuario de Atenea bajo la tutela de Aldebarán, otro guerrero gigante que los había instruido en la lucha cuerpo a cuerpo.

Los recuerdos de la adolescencia de Beler eran traídos a su mente por este pisotón, escena que se había repetido varias veces bajo un sol de medio día en un cuadrilátero igual de polvoriento que en el que ahora se encontraban. Sin embargo ahora no estaba Aldebarán para ordenarle a Delíades que cesara su ataque. La tierra bajo la espalda y cabeza de Beler comenzaba a crujir, y su cuerpo comenzaba a hundirse bajo el peso singular de Delíades, quien, al igual que Beler, recordaba su entrenamiento en el Santuario de Atenea y sentía que, como en aquella época, ya tenía la victoria asegurada y sería el portador de la armadura ateniense. Toda la energía y la sangre de su cuerpo estaban concentradas en ese pisotón. Fue una situación que comenzaba a durar más de cinco minutos, pero que para ambos guerreros fue una eternidad sumergidos en los recuerdos del inicio de su entrenamiento para ser Santos Atenienses.

La mirada y las gotas de sudor de Delíades caían sobre la cara de Beler, quien intentaba concentrar su fuerza en la defensa contra el pié del oponente y no tenía forma de mover otra parte de su cuerpo más que su brazo izquierdo para cubrirse. Ambos, en silencio y apretando los dientes, sentían como la vida les podría cambiar en cualquier segundo, inmóviles, con la mirada de cientos de personas atónitas que les acompañaban haciendo también silencio y a la expectativa de una conclusión. Repentinamente, este silencio fue interrumpido por el llamado de un ave, un águila que surcaba el cielo bajo el que los guerreros se encontraban luchando. El sonido de esta águila, como un golpe de suerte para Beler, interrumpió la concentración de Delíades y permitió a Beler utilizar la fuerza de su brazo derecho para asestar un puño en la pierna izquierda de su amigo. Si bien no fracturó la pierna, el golpe causó tanto daño a Delíades que Beler pudo levantarse y salir de la situación en la que se encontraba.



-DELÍADES: (Agitado) ¡Maldita águila! Si no conociera a Berenice, diría que entre los dos me han hecho trampa. Cuando acabemos con este combate agarraré a Altair cuando Berenice esté desprevenida y me la comeré con todo y plumas para que no vuelva a abrir el pico nunca más en esta vida.


-BELER: (Tomando su brazo izquierdo con su mano derecha) Sabes que no soy esa clase de hombre. Si ganaré la armadura de Pegaso, lo haré limpiamente.


-DELÍADES: (Después de escupir) Ese puño que me has dado en la pierna, no fue un puño cualquiera… me cuesta trabajo admitirlo, pero en este mismo momento me cuesta mucho estar de pié, estoy que me caigo… creo que reventaste los músculos de mi pierna.


-BELER: (Sonriendo) ¡Vamos! Sé que aun tienes mucho para dar. Debemos dar un gran espectáculo ante estas personas que esperan tanto de nosotros.


-DELÍADES: (Sonriendo burlonamente) Eso es que quieres lucirte frente a Berenice… o quizás frente a…


-BELER: (Aun sonriendo e interrumpiendo a Delíades) No bromees con eso. Si mi maestro llegara a escucharte quien sabe lo que me haría aunque fuera sólo una sospecha. Berenice y Heracles tienen una relación muy estable por si no lo sabías.


-DELÍADES: Por eso mismo. Entonces es que quieres lucirte frente a…


-BELER: ¡Ya cállate y continuemos!


Entre la multitud había una doncella muy elegante y hermosa, vestida de blanco y con joyas de oro y esmeraldas, que miraba desde la sombra de su palco especial cada detalle del duelo. A pesar de que su rostro no reflejaba lo que en verdad sentía, apretaba los dientes de la misma forma en que lo habían estado haciendo Delíades y Beler durante la escena del pisotón. Tenía su mano izquierda sobre el cofre que contenía la armadura de bronce de Pegaso, la recompensa que su abuelo, el señor Polyeidos, había prometido al huérfano que lograra convertirse en un gran guerrero.

En total fueron cinco los niños que Polyeidos había hecho recoger para encargarse de convertirlos en los guerreros que pudieran proteger a Pirene y a Grecia, en nombre de Atenea. Beler y Delíades fueron los únicos niños de esos cinco huérfanos que lograron llegar hasta el duelo por la armadura de Pegaso, el último paso antes de ser Santos Atenienses y ciudadanos de Grecia. Ahora que su abuelo había muerto, esta hermosa doncella era la encargada de otorgar la libertad y la codiciada armadura de Pegaso a uno de los dos niños con los que ella también había pasado su infancia en Pirene.

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Friday, 14 November 2008

Ceguera

Mi amigo Jaime Andrés me estuvo insistiendo varias veces para ir a ver esta película de la cual yo no había escuchado nunca. Si me hubiera mencionado que era del director de EL Jardinero Fiel, yo habría sido quien se hubiera obsesionado con ir a cine a verla. Sin embargo acompañé a Jaime a cine sin prevenciones de ningún tipo. Sabía que la película era basada en Ensayo sobre la ceguera de Saramago, que era un libro que a varios conocidos había gustado mucho, pero yo no conocía ni la trama ni ningún dato importante de antemano sobre la película, y no me había leído el libro tampoco. ¡Qué película tan especial! Definitivamente creo que la vista nos hace muy ciegos a muchos de nosotros. Definitivamente hay que leerse el libro.

¡Qué rico que es que algo, así sea una película, lo sorprenda a uno! Hace tiempo que nada me sorprendía...